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¿Quién fue Hasekura Tsunenaga, precursor de la relación entre Coria del Río y Japón?

Día 05/06/2013 - 07.46h

Más de 3.000 japoneses visitan al año Coria del Río y en los próximos días lo hará el príncipe Naruhito. Pero el vínculo comenzó hace casi 400 años

Puede que el nombre de Hasekura Rokuemon Tsunenaga no les diga gran cosa. Pero a buen seguro que la histórica relación entre Japón y Coria del Río ha llegado en algún que otro momento a sus oídos. Y es que están a punto de cumplirse cuatro siglos desde que una expedición de hombres de mar del país del sol naciente llegase, casi por casualidad, a la ribera del Guadalquivir.

Todo comenzó en el año 1613, cuando el señor feudal de la región japonesa de Sendai, llamado Date Masamune, envió una expedición marítima a Europa con el objetivo de pedir al Papa de Roma mediación en la rivalidad entre jesuítas y franciscanos por el monopolio de cristianizar a los japoneses. Por supuesto, la creación de nuevas rutas comerciales formaba parte de las intenciones del señor. Tal misión fue confiada a un veterano samurái que hizo nombre y fortuna en la guerra de invasión de Corea. No era otro que Hasekura Tsunenaga, que a sus 42 años se vio al frente de una empresa transoceánica a bordo de un galeón, llamado Date Maru por los japoneses y, posteriormente, San Juan Bautista por los españoles, en cuya construcción se emplearon a más de 4.000 personas (constructores navales, herreros, carpinteros... ) durante 45 días.

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Réplica del galeón

Finalmente la expedición partió el 28 de octubre de 1613 desde el norte de la mayor isla del archipiélago japonés, a unos 360 kilómetros al norte de Tokio, con 180 personas a bordo. La tripulación incluía unos veintidós samuráis, 120 comerciantes, marinos y sirvientes japoneses; así como alrededor de cuarenta españoles y portugueses. Entre ellos destacaba la figura del monje franciscano de origen sevillano Fray Luis Sotelo, por aquel entonces encargado de las conversiones religiosas en el área de Tokio. Quedaba conformada pues la misión Keicho, que con Tsunenaga al frente, estuvo navegando por el Océnano Pacífico durante tres largos meses hasta llegar a Acapulco, en México. Hasekura dejó allí buena parte de la comitiva original, quienes aguardarían el regreso de quienes continuaron la expedición cruzando México por tierra para salir desde el puerto de Veracruz haciendo escala en La Habana antes de llegar a su destino europeo.

Los primeros japoneses en llegar a Europa

Fue en en octubre de 1614 cuando la nave de Tsunenaga avistó el Viejo Contienente. Fue en la misma desembocadura del Guadalquivir, en Sanlúcar de Barrameda, cuando el peculiar grupo de hombres de ojos rasgados, llamativas vestimentas de seda y afiladas espadas fuera recibida con honores por el duque de Medina Sidonia, que armó dos galeras para que la expedición, que ya había salvado más de 20.500 kilómetros, continuase su recorrido.

Remontaron pues el cauce del Guadalquivir buscando el sevillano puerto de Indias, uno de los lugares más prósperos de la época. Pero antes de llegar a Sevilla la misión «Keicho» tuvo que pasar por el antepuerto de Coria del Río. Aquí pasaron unos diez días antes de ser recibidos por las autoridades en Sevilla.

Desde allí, los expedicionarios partieron al encuentro en Madrid con el Rey Felipe III a partir del cuál confiaban en crear nuevos lazos comerciales entre su Japón de origen y las colonias que legitimamente pertenecían al monarca español, especialmente en Filipinas. La misión japonesa logró finalmente el 30 de enero de 1615 poner en común la oferta de tratado de su señor Masemune con el compromiso del monarca de atender a las peticiones niponas en función de lo que decidiese la Iglesia.Tocaba pues continuar la empresa en Roma, no sin antes ser Hasekura bautizado el 17 de febrero por personal de la capellanía real. Fue así renombrado como Felipe Francisco Faxicura, siendo fruto este último término de la mera transliteración del japonés de su apellido original.

