ES NOTICIA

«Gran Torino» revisa el sueño americano

Clint Eastwood vuelve a reflexionar sobre la moralidad del hombre de acción incluyendo una autocrítica de lo que su figura ha representado en papeles como «Harry el sucio»

Clint Eastwood protagoniza y dirige «Gran Torino»
Clint Eastwood protagoniza y dirige «Gran Torino» - ABC
Actualizado
Enviar noticia por correo electrónico

Cuatro años después de haber protagonizado la tercera obra maestra de su carrera, «Million Dollar Baby», Clint Eastwood volvió a ponerse delante de las cámaras para sacar adelante una película en teoría pequeña, de escaso presupuesto y que, sin embargo, se convertiría en la cuarta joya de su excelsa corona. Desde el primer fotograma «Gran Torino» deja estupefacto al espectador, al cinéfilo, al aficionado al cine de todo tipo, clase o estrato social. Sin alardes, casi en casa, rodando con su entrañable intimismo habitual, Eastwood forja una película de un pulso firme, una narrativa poderosa y un latido tan fuerte que te deja sin aliento.

La historia arranca en el Detroit de toda la vida, oscuro, sórdido, un barrio invadido por las etnias asiáticas que acaban rodeando a un viejo jubilado, herido de muerte por un cáncer que le devora, y con secretos de una guerra pasada, pero no olvidada, encerrados en un baúl con mil llaves. Walt Kowalski, de origen polaco, es un veterano de Corea al que no le gusta la gente. Es gruñón, odia a los asiáticos que han invadido su barrio de siempre y reniega del mundo. Su familia le da de lado y él tampoco hace esfuerzos para cambiarlo. Solo tiene a su perro, un sacerdote al que da la vara (en una riña dialéctica mutua), un peluquero con el que hace charlas de bar con tono de viejos olvidados por la vida, y su coche, un Ford Grand Torino de valor sentimental incalculable.

La forma, sutil y entrañable, en la que Eastwood da la vuelta a su personaje para convertirlo, sin querer, en un héroe vecinal de todos aquellos a los que odia, es inigualable. Esa transformación liviana, sin prisa pero sin pausa, es un ejemplo para las nuevas generaciones de cineastas de cómo hacer cine de verdad, del clásico, del de toda la vida, filme realizado con poco dinero y mucho, muchísimo talento, manejando los silencios como solo él sabe, como un rugido sordo que se desliza por el ojo del espectador con una intensidad arrebatadora, sublime. El genio en su esplendor.

Un final inesperado, grandioso, astuto y sibilino del gran maestro hace que «Gran Torino» suba al Olimpo de las grandes películas de la década. Rodada en solo 33 días (dos menos de lo previsto) por el siempre veloz Clint, fue la película más recaudadora de su director, pero no por ello de menor calidad que las otras tres perlas de Eastwood («Sin perdón», probablemente una de las mejores películas de la historia del cine; «Mystic River» y «Million Dollar Baby»). «Gran Torino» completa el póquer de uno de los mejores directores que el cine ha visto.