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Crítica de Los archivos del Pentágono: Periodismo, liderazgo y principios

«La puesta en escena es insuperable, el ritmo, el tic-tac, los espacios, la infinidad de detalles que la cámara de Spielberg nos proporciona para que el espectador sienta lo intenso y vibrante de ese oficio que tiene tan mala prensa»

Tom Hanks en el quiosco
Tom Hanks en el quiosco
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El cine de Spielberg suele honrar el terreno que pisa, la historia, la aventura, la ciencia ficción, el holocausto, el bélico…, y hasta nos contó aquello de «érase una vez un tiburón…», y el mar del veraneo nunca volvió a ser el mismo. Ahora, con esta película, honra el terreno del periodismo, que no le viene mal, dicho sea de paso, que alguien lo honre. «Los archivos del Pentágono» fija su mirada en dos asuntos esenciales: en la decisión de publicar o no unas informaciones clasificadas sobre la actuación de varias Administraciones en la Guerra de Vietnam, y en la relación profesional y respetuosa entre la propiedad y la dirección de un periódico; es decir, Spielberg entra de lleno en la prístina deontología de un oficio que queda magníficamente retratado en el ambiente y la temperatura de redacción, teclear, reuniones, idas, venidas, ritmo de cierre…, una redacción con la humareda de 1971, que es cuando ocurren los hechos.

Pero hay aún algo más interesante que la redacción del «The Washington Post», y es la circunstancia de que su propietaria y editora, Katharine Graham, es una mujer y Spielberg enmarca con talento esa «anomalía» en sus entradas a la gallera de los Consejos y en su necesidad de poner huevos (liderazgo) como gallo y no como gallina. Magnífico retrato con tres o cuatro trazos de la dignidad y fuerza de una mujer y una editora de periódico, y envidiable estampa en sus contactos en clave respetuosa e íntegra con su director, Ben Bradlee, al que también se le dibuja con el valor y la decencia de quien sabe para quién trabaja, los gobernados y no los que gobiernan (principios).

Como es lógico, Meryl Streep y Tom Hanks están a la altura de sus magníficos personajes, y no necesitan de subrayados ni atenciones simplonas por parte de Spielberg para sublimarlos; la puesta en escena es insuperable, el ritmo, el tic-tac, los espacios, la infinidad de detalles que la cámara de Spielberg nos proporciona para que el espectador sienta lo intenso y vibrante de ese oficio que tiene tan mala prensa.