A don Pedro Morales

Por  21:12 h.

Sé que anda delicado. Los años no perdonan, y la salud tampoco. Hace ya que no le veo, pero le oigo casi a diario. Bueno, no a usted, precisamente, pero sí a alguna de las genialidades que tiene impresas sobre el papel pautado. Recuerdo cuando le conocimos. Fue hace 25 años. ¡Cómo pasa el tiempo!

Un grupo de jóvenes había tenido la osadía de pedirle una de sus composiciones para la Virgen de su devoción: “Una marcha, don Pedro, que usted con el Soria 9, salía detrás de Ella”. Así de directo. Sin ceremonial. Sin esa delicadeza que la juventud no alcanza. ¿Qué tenían que perder aquellos jovenzuelos? ¿una negativa?, ¿alguna evasiva?, ¿ser ignorados?… Nada de eso. Meses más tarde, la bondad de aquel hombre traía bajo el brazo una partitura que, a la postre, se dedicaría a aquella Dolorosa de mirada perdida y suspiro inacabado.

Los jóvenes, analfabetos en pentagramas y en otras cuestiones de la vida, tuvieron un atrevimiento aún mayor: “tarareela, don Pedro, ¡a ver cómo es!”. Y allí, en una cafetería de la Gran Plaza, “La Ponderosa”, un excelente músico, cercado de chavales, canturreaba con entusiasmo el fuerte de bajos de la marcha que acaba de firmar. La escena, la guardamos cual recuerdo de un abuelo rodeado de unos nietos, que embobados, escuchaban un sorprendente y desconocido relato. Su generosidad le hizo llegar aún más lejos: “ponedle vosotros el título”…

Desde entonces, don Pedro, aquella marcha suya forma parte de los sonidos de nuestra existencia, y su melodía va irremediablemente unida a una tarde de octubre de hace 25 años. Por eso hoy, don Pedro, me acordé de usted.

Quisiera corresponderle por aquella lección de humanidad. Por su bondad y por haberle regalado tanto a una Sevilla olvidadiza. Quisiera agradecérselo, pero no sé cómo. Piden una calle para usted, y me parece poco. En multitud de ellas resuena cada año los compases de su vida. Los ecos de su fecunda obra. ¿Qué mejor homenaje que un paso de palio, cruzando Sevilla a los sones de su inspiración, don Pedro?

También yo me sumo a pedir que una calle de las que se perfuman con su música, muestre su nombre en sus esquinas. Mientras, quizá unos jóvenes de hace 25 años canturreen en estas tardes recortadas y melancólicas de octubre su “Virgen del Dulce Nombre”. Nuestra marcha. Quizá nuestro mejor y más genuino recuerdo de usted, don Pedro.