Sevilla cumple sesenta años sin ver la nieve en sus calles
Transeúntes cruzan la plaza de la Encarnación alfombrada de nieve - ABC
METEOROLOGÍA

Sevilla cumple sesenta años sin ver la nieve en sus calles

Se cumplen seis décadas desde la última nevada en la capital, recordada a través de testimonios de quienes la vivieron

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Fue algo insólito, sorprendente, el capricho de un anticiclón que se desvió al norte de Europa y trajo al sur lo nunca visto: la nieve. El 2 de febrero de 1954 Sevilla se vistió de blanco. Para los que nunca han visto nevar sobre la ciudad, resulta un verdadero misterio por mucho que se recurra a la hemeroteca de papel. El relato de los que vivieron la gran nevada de Sevilla, ninguno menor de sesenta años, se convierte así en la mejor memoria de aquel extraordinario suceso meteorológico.

«¿No te has enterado? Está nevando»

«Me dirigía a Conde de Barajas a ver a un cliente», recuerda Jesús Cabello, que en 1954 tenía 20 años y trabajaba como sastre. «Estaba lloviendo pero poco a poco vi cómo el agua que caía lo hacía congelada». En días anteriores, un anticiclón anclado al sur de la Península Escandinava favoreció la llegada de aire siberiano a través de los Pirineos, estancándose en España. El mercurio bajó estrepitosamente: Sevilla marcó mínimas de 2,2 bajo cero en los días finales de enero. A esto hay que sumarle que una borrasca, situada al oeste de Galicia se movió velozmente hacia el Golfo de Cádiz, originando precipitaciones intensas en el valle del Guadalquivir, Huelva y Cádiz. Con agua y temperaturas bajo cero, lo normal es que nevara.

En la vivencia de Héctor Pellín están precisamente esas bajas temperaturas. «Tenía 19 años, y el primer viaje de empresa era a Sevilla –Héctor vivía en Alicante y era empleado de una fábrica de especias y herboristería–. Siempre había oído que aquí hacía mucho calor, pero yo estaba en la calle Sierpes esa noche esperando un autobús que me llevase a Pruna –el destino final de su viaje–, y pasé un frío horroroso. Como nunca antes lo había sentido».

Cuatro bajo cero en San Pablo

Según datos de la Agencia Estatal de Meteorología el martes 2 de febrero de 1954 cayeron en Tablada 25 milímetros en forma de lluvia y nieve, mientras que en el aeropuerto se registraron 15 milímetros sólo de nieve, lo que se tradujo en unos 15 centímetros de espesor. En cuanto a las temperaturas, el mercurio bajó en Tablada hasta los 2,8 grados negativos y hasta los -4,2 en el aeródromo de San Pablo. Según narran las crónicas de ABC, ese día comenzó a llover en torno a las ocho de la tarde, pero no fue hasta casi dos horas más tarde cuando esa lluvia empezó a cuajar en forma de cristales de nieve.

Concha Benítez, que entonces tenía 24 años y vivía en una casa de vecinos de la calle Imperial, esperaba la noche del día 2 la llegada de su novio. «Me asusté muchísimo, no sabía qué era –cuenta–, mi novio llegó con el paraguas todo blanco, y le pregunté “¿eso qué es?”, a lo que me respondió entusiasmado: “¿Pero no te has enterado? ¡Está nevando!”».

«Ese día no fuimos al colegio»

Pese a que la temperatura no era excesivamente baja como ocurre en otras regiones españolas, la nieve cuajó y permaneció durante la jornada siguiente. El miércoles 3 de febrero, Sevilla amanecía con los tejados teñidos de blanco, árboles con las ramas tronchadas por el peso de la nieve y el agua de las fuentes congelada. No era Soria ni Burgos, era Sevilla.

