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Safari (****): Miserias y grandeza de la caza

Esta película tiene la misión de provocarle infinidad de sensaciones primarias y alborotadas servidas con cierta gracia

Como es habitual en el cine del austríaco Ulrich Seidl, en el que el espectador se siente tan cómodo como un enano en esos taburetes de pub inglés, esta película tiene la misión de provocarle infinidad de sensaciones primarias y alborotadas servidas con cierta gracia…, y cualquiera que haya visto antes su trilogía «Paraíso (fe, esperanza, Amor)», o «En el sótano», o alguna de sus obras anteriores sabrá que eso de «cierta gracia» también puede traducirse por «ni puñetera gracia».

En «Safari», Seidl hace un mixto entre documental y ficción sobre el asunto de la caza en África, y traslada su cámara y su cinismo hasta una granja a la que también viajan unos turistas austriacos, una familia de cazadores, que protagonizarán unos cuantos episodios en los que reflejan cómo se cazan cebras, ñus y jirafas, la coreografía que implica y las reflexiones y conversaciones durante y después del «acto».

La película es perversa, pero justo por lo contrario a lo que pensarán algunos espectadores que la vean: parece un alegato contra la caza y los cazadores, y no duda en ponerle en los labios a los, digamos, animalistas, las imágenes que quieren ver para enfundarse aún más en sus juicios o prejuicios: el abuso del disparo, la agonía de la presa, las fotografías amañadas con el animal muerto, su posterior proceso de ser despellejados y troceados, y hasta sorprendentes imágenes de los ayudantes negros repelando a bocados la carne de los huesos…

Todo a la vez sumamente incómodo para el ojo, pero comodísimo para el sustento de principios, aunque el perverso Ulrich Seidl les hace argumentar a sus figurines, entre diálogos intrascendentes, algunos de los poderosos motivos por los que la caza es sustancial no solo para el hombre, sino también para esos animales.

Es cierto que lo esconde, lo maquilla, lo acomoda para que el enano se siente bien en su taburete de pub, pero ahí está: se caza «a dedo», al ejemplar ya abatido por la naturaleza (por edad o condición), y se paga por él para mantener a los demás. Es, por lo tanto, una película tan cómoda como incómoda, si se quiere leer en ella, y está hecha con una sencillez, un desapego y una reflexión más compleja de lo que aparenta. Y por supuesto, es todo lo desagradable de ver que cualquier enemigo de la caza espera. Lo malo para Seidl y su película es que su público natural, o sea, los amigos y los enemigos de la caza, no es fácil que comparta sus habilidades.

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