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Crítica de Recuerdos desde Fukushima: Educar para la supervivencia

«Lo más bello de la función es el proceso por el que estas dos mujeres acaban entendiéndose»

Escena de Recuerdos desde Fukushima
Escena de Recuerdos desde Fukushima
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Marie, la protagonista de esta película de Doris Dörrie, cree que podrá ahogar sus penas marchando muy lejos de su Alemania natal, adonde haya gente -dice- que lo esté pasando mal. Con tan paternalista idea aparece en Fukushima como payasa sin fronteras (no es un chiste: comparece el fundador de esa ONG) para alegrar la vida de los supervivientes de, casi nada, un tsunami y un escape nuclear. La alemana, cuya herida al fin y al cabo es fruto de un mero desengaño amoroso, sólo comienza su curación cuando adopta a una mujer que ha perdido bastante más.

La terapia, una verdadera educación para la supervivencia, abunda en ejemplos de equívocos interculturales que aportan un fino humor que en absoluto trivializa la tragedia de Fukushima (bueno, habría que preguntarle a los genuinos supervivientes que aparecen en los créditos finales). La mujer japonesa, una sensacional Kaori Momoi, no aprueba que Marie se siente despatarrada a la ceremonia del té y la llama «elefante», porque es como una jirafa a su lado y por aquello del proboscídeo en una cacharrería. Lo más bello de la función es el proceso por el que estas dos mujeres acaban entendiéndose, de modo que al final aquella célebre frase de Marguerite Duras llevada al cine por Alain Resnais, «Tú no has visto nada en Hiroshima», no se le puede decir ni a Marie ni a la propia Doris Dörrie.