Dos Hermanas

De la informática al monasterio para seguir a Dios

Hace un año decidió dejar su trabajo para entregarse a la vida contemplativa de los monjes cistercienses

El joven novicio en el monasterio cisterciense / ABC
El joven novicio en el monasterio cisterciense / ABC

Trabajaba como informático en Sevilla para una gran empresa internacional, dedicaba buena parte de sus tardes a trabajar por las cofradías y salía con sus amigos en su tiempo libre. Llevaba, al fin y al cabo, una «vida normal» como la de cualquier otro joven de su edad, sin embargo, a José Manuel Arenillas le faltaba algo. Hace un año, este joven de Dos Hermanas decidió dejarlo todo para seguir a Dios. Había encontrado lo que buscaba. Seguro del paso que daba, decidió ingresar en el monasterio cisterciense de Santa María de las Escalonias de Córdoba, el único masculino de vida contemplativa que hay en Andalucía, donde dedica sus días a la oración y al trabajo con una comunidad de diez religiosos de entre los cuales él, a sus 24 años, es el más joven de todos.

«La decisión no fue fácil ni difícil. Era la respuesta que Dios me daba a lo que quería de mí y tanto le gritaba. Esto nunca estuvo ni en mis planes ni en mi pensamiento pero sí en el suyo, solamente me dejé seducir y le seguí con valentía dejándolo todo», cuenta este novicio desde el monasterio cordobés, ubicado en el término municipal de Hornachuelos, en lo que fue un típico cortijo andaluz que desde 1985 es residencia de los monjes de la Orden Cisterciense de la Estricta Observancia, a quienes fueron donados esta casa solariega y los terrenos adyacentes para tal fin.

José Manuel llegó a este convento, por primera vez, en el verano de 2015 para pasar unos días en la hospedería que tienen. «Necesitaba una respuesta a muchas preguntas y al entrar en contacto con este estilo de vida, con los monjes, con esta maravilla de naturaleza de la sierra, me cautivó, sinceramente», explica. «Ya no pude ser el mismo, todo me decía que tenía que estar ahí». Tras un mes de experiencia, ingresó como postulante en noviembre del año pasado y hace poco que ha iniciado su noviciado.

«Rotundamente sí, soy muy feliz aquí, pero no de la felicidad que da el mundo, sino más bien por la alegría y el gozo de estar donde tengo que estar, por aquel que me lo ha dado todo», asegura este joven, tajante en sus convicciones, que dejó atrás una vida estable, con un futuro más o menos planificado, pero que no terminaba de convencerle. «Siempre se echa de menos a la familia y a los buenos amigos, pero es algo que se lleva bien por haberlo hecho por el Señor. Lo que sí confieso que me costó, al principio, fue separarme de mis hermandades de las que soy hermano desde niño. Es un sentimiento difícil de explicar que sólo los que son verdaderos cofrades pueden imaginarse lo que es estar lejos de su devoción y pasar los días marcados de Semana Santa sin verlos».

Cambio de vida

Siempre involucrado en proyectos de la Iglesia y las cofradías, llegó a formar parte de las juntas de gobierno de algunas hermandades y participó activamente en catequesis y otras actividades relacionadas con la evangelización de los jóvenes. Aquellos días ajetreados los ha cambiado ahora por el remanso de paz que es el monasterio cisterciense, un lugar en el que los días empiezan a las cuatro de la madrugada, cuando los religiosos se levantan para las primeras oraciones en el coro de la iglesia. Los toques de campana marcan el ritmo de la jornada en este convento en el que el silencio es el valor más preciado.

Desde bien temprano, los monjes se dedican a la lectio divina en el escritorio monástico, a la lectura, la meditación, la oración y la contemplación de las Sagradas Escrituras. Después, los novicios tienen sus clases de formación y aprendizaje, que se entremezclan con el propio trabajo manual que realiza todo el grupo en la lavandería industrial donde lavan, secan, planchan y doblan ropa para el Hospital de la Cruz Roja de Córdoba. «Las comidas las realizamos toda la comunidad en el refectorio donde, mientras se come en silencio, un hermano lee para no solo alimentar el cuerpo sino también el alma», explica este joven. Tras la cena, los monjes se reúnen en la sala capitular con el superior y, posteriormente, se dirigen a la iglesia para completar el último momento de oración del día –el séptimo-, que termina con la salve a la Virgen de las Escalonias.

«Lo que más destaco es la vida en comunidad, un gran regalo y don de Dios», apostilla el novicio, «estoy aprendiendo, purificándome y creciendo personal y espiritualmente». Pausado y feliz, el joven eleva su mirada en mitad de este lugar alejado del bullicio donde «el tiempo no existe» y se sincera al completo, convencido ahora de haber encontrado su camino. «Cada vez que paso por los claustros me encanta mirar al cielo, recordando lo pequeños que somos y fijando la mirada allí, hacia donde tenemos que ir, al Cielo».

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