Una enfemera gradúa el suero a una paciente que no tiene ni silla de ruedas ni camilla, y que salió de la consulta con la vía puesta y el suero en la mano por su propio pie
Una enfemera gradúa el suero a una paciente que no tiene ni silla de ruedas ni camilla, y que salió de la consulta con la vía puesta y el suero en la mano por su propio pie - abc
hospital Virgen Macarena

Cinco horas en Urgencias ponen de relieve los recortes del SAS

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Manuel, un vecino de Sevilla Este de 38 años, sufrió un síncope mientras estaba en el cine de la Diputación de Sevilla. La ambulancia no tardó en llegar a este lugar para trasladarlo al hospital Virgen Macarena, que es el centro que le corresponde por zona. Sin embargo, la ambulancia sería lo único que funcionaría tal y como debe esa noche.

A las 00.31 de la noche llegaba a Urgencias del citado hospital. Mientras un celador llevaba a Manuel en silla de ruedas a la sala de espera, su acompañante, Carmen, registraba su entrada en admisión. «En ese momento una chica se acercó al mostrador para recriminarle a la administrativa que llevaba desde las ocho de la tarde esperando una cama para su padre que, según comentaba, ya le había sido asignada. Al oír esto, pensé que estaríamos allí toda la noche, como así fue», cuenta Carmen.

Al entrar en la sala de espera se dieron de bruces con una imagen desoladora: ocho camillas con enfermos, otras dos en los pasillos -una de ellas en la que estaba un señor mayor junto a un carro con bolsas de basura-, una docena de pacientes en sillas de rueda y los casi cincuenta asientos que había en la sala ocupados. «Nos costó encontrar un huequito para no molestar a nadie», dicen. A los diez minutos lo llamaron a «Clasificación». Allí le tomaron las constantes vitales y una enfermera le preguntó qué le había pasado. Ésta misma les puso sobre aviso: «Vamos con un poco de demora».

Al volver a la sala de espera, Manuel y Carmen siguen contando todo lo que su vista y oídos alcanzaban. «El suelo estaba repleto de material médico desperdigado: gasas, vendas, guantes...; había restos de comida, botellas de plástico y hasta un zumo derramado, que se veía que llevaba ahí horas», asegura Carmen. Manuel destaca el frío que hacía en la sala. «Al ver que casi todos los pacientes y enfermos pedían sábanas para taparse, Carmen y yo nos unimos, porque no teníamos ganas de pillar una pulmonía. La enfermera entraba a un almacén que había en la sala de espera cada dos por tres para traer un nuevo paquete de sábanas. Aquello parecía una fiesta de Halloween», señala Manuel.

Con las vías a cuestas

A las 2.30 llamaron a Manuel para la consulta. Allí una residente de primer o segundo año le preguntó qué le había pasado, no obstante, a los cinco minutos, tuvo que volver a repetir la película a otra doctora. Le mandaron a hacerse un electrocardiograma, una analítica y la administración de un bote de suero. «Fue todo muy lento y poco productivo para la gente que esperaba en la sala». Al regresar a la sala de espera, se percataron de algo que los dejó atónitos. «Los enfermos salían por su propio pie de las consultas con las vías puestas y los botes de suero en la mano. Imagínate que alguno se marea y se cae al suelo con la vía puesta. Es un peligro. La enfermera de sala les decía que no tenían ni camillas ni sillas de rueda, que se buscara un hueco donde sentarse y colgar el suero».

Pero camillas y sillas de rueda no era lo único que faltaba. En la sala de espera del Macarena había sólo una enfermera y una celadora y, a menudo, coincidía que una estaba llevando a un enfermo a Observación y la otra hacía lo propio con otro enfermo en una de las consultas. «Ante la falta de personal, algunos familiares y enfermos perdieron en varios momentos la paciencia, produciéndose situaciones de tensión», aseveran.

A las 3.15 horas, Manuel pasó a una de las consultas de Enfermería, donde le hicieron la analítica, el electro y le pusieron la vía con el suero. La sala de espera se iba despejando, ya sólo quedaban los enfermos que tenían asignada una cama pero que, por falta de éstas, llevaban hasta nueve horas en Urgencias. «Eran cerca de las cuatro de la madrugada cuando una mujer se acercó a la enfermera para decirle que llevaba esperando cama desde la una y media. Desde entonces, según relataba, llevaba sin beber agua ni comer nada y estaba agotada».

A las 4.53 horas por fin llamaron a Manuel por última vez. Le daban el alta, había sido un síncope aunque, en el electro, le había dado unas pulsaciones muy bajas. «Me dijeron que no me iban a derivar a consultas externas de cardiología porque hasta septiembre están cerradas, así que me redactó un informe para que lo hiciera mi médico de cabecera, que por esa vía igual tardaba menos». Carmen y Manuel aseguran que no han sido muchas las veces que han tenido que asistir a Urgencias, aunque no recuerdan una ocasión «tan amarga» como esta.