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Critica de 120 pulsaciones por minuto: Amor en tiempos de plaga

«Hablan mucho, porque es una película —en este sentido— muy francesa y les gusta oirse»

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Esta película, premiadísima desde que empezó su andadura en Cannes, no acaba de parecerme a la altura de su reputación. Sospecho que en parte la tiene por la seriedad de su tema: el sida en los tiempos en que se consideraba una forma de peste y se asociaba con lo que se denominaban grupos de riesgo que a su vez quedaban «contaminados» por el estigma social.

Para combatir este mortífero círculo vicioso se formaron colectivos como el de la película. Ciertamente las primeras secuencias que muestran una «acción» y una reunión posterior del grupo, y de paso sirven para introducir a los personajes principales, tienen una urgencia y una precisión admirables; y saben retratar el idealismo tajante de la figura del joven activista y la concienciación del recién llegado.

Pero luego las reuniones y las acciones se suceden. Y hablan mucho, porque es una película -en este sentido- muy francesa y cómo les gusta oirse; y es lo que se hace en las reuniones, debatir a muerte. Pero el mundo asambleario sólo interesa a sus integrantes, no produce buen cine, o no durante tanto tiempo.

En una película de dos horas y media, la primera escena no coral llega al terminar la primera hora. A esas alturas, el amor apasionado entre dos activistas no produce una identificación profunda en el espectador. Una relación condenada, por motivos que pueden imaginar, pero que no consigue el patetismo de las primeras películas contemporáneas del sida, obras que fundaron el «queer cinema» hace treinta años como «Compañeros inseparables» o «Miradas en la despedida».