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Incierta gloria (***): La madurez de un director de culto

Que ningún actor desentone no puede ser casualidad. Incluso se permite apuestas impensables dentro de su estilo, como recuperar a Fernando Esteso para un papel dramático

Escena de Incierta gloria

No ha perdido Agustí Villaronga su condición de cineasta único, de culto, aunque la oscuridad de sus primeras películas y la angustia que sabía transmitir al espectador se han suavizado incluso cuando aborda un asunto tan tenebroso como la Guerra Civil. En realidad, su mirada en «Incierta gloria» no es bélica, sus víctimas caen fuera del campo de batalla en un relato condicionado por la novela de Joan Sales, que hace suya. El director de «Pan negro», por otro lado, sigue sin darse prisas como narrador; ahí no se ha movido ni un ápice de los planteamientos de títulos como «Tras el cristal», su sobresaliente debut, o la inquietante «El mar».

Villaronga parece haberse mudado de la calle del desasosiego a la plaza de la desazón. En todo caso, la muerte siempre asoma en algún callejón. No contento con su urbanismo de los sentimientos, el director mallorquín lo puebla de personajes creíbles, complejos y bien interpretados. Que ninguno desentone no puede ser casualidad. Incluso se permite apuestas impensables dentro de su estilo, como recuperar a Fernando Esteso para un papel dramático. Si llega a incluir también a Andrés Pajares la Academia habría tenido que inventarse un nuevo Goya.

Mayor aplauso aún merece la recuperación de Núria Prims, enorme en su madurez después de una ausencia excesiva en el cine. Su Carlana es tremenda. Villaronga será estudiado en las escuelas de cine, pero no es preciso esperar para verla. Su gloria no es nada incierta.

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