Tiempos de Guerra

Federico Aguado, sobre la guerra del Rif: «Fue de las mayores deshonras del Ejército y de este país, algo que se intentó tapar de todas las maneras posibles»

El actor toledano se une a la serie de Antena 3 y se pone en la piel de Roberto Molina, un militar experto en el arte de la guerra que se siente como pez fuera del agua cuando no está en el campo de batalla

El actor toledano Federico Aguado interpreta a Roberto Molina en «Tiempos de Guerra»
El actor toledano Federico Aguado interpreta a Roberto Molina en «Tiempos de Guerra»
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El 22 de julio de 1921 España vivía uno de los momentos más crudos de su Historia militar. En plena Guerra del Rif (1911-1927), el campamento de Annual, cerca de Melilla, se convirtió en una trampa mortal, en el macabro escenario en que entre 8.000 y 13.000 soldados españoles perdieron la vida a manos de los rifeños; una de las derrotas más estrepitosas del Ejército español. Justo en este periodo se ambienta «Tiempos de Guerra», la serie de Antena 3 que cuenta la historia de un grupo de enfermeras, jóvenes y de buena familia, liderado por Carmen Angoloti (la Duquesa de la Victoria, interpretada por Alicia Borrachero). Entre sangre y bisturís, con el sonido de las bombas como telón de fondo, viven sus historias de amor sin poder esquivar, sin embargo, el choque de dos culturas ni el sufrimiento de la guerra.

Hace dos semanas, cuando se emitía el séptimo capítulo de la temporada –El desquite–, Federico Aguado (Toledo, 1982) pasó a engrosar las filas del reparto que da vida a esta ficción española. Vestido de legionario, con barba y con el sudor recorriéndole la frente aparecía transformado en su personaje: Roberto Molina, un hombre que, según el actor, «está institucionalizado en la guerra: dentro del formato de las batallas es el mejor compañero, pero que luego, cuando está fuera, no se sabe comportar. Se veía también en la “Chaqueta Metálica”. Es machista, por la época y porque encima es muy bruto. Y es racista a todos los niveles: piensa que lleva muchos años luchando contra los marroquíes, los ve y se le cruzan los cables porque, realmente, está traumatizado. Es él y sus circunstancias. Es un tipo con mucha energía, mucha fuerza y creo que un poquito loco. Pero hay que estarlo para hacer lo que hace y dedicarse a lo que se dedica».

Federico Aguado como Inocencio Bonilla en «Amar en Tiempos Revueltos»
Federico Aguado como Inocencio Bonilla en «Amar en Tiempos Revueltos»

Hijo y nieto de militares, el mundo del Ejército no le era del todo ajeno. Pero preparar el personaje, su carácter impredecible, ya fue más complicado. «Me hizo mucha ilusión cuando me dieron este personaje porque yo había hecho de Inocencio Bonilla (Amar en Tiempos Revueltos) durante seis años, un personaje con mucha bondad, de Sergio Rueda (Mar de Plástico), un chico con una dificultad psíquica, un ángel... Y siempre le había pedido a la vida un malo, un cabrón. Cuando me dieron esto, intenté no quedarme en la locura, el grito, y me puse a investigar». Explica que se quiso adentrar en la mente del personaje y en las vivencias que habían forjado su carácter; que se inspiró en gente que había vivido situaciones parecidas en la vida real, pero también en películas. «Hay una escena muy bonita en “Tierra Hostil” en la que el protagonista, que vuelve de Irak, está en el supermercado con un carrito entre un montón de cereales, como un pez fuera del agua. Y luego él es feliz en la guerra. Tomando ese tipo de referencias me he hecho una ensalada que es Roberto Molina», cuenta el artista.

Su personaje es prisionero de lo que le ha tocado vivir; un periodo histórico poco conocido. «Yo no sabía que eso había ocurrido. Creo que las manchas de cada país se intentan tapar porque al final esto fue una masacre (…). De hecho, es la historia real de unas enfermeras que fueron a Melilla, voluntarias, para ayudar porque allí estaban absolutamente destruidos. Fue una de las mayores deshonras de este país y del Ejército, algo que se intentó tapar de todas las maneras posibles. Cuando te empiezas a informar, te das cuenta de la barbarie a la que se enfrentaron estas personas por unos ideales de gente que estaba sentada en el despacho y que los mandó allí a matar y al final los mataron a ellos. Es una historia “heavy”», lamenta Aguado.

