Dos Hermanas

A lomos de unos caballos especiales para superar barreras

Desde hace diez años, cuatro nazarenas están al frente de una escuela dedicada a las terapias ecuestres

Ana María, Rocío, Cristina y Marián
Ana María, Rocío, Cristina y Marián - L.M.

En los terrenos del hipódromo de Dos Hermanas, donde compiten cada año veloces equinos montados por los más destacados jinetes del momento, existen también otros caballos cuya misión no es la de llegar los primeros a la línea de meta. Son ejemplares menos esbeltos y no tan rápidos que compiten en una liga bien distinta; la de ayudar a quienes sufren algún tipo de discapacidad. Se trata de la escuela de terapias ecuestres La Herradura, que cumple este año una década desde que, allá por el año 2007, un grupo de jóvenes mujeres decidiera embarcarse en este proyecto que busca aprovechar los beneficios que aportan los equinos para el desarrollo cognitivo, físico, emocional, social y ocupacional de personas con discapacidad, pero también de niños, adultos en general e, incluso, la tercera edad.

Marián Sillero, Rocío Figueruela, Ana María Baus y Cristina Fernández son las mujeres que están detrás de esta cooperativa a la que llegan cada año más de un centenar de personas en busca de estos caballos sanadores. «Ahora se conoce mucho más sobre los beneficios de las terapias ecuestres pero hace diez años, cuando empezamos, apenas se conocía nada», reconocen estas emprendedoras que decidieron hacerse un hueco en un sector profesional incipiente y, mayoritariamente, liderado por hombres.

Ninguna, salvo Rocío, había montado antes a caballo. No había, por tanto, una vinculación especial previa con el mundo ecuestre, aunque todas ellas -formadas en los campos de la pedagogía y la psicología- supieron ver pronto que en los caballos podía estar la «herramienta» perfecta para ayudar a quienes más lo necesitan. Se conocieron en un curso de empleo sobre terapias ecuestres, que les sirvió de punto de partida para forjar su idea de negocio y comenzar a especializarse con másteres y cursos de expertos en las necesidades que el proyecto requería. Una década después, La Herradura cuenta con una plantilla compuesta por unas diez personas, entre fisioterapeutas, psicológicos, pedagogos, técnicos deportivos en equitación, biólogos y físicos, y hasta 26 caballos, además de ponis y un burro, que acaban de adoptar recientemente.

Por estas instalaciones pasan a diario numerosas personas con algún tipo de discapacidad para mejorar su estado, gracias al contacto directo con estos animales. Según explican, el caballo tiene numerosas características que lo hacen «idóneo» para este tipo de terapias. En primer lugar, el patrón de locomoción de los equinos es muy similar a la marcha humana, por lo que montar en estos caballos es «sentir que vas andando», especialmente para quienes están en una silla de ruedas. Por otro lado, el calor corporal que transmite el animal relaja los músculos, lo que favorece la realización de diferentes ejercicios. Destacados son también otros beneficios como los propios impulsos del equino para «equilibrar» la posición, la mejora del aparato circulatorio o los movimientos intestinales.

«Mejora su autoestima y facilita el desarrollo de la comunicación y el lenguaje, incluso favorece las relaciones sociales, pues se intenta que interactúen con otras personas durante las clases», explica Cristina. Utilizan, para ello, equinos con un perfil concreto: no muy altos ni tampoco asustadizos y muy nobles, fundamentalmente.

Un campeón paraecuestre

De La Herradura es alumno Miguel Borrallo, un joven que llegó en 2008 para recibir los servicios terapéuticos debido a la parálisis cerebral que sufre, logrando en 2015 ser campeón de Andalucía de doma paraecuestre. Todo un orgullo para este centro en el que se forman hasta una decena de jóvenes en equitación adaptada.

Además de las terapias, La Herradura cuenta con un centro ocupacional durante todo el curso y organiza campamentos urbanos en vacaciones para menores de todas las edades con o sin discapacidad, una escuela de equitación, excursiones familiares o talleres de ciencia, entre muchas otras actividades educativas. «Este centro es como nuestro hijo, es una manera de vivir, un aprendizaje constante. Ver cómo evolucionan los chavales es algo increíble», reconocen sus fundadoras.

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