Trini Machuca, que tenía 7 años, lo recuerda como algo verdaderamente extraordinario: «Era una cosa extraña que en la vida habíamos visto y no hemos vuelto a ver –cuenta sobre un momento que le sorprendió en su domicilio de la calle Malpartida–. Subí con mis hermanos a la azotea y se veían todos los tejados blancos. Fue espectacular». Su marido, Antonio Borrero, tenía entonces 10 años y vivía en la calle Pacheco y Núñez del Prado. «Ese día no fuimos al colegio. Mi padre, que trabajaba en la fábrica de harina que existía en la Puerta de la Carne, fue a trabajar, pero yo me fui con otros chiquillos a la calle Bécquer a jugar con la nieve tirándonos bolas».

«Fue la sorpresa del siglo –asegura Pepita, 17 años en aquel febrero de 1954, cuyo relato lleva a su casa de la calle Madre María Teresa, en el barrio de Nervión–. En mi balcón había doce centímetros de nieve, y mi padre tuvo que quitar con una pala la nieve del balcón y de la azotea. Allí subimos y fue una sorpresa ver Sevilla tan blanca».

Pepa Sevilla, que vivía en la Trinidad, no pudo disfrutar de la nieve como le hubiese gustado. «Tenía 14 años y antes las niñas no salíamos tanto a la calle. Mi tía tenía un taller de costura y ese día tanto ella como las mujeres que tenía empleadas salieron para ver la nieve. De mí pensarían que era muy chica, que me dejaron en el taller, pero mi tía me contó que todos en la calle gritaban “¡Vamos al parque, vamos al parque!”. Dice que ver el de María Luisa nevado fue un espectáculo maravilloso».

Nieve hasta el techo de las casas

Aunque la nevada fue copiosa en la capital, algunos municipios de la provincia sufrieron con creces la gran nevada de 1954. La Sierra Sur de Sevilla fue una de las zonas más afectadas.

«Durante once días estuvimos incomunicados. La nieve llegaba hasta el techo de las casas, entonces los hombres con palas y agua hirviendo tuvieron que hacer caminos desde las casas hasta la tienda del pueblo para comprar víveres. Recuerdo caminar entre esos bloques de hielo, ¡eran más altos que yo!». Así lo vivió en Lora de Estepa Dolores Solano, que hoy tiene 82 años. Ella residía en Sevilla, pero esa semana se trasladó junto con sus hermanos a su pueblo natal para la recogida de la aceituna, con la mala fortuna de que les pilló la nevada.

Algo parecido le ocurrió a Villa Jaenes en Isla Menor, donde trabajaba en la plantación y recogida del arroz. «Tuvimos que abrir caminitos para ir de unas casa a otra, así estuvimos durante seis días. Los árboles, en su mayoría eucaliptos, estaban tronchados por la nieve. La gente alucinaba porque nunca había visto algo por el estilo».

Pepa Rueda era vecina del barrio de Santiago en Carmona. «En el patio de mi casa teníamos una palmera y quedó totalmente destrozada –recuerda–. En aquella época el Alcázar y el Parador eran sólo un puñado de piedras y fue sorprendente verlo todo cubierto por la nieve».

Un muerto por la nevada

Las líneas férreas y la circulación de vehículos no se vieron especialmente afectadas. Sólo la carrera a Cádiz, que sí estuvo cortada por la nieve. Además, a causa de la caída de cables de tensión por el peso de la nieve, un hombre falleció al pisar uno de estos cables. Asimismo, dos personas tuvieron que ser atendidas por roturas en el fémur y en el brazo por caídas a consecuencia de la nieve. La única cara amarga de un día mágico que no se ha repetido desde entonces.

Aguanieve en 2010

La racha de sesenta años sin ver la nieve estuvo a punto de romperse hace ahora dos años, en los días siguientes a la festividad de los Reyes Magos de 2010, cuando las condiciones meteorológicas señalaban mínimas de dos grados y probabilidad de precipitaciones del 90-95 por 100. Las autoridades llegaron a activar planes de emergencia por si finalmente se producía el esperado meteoro. Sobre el mediodía, comenzó la precipitación en forma de aguanieve sin que llegara a cuajar antes de caer al suelo. En aquella ocasión, la Agencia Estatal de Meteorología estableció la cota de nieve en los 300 metros.