La Esperanza Macarena / RECHI
La Esperanza Macarena / RECHI
Día de la Esperanza

Ella, la Esperanza

«Junto al Arco, ya lo dijo Cernuda, nos espera la mayor felicidad. Junto al cardo romano del huerto de Macario. Junto a sus hortelanos. Junto a los puestos del mercao. De frente y de perfil. En la Macarena y en San Gil»
Por  17:01 h.

Cuentan que en el principio fue el oro, el incienso y la mirra. Quizás fue antes, cuando aceptó que todo se cumpliera. No por Ella, sino en Ella. No por un anuncio, sino por una realidad siempre incomprensible. Porque se irán unas vidas y llegarán otras, pero Ella siempre se queda.

Cuentan que hubo un día que aceptó que todo se cumpliera, para seguir la profecía del viejo de Simeón: Mira niña, a ti una espada te atravesará el corazón. Y un corazón revestido de espadas es más ancho y comprensivo.

El dolor duele por dentro aunque se revista de belleza. Y no debe ser fácil llevar un Dios en las entrañas. Por eso cuentan que inició la Pasión delante de aquellos reyes. Dicen que el oro se perdió en un lejano viaje y acabó hecho monedas en manos de un traidor. Ella sabe que no es así, que se fundió para el trono del que despreció a su hijo eternamente. Cuentan que el incienso se usó en la presentación en el templo. Otra leyenda falsa. Sólo Ella sabe que se mantuvo en viejas navetas con forma de concha marina y que siempre queda algo en su fondo que hace renacer esa peste de dioses para el año siguiente. Desgraciadamente tuvo que emplear la mirra, un perfume para muertos. Quizás lo arrancó de su alma para sostener la entraña de sus entrañas que sostuvo a los pies de la cruz. Hay quien cuenta que perdió el oro en trampas hipotecarias que acabaron en manos de los judas de su tiempo, que el incienso desapareció entre miserias humanas Y que la mirra la tuvo que usar en la muerte de los hijos de la droga, el perfume para muertos en vida que supo arrancar de sus entrañas. Pero Ella siempre se queda. Aunque pensara que había sufrimientos incomprensibles por los siglos, eternos como los males que quedaron tras abrirse la caja de Pandora.

Cuentan que a los pies de la cruz perdió la confianza que no le hubiera devuelto ni una cohorte de arcángeles. Tanto sufrir para eso. Ella que sólo supo decir que sí. Ella que proclamó la grandeza del Señor. Ella que se dejó hacer por una palabra y no tuvo palabra alguna de consuelo ante tanto dolor. Ella que comprendió cómo la muerte empieza en el nacimiento. Ella, que sólo supo decir sí, y que escuchó el silencio de Dios.

Cuentan que el suyo es un desconsuelo revestido de miles de nombres: penas, amargura, mayor dolor, lágrimas, tristeza, angustia, valle, soledad, embargos, desahucios, enfermedades, soledades, penas, miseria… Qué más darán los nombres, si los nombres se olvidan. Pero el dolor no. La ausencia tampoco. Por eso buscó por todos los rincones la vuelta a la vida del que había muerto. Levantó pesadas losas. Removió sepulcros imposibles. Contempló apariciones increíbles. Y transitó por mil y un rincones buscando la presencia de aquella palabra que se había encarnado… Dicen que, por un milagro, encontró el lugar. El sitio elegido. El rincón castigado con el tantálico suplicio de ver al hijo encarnado en viejas maderas, en un preludio constante de la resurrección. Un ciclo eterno. Cuentan que Ella volvió a aceptarlo…

Como aceptó colocarse lágrimas de cristal que surgían de su corazón. Como aceptó vagar sin rumbo por las calles de la memoria, eternamente herida por el camino más corto. Como aceptó ser vestida de reina, entronizada como reina y aclamada como reina. Cuentan que sólo los besos de la gente sencilla la consolaban. Ella sabía que al dolor seguía la muerte, pero después venía el regreso. Y así era la vida. Una y otra vez. Una eternidad en el dolor, como el de tantas mujeres anónimas torturadas por vencimientos bancarios, por soledades, por violencias visibles e invisibles, tantas mujeres, anónimas, no digáis sus nombres, que los nombres se olvidan.

Pero ella es la que queda. Junto al Arco, ya lo dijo Cernuda, nos espera la mayor felicidad. Junto al cardo romano del huerto de Macario. Junto a sus hortelanos. Junto a los puestos del mercao. De frente y de perfil. En la Macarena y en San Gil. Protegida por la más loca legión de romanos sevillanos, que Roma es Sevilla en el boato y Sevilla es Roma con Poncio Pilato…

Cuentan que un día, en un muro del viejo barrio de la muralla, leyó la sentencia que da sentido a su existencia «En tiempos de crisis, lo más revolucionario es conservar la alegría». El ancla tira con fuerza. Un punto al que aferrarse. Unas mariquillas que son estrellas. Revolución en la Sevilla Roja. Junto a sus lágrimas de cristal se ha insinuado la sonrisa eterna. Del llanto a la risa se llega entre terciopelos y merinos. Del dolor a la alegría. Si la divinidad era simpatía, ella es la carcajada del alma consolada. Así es ella. La que esperó y la que nos espera. La que quedó y la que siempre queda. La luz de un amanecer después de cualquier madrugada oscura del alma. No hace falta decir su nombre, pero sí grabarlo en un corazón sin espadas. Ella es la Esperanza. 

 

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