Francisco Berjano, pregonero de la Semana Santa de 2014
Francisco Berjano / PASION EN SEVILLA
TRIBUNA ABIERTA

De pregonero a pregonero

Resumen de las palabras dedicadas al pregonero en la comida que se le ofreció en el Alcázar tras pronunciar el Pregón por su predecesor y que ha transcrito con posterioridad
Por  2:59 h.

Querido Lutgardo:

Durante este año que ha transcurrido desde que di mi pregón de Semana Santa he tenido ocasión de referirme a él en varias ocasiones en cuantas hermandades, centros de enseñanza e instituciones se me ha invitado para hacerlo.

Alguna vez, con motivo de una de estas invitaciones, comenté lo siguiente: «Quiero daros una primicia: el Espíritu Santo Existe».

Es cierto -no que el Espíritu Santo existe, que ya lo sabemos-, es cierto que así lo dije.

Los cristianos en general y los sevillanos en particular, de forma especial los cofrades, normalmente nos «aviamos» con un poco de Dios Padre y un mucho de Dios Hijo y de Su Madre. En cambio nos olvidamos del Espíritu Santo. La suerte es que Él nunca se olvida de nosotros y constantemente nos insufla su aliento y su aire siempre a favor. Otra cosa es que nosotros lo percibamos, lo que frecuentemente no hacemos, a menos que se nos coloque en una situación límite.

Y una de estas situaciones límite a las que me refiero creo que es -al menos para mí lo fue- el encargo de hacer el Pregón de la Semana Santa de Sevilla.

Como me dijo un amigo, el Pregón es memoria y sentimiento, pero claro, tanto una como otro, han de aflorar y, una vez que lo hacen, viene la tarea de saberlos contar para que quienes lo escuchen los hagan tan suyos como tuyos fueron y son. Es ahí donde el pregonero nota el soplo del Espíritu Santo que te inspira, acompaña y guía.

Pues bien Lutgardo, en tu caso creo que el Espíritu Santo, contigo, se ha «despachao» a gusto.

Nos has llevado, de la mano de tu fina y delicada poesía -en algunos momentos incluso mística-, por un recorrido a través de tu memoria, de tu sentimiento, de tus recuerdos y de tus vivencias y contigo hemos sentido, recordado y vivido lo que tu antes sentiste, recordaste y viviste. Y, contigo, todos hemos reencontrado la poesía.

La belleza, con minúscula, al servicio de la Belleza, con mayúscula.

La belleza, con minúscula, al servicio de la Verdad, con mayúscula.

La belleza, con minúscula, al servicio de la Fe, con mayúscula; de la Fe en la que creemos, de la Fe en un Dios hecho Hombre que hace más de dos mil años nos redimió; de la Fe que hoy, como si se tratase de una Función Principal de Instituto, todos hemos «protestado» junto a ti .

Cuando, allá por la primera semana del mes de enero del año pasado, se me hizo entrega de las pastas de mi pregón por la Tertulia «El Cirio Apagao», mi predecesor, Francis Segura, me recordó cómo el color de sus pastas fue el negro, el color de su Hermandad -Los Javieres- y cómo el de las mías era verde, el color de la Vera+Cruz; verde y negro que se entrecruzan en el cordón que rodea el cuello de los hermanos de esta Hermandad. Y me dijo: «Fíjate Kiko, que siendo tú y yo tan distintos, al final los dos llegamos al mismo sitio, a la Cruz».

Lutgardo, ahora yo parafraseo a Francis y te digo: «cómo siendo tú y yo tan distintos en la forma de expresarnos -que para nada en el fondo- al final hemos llegado a la esencia de nuestras creencias y de nuestra Semana Santa; a rememorar al Cristo que por nosotros murió en una muerte de Cruz y a Su Madre que con Él se crucificó».

Termino Lutgardo dándote las gracias por tu ilusión y trabajo de estos meses; gracias por haber dormido durante ellos menos que los demás; gracias por tu sencillez, por tu naturalidad, por tu delicadeza, por tu ritmo, por tu compás y por tu son; por tu poesía y gracias por tu Pregón.

Días después de dar yo el mío recibí una felicitación de un gran poeta sevillano, Enrique Barrero, en la que me decía, conocedor de que el texto había sido prácticamente todo en prosa: «Gracias por respetar la poesía».

Lutgardo, aunque por el motivo opuesto, yo quiero también darte las gracias por respetar la poesía, por querer a la Poesía -también con mayúsculas- y por lograr que aquéllos que, como yo, no la frecuentamos también la queramos.

Hoy todos hemos vivido contigo el verso y la Poesía.

Lutgardo, un abrazo de pregonero a pregonero.