Crítica de El viaje: Dos extremos se tocan

Imposible ficcionar la negociación con el IRA sin que surja un clamor entre los muchos que se dejaron algún jirón por el camino

Colm Meaney y Timothy Spall en el filme
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El posible atractivo de escenificar hechos históricos recientes queda en cuestión ante la probable tanda de bofetadas que te pueden caer por muchos lados. Le ha pasado a «El viaje» por especular con un viaje compartido de McGuiness (exjefe del IRA y del Sinn Fein) y Paisley (el notorio dirigente unionista) que señalaría, se dice aquí, el comienzo del acuerdo de St. Andrews que trajo la paz a Irlanda del Norte en 2006. El acuerdo fue real y es cierto que ambos irreconciliables enemigos acabaron compartiendo gobierno y haciéndose poco menos que coleguitas. Hasta ahí los hechos. El viaje en coche que comparten es, y así se nos dice, una invención y ahí es donde han caído las tortas.

Un sangriento conflicto de décadas que se da por supuesto, una road movie con un trayecto de una hora cuyo único destino es hacer que se rompa el hielo sin saber que están siendo observados, la aparición de figuras históricas como Tony Blair o Gerry Adams… imposible ficcionar algo así sin que surja un clamor entre los muchos que se dejaron algún jirón por el camino. Si se puede obviar este pero, y es un gran pero, lo que queda de esta licencia artística es un formidable duelo entre dos axiomas del cine británico (con un espectral John Hurt al fondo): Colm Meaney aporta la humanidad de sus trabajos con Stephen Frears a este terrorista reciclado en presunto hombre de paz; y Timothy Spall se transmuta en un predicador tan rígido como para llamar «anticristo» al Papa pero no para impedir que los extremos se toquen.

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