Un juego de niños

La tarea de enfrentarse a una época complicada y a su primer personaje «malo» fue más sencilla de lo que cabía esperar, gracias a un ambiente de trabajo en el que, además de viejos conocidos y nuevos amigos, ha encontrado diversión: «Me lo pasé en grande grabando. Sobre todo, el capítulo ocho; es la guerra total y absoluta. Fue una maravilla rodar eso porque parecía que estaba metido en una peli de Spielberg, como cuando eres niño y juegas a indios y vaqueros. Encima en un escenario muy real (…), la mayoría de los figurantes eran militares de verdad. Había un momento en que te metías ahí y decías: ¡¡Buah, esto es la guerra!! Muy guay. De hecho, en ese episodio ha sido cuando mejor me lo he pasado grabando en toda mi vida. Tres días de rodar una guerra es durísimo: estábamos llenos de mierda, trabajando desde las seis de la mañana hasta las nueve de la noche. Pero también fue maravilloso».

«Grabar en "Tiempos de Guerra" fue una maravilla porqueparecía que estaba metido en una peli de Spielberg»

Con gafas y un gorro de lana, canciones de rock clásico resonando al fondo y las manos sobre una mesa de madera; cuenta que Molina es muy diferente a su adorado Sergio Rueda (Mar de Plástico), «lo más complicado y lo más bonito» de su carrera. Un chico con una discapacidad psíquica, «un ángel» al que nunca le faltaba su incombustible gorra roja «porque estos niños siempre necesitan protegerse la cabeza». Un personaje del que disfrutó sin freno en la segunda temporada cuando «ya tenía el personaje en la sangre» y cuya gorra tiene colgada en su casa. También expone que el legionario es muy distinto a Inocencio Bonilla (Amar en Tiempos Revueltos), un personaje torpe y bonachón de cuya mano entraba en nuestras casas cada mediodía. A él le debe su andadura en el mundo de la televisión, también seis años de aprendizaje a marchas forzadas: «Yo venía de una escuela en la que pagaba yo y pasé a una escuela en la que me pagaban a mí. Encima trabajaba en un diario, con rapidez, sabiendo que no puedes fallar, haciendo siete secuencias al día... eso crea una dinámica de trabajo, de velocidad. Me ha dado un rodaje muy grande, en un año me convertí en un perro viejo».

Sin embargo, reconoce que, a pesar de que le gusta la «transformación total», todos estos personajes tienen algo de él, aunque sean rasgos casi imperceptibles. «Siempre hay algo de ti. Pienso que todos mis personajes tienen un hilo de bondad que creo que va conmigo, de buena gente, de vivos, de energía. Evidentemente, yo no soy Molina en nada (…), pero siempre hay algo de ti, aunque sea la mirada», declara el actor.

Más allá de la televisión

Inquieto por naturaleza, se ha embarcado en una nueva aventura y, junto con otros dos compañeros, ha montado una productora: Blubalum Films, en cuya inauguración está enfrascado (se celebrará el próximo jueves, 16 de noviembre). No obstante, ni el trabajo de productor ni la pequeña pantalla lo alejan de sus orígenes: el teatro, su «balón de oxígeno». Es un bicho que le picó hace once años y, desde entonces, no se ha podido deshacer de su veneno, que recorre cada mililitro de su sangre. «Creo que un actor de teatro tiene algo de respetar el oficio. Pedro Casablac dice siempre algo muy divertido: que el teatro huele mal y la tele huele bien. En la televisión te dan la ropa planchadita, te recoge un coche, te llevan a tu casa y al rodaje... y el teatro es de batalla. La mayoría de las veces vas a ser tú con una furgoneta quien se lo vas a guisar y se lo va a comer, no vas a poder vivir de él salvo en ocasiones muy esporádicas y es algo más vocacional que material. Creo que te abre la mira de lo que es esta profesión».

Es por todo ello que sigue haciendo teatro. Ahora, bajo la dirección de la Premio Nacional de Literatura Laila Ripoll, encarna a Alfonso VIII, con una estética de los años 70, en «La Judía de Toledo» (Lope de Vega). Se trata de un hombre que, «de principio a fin, se destruye física y psicológicamente; que empieza siendo un Rey muy bien puesto y acaba siendo un Ricardo III destruido (...); que descuida su reino por una chica», desgrana Aguado, quien el próximo 24 de noviembre volverá a pisar las tablas del Rojas, el teatro de su tierra, un lugar muy especial. «Además este año me han hecho ciudadano de honor de Toledo. Imagínate, yo voy allí y el teatro está lleno desde hace un mes. Estoy muy contento, es una ciudad pequeña pero con uno de los teatros más bonitos del mundo (...). Es espectacular: cada vez que voy a Toledo me siento súper arropado, es una maravillas actuar en mi casa», cuenta el actor, ilusionado.

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