Antonio de León, capataz del Silencio / RVG PRODUCCIONES
Antonio de León, capataz del Silencio / RVG PRODUCCIONES
NECROLÓGICA

En memoria de Antonio León, capataz del Silencio

Fue un capataz histórico y un referente de la Madrugá sevillana
Por  0:00 h.

Resulta que estaban los querubines del cielo, todos, comenzando con los preparos para la próxima Semana Santa; como siempre iban de un lado para otro levantando ese revuelo con las plumas de sus alas, nerviosos, conociendo que cada vez está más cerca el tiempo en que se colocan las maderas que machiembró Casana para que el Rey de reyes bajara hasta Sevilla, Capita Mundi.

Y resulta que otro angelito, que también andaba entre aquellos menesteres, advirtió, al intentar aparejarla, que a las guarniciones de gala del pollino –aquí Borriquita– le faltaba una de sus tintineantes campanitas, esas que tan en la memoria del domingo de ramos tenemos los niños de nuestra ciudad.

Puestos a la búsqueda, no eran capaces de encontrar campanita alguna para la imprescindible reparación; y fue que Zaqueo, que estaba pendiente de lo que iba sucediendo, sin dar demasiadas explicaciones, les pidió que lo acompañasen a conocer a alguien que había llegado hacia poco tiempo.

Lo encontraron delante de una cruz de concha de tortuga rematada de argento metal, la observaba con tanta fe, que parecía abrazarla, en Silencio –Gloria Nazarenorum– preguntaron los serafines que de quién se trataba , ¿quién era aquel hombre?, les contó Zaqueo que solo era un hombre bueno; que el fondo azul de su mirada, casi turquesa, era el reflejo del manto de una Madre, Inmaculada, que sin pecado aceptó su Concepción; que aquel hombre, en la tierra, había contradicho a los filósofos que defienden que el silencio es la ausencia de sonido, pues él defendió que en la tierra de María Santísima, Silencio es el nombre del Hijo de Dios.

Les confesó que aquel hombre era capaz de fundir en bronce su garganta para darle el carácter cadente de una campana a lo justo de su voz.

Ese era el soniquete perfecto para cubrir el espacio sonoro que la campanita había dejado desnudo desde que se perdió.

Así que os ruego, priostes del cielo, que no sigáis buscándola, que permitáis para siempre que nos siga sonando el tintineo de esa campanita transparente con la voz de ese hombre que arengaba a los suyos con un «¡ole mi gente güena y venga de frente!» o con un «¡Ole vuestras madres!»;

¿Ole?, !Ole tú, Antonio mío!

Te habrás dado cuenta, puñetero, que tengo que escribir de ti con pauta de cuento porque sigo sin querer creerme lo que ha pasado. Solo me consuela, nos consuela, asirnos a la fe, como tú decías; pero, como ya le dije a un amigo que también se marchó, ¿Sabes lo que no se si vamos a poder perdonarte?….

Que nos dejas para siempre el corazón en banda. Un abrazo León.

José Miguel Gallardo Espinosa.
Capataz de la hermandad de la Candelaria y segundo capataz de la Virgen de las Angustias