La Macarena en el hospital de las Cinco Llagas en 1937
La Macarena en el hospital de las Cinco Llagas en 1937
TRIBUNA ABIERTA

La Semana Santa que perdimos

En este mundo complejo sin tiempo para rezar, acudimos a los cultos con la sensación de asistir a una tradición familiar, más que al perfeccionamiento de nuestra vida de cristianos
Por  11:54 h.

Desde la serena nostalgia de los años vividos, levanto el telón del recuerdo y parafraseando al gran poeta Joaquín Romero Murube, evoco su magnífica obra «Los cielos que perdimos», lanzando un lamento por todo aquello que se fue de la Semana Santa que conocimos de nuestros padres y nos esforzamos con mayor o menor fortuna en transmitir a nuestros hijos.

La «Semana Santa que perdimos», o la que estamos perdiendo, no es más que la crítica constructiva de la pérdida de valores que, casi sin darnos cuenta, está cambiando la vida, las formas y las maneras de nuestras hermandades y cofradías.

Observo que en muchas hermandades y cofradías hay falta de experiencia religiosa personal. Que las devociones a Cristo y María en cualquier advocación, que representaban un firme apoyo en la vida religiosa de los hermanos, ya no mantienen esa ancla de salvación ante los avatares de la vida.

Hemos pasado de lo esencial en la vida de hermandades y cofradías, que es dar culto público a Dios y su Madre en el seno de la Iglesia Católica, a un sinfín de actividades que, siendo buenas intrínsecamente, dejan un tanto olvidado lo que nunca puede quedar rezagado.

La oración, la devoción por nuestras imágenes, el querer llevar todo el año los valores cristianos a nuestra casa, a nuestras familias y a nuestro trabajo, son valores a fomentar en el mundo cofrade a lo largo de toda nuestra vida.

Pero la tarea es difícil. Absortos por un mundo complejo que no tiene tiempo para rezar ni incluso para reflexionar sobre nuestra vida religiosa, acudimos a nuestros cultos, dicho sea de paso, la minoría que acude, con la sensación de asistir a una tradición sentimental familiar, más que al perfeccionamiento de nuestra vida de cristianos.

Tampoco ayudan gran cosa las formas y maneras actuales de nuestras hermandades y cofradías. Las bolsas de caridad, la acción social a cualquier nivel, que tanto bien pueden llegar a conseguir, expresión plena de la solidaridad con los más desfavorecidos, deben estar siempre iluminadas por el espíritu fraterno de la caridad cristiana, lejos del espíritu laico de una ONG.

El ansia incontrolada por aumentar cada año el número de hermanos de cada hermandad, con inequívocas razones económicas, está lejos de la preocupación por aumentar la salud espiritual de los que ya forman parte de la corporación. Si a ello le añadimos los diferentes motivos que pueden provocar el acercamiento de cristianos al mundo de las hermandades y cofradías, como pueden ser los de orden estético, cultural, sociológico e incluso antropológico, vamos oscureciendo y haciendo más confuso el mensaje esencial de las mismas, que es el culto público a Dios y su Madre.

Pero el entorno de nuestras hermandades y las formas y maneras internas no ayudan precisamente a conservar lo esencial. Campañas electorales para juntas de gobierno y hermanos mayores, con algún que otro navajazo fraterno, no son precisamente ejemplos de fraternal unión cristiana, sino que más bien parecen campañas de partidos políticos o de clubes de futbol.

La exacerbación de lo estético, el incremento constante del riquísimo patrimonio de todas las hermandades, con sus correspondientes niveles de riqueza, en vez de conservar lo que se tiene, provocan un gasto excesivo lejos de acercarnos a las dificultades económicas que la sociedad padece, agudizada esta situación por la crisis.

Si a todo lo anterior le añadimos la hipertrofia informativa sobre temas cofrades en cualquier medio de difusión durante todo el año, dando valor a la ingente cantidad de pregones, conciertos, comunicados y noticias, se provoca una desnaturalización de los orígenes y esencia de los valores cofrades.

Y qué decir de los hermanos pertenecientes a juntas de gobierno. Antiguamente la hermandad descansaba todos los días del año sobre cuatro personas que en algún caso podían estar duplicadas. El hermano mayor, el mayordomo, el secretario y el prioste. Prácticamente sólo el hermano mayor tenía el máximo reconocimiento social, mientras que hoy día, Mayordomos y Secretarios siguen en la discreta eficacia de sus funciones tan importantes como poco reconocidas, mientras que una larga pléyade de personajes que van desde vestidores de imágenes a capataces y costaleros, pasando por la hipertrofia de las priostías, han conseguido poner el foco de la atención sobre su función, que desde luego no debe ser esencial en la vida de la hermandad.

Una muestra de lo que narro es la escena vivida hace escasos días en nuestra ciudad en una de las hermandades que más admiro y aprecio, la de la Esperanza Macarena. Se publica en los medios que hay un «cisma macareno», porque existe un conflicto personal entre los capataces de la hermandad. Bueno, quizás habría que hablar de desavenencias entre el capataz titular y un aspirante de su equipo para llegar a serlo. Hasta aquí todo normal en la vida de cualquier hermandad, pero sorprende la extensión y seguimiento del tema que han hecho numerosos medios, como si el asunto fuera uno de los grandes problemas de la corporación macarena, que dicho sea de paso, con un poco de autoridad bien ejercida y con un poquito más de humildad por parte de los implicados, hubiera quedado en discreta anécdota, de las que no hacen daño a la hermandad.