La misión se embarcó desde Barcelona con destino Nápoles y marchó por el Mediterráneo a bordo de tres fragatas, al encuentro con Su Santidad Pablo V. Pero las inclemencias del tiempo obligaron a los hombres de Hasekura a arribar en el puerto francés de Saint-Tropez. Sería finalmente en noviembre de 1615, y después de más de dos años de travesía, cuando al fin pudo Hasekura encontrarse con el Papa en Roma para solicitarle el envío de misioneros cristianos a Japón. A ello accedió en principio el «Sumo Pontífice», pero dejó la decisión para el pretendido intercambio comercial al Rey de España. Era turno entonces de regresar a España, haciéndolo también Fray Luis Sotelo tras haber sido nombrado por Su Santidad obispo de Mutsu.

Segunda visita a Sevilla

Con buena parte de su cometido cumplido tras la visita al pontífice, era turno de regresar a España para poder cerrar su empresa antes de volver a Japón. Hasekura volvió a encontrarse con el Rey Felipe III y volvió a plantearle el intercambio de bienes. Pero para su sorpresa, esta vez el monarca declinó firmar el acuerdo comercial basándose en que la misión de Hasekura no había sido enviada por el máximo gobernante japonés de la época, Tokugawa Ieyasu. Además, ya había llegado a oídos de Felipe III que este «shōgun» había promulgado un edicto en enero de 1614 con el que se perseguía la práctica de la fe cristiana y se ordenaba la expulsión de todos los misioneros del Japón.

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Retrato de Hasekura

Ante tal frustración, Hasekura partió hacia México en junio de 1617 después de un período de dos años en Europa, dejando atrás miles de kilómetros y una empresa fallida. Pero no fue lo único. Apróximadamente unos diez japoneses de su séquito decidieron quedarse en Coria del Río para poder seguir practicando el cristianismo. Lo hicieron tras caer cautivados por una tierra que vivía esencialmente de la pesca fluvial, la cría de caballos y sus propios huertos. Allí echaron raíces tras contraer matrimonio con mujeres de Coria dando origen al apellido Japón, como fueron rebautizados sus descendientes. Surgía así un estrecho vínculo entre Japón y Coria del Río que cuatro siglos después se mantiene vivo al contar el municipio con más de 650 vecinos de ascendencia nipona y recibir la visita de más de 3.000 turistas japoneses cada año.

Pero esa es otra historia. La de Hasekura Tsunenaga continuaría con un largo y poco esperanzador viaje de regreso a Japón para rendir cuentas de su empresa por Europa.

El triste fin de los días de Tsusenaga

Diez meses después de dejar España, en abril de 1618, el galeón San Juan Bautista capitaneado por Hasekura llegó a las Filipinas y allí se estableció durante más de dos años antes de su regreso definitivo a Japón, ya en agosto de 1620, y con nuestro protagonista al filo de los 50 años de edad. Pero lejos de prosperar en su país como tantas noches debió soñar durante su larga travesía por medio mundo, Tsunenaga pasó al mayor de los ostracismos.

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Hasekura, rezando

En su regreso se encontró con un Japón muy diferente al que dejó apenas nueve años antes. La sombra del «Sakoku», que condenaba a pena de muerte a todo aquel que entrara o saliera del país, dio pasa a un oscuro período de aislamiento japonés en que se rompieron todas las relaciones comerciales y diplomáticas con el exterior. A ello había que sumar el empeño por erradicar el cristianismo. Lo sufrieron centenares de cristianos, pero especialmente lo hizo Fray Sotelo cuando, al regreso de la expedición «Keicho», fue quemado vivo prácticamente al poner pie en el puerto de Nagasaki.

Invasor de Corea, «conquistador» de Coria

Por su parte, Felipe Francisco de Faxicura fue inmediatamente encarcelado por orden del «shōgun» y de ahí al final de sus días (falleció el 7 de agosto de 1622, apenas dos años después de volver a sus orígenes) poco claro hay. Los historiadores se debaten entre las conjeturas de que abandonó el cristianismo, mientras hay quien defiende que fue martirizado por su fe cristiana, como forma de dar ejemplo a posibles impíos. También hay quien apuesta porque mantuvo sus prácticas cristianas en secreto hasta el día de su muerte.

La verdad de todo se guarda en su tumba, en el templo budista de Enfukuji, en la región de Miyagi, desde dónde partió la primera comitiva japonesa que llegó a Europa y que dejó en Coria del Río un legado humano que pervive por los siglos de los siglos.

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