Flamencas pasando bajo un cielo de farolillos en la Feria este viernes
Flamencas pasando bajo un cielo de farolillos en la Feria este viernes - VANESSA GÓMEZ
CRÓNICA

Feria de Abril de Sevilla 2018: La flamenca descalza

Una flamenca descalza, pura literatura cosida a la obra del cronista, certificaba el cansancio que siente el cuerpo y el desengaño que se aloja en el alma

SEVILLAActualizado:

La Feria se descalzó en el día de ayer para mostrar los signos indelebles del gozo y del cansancio acumulados en el cuerpo y en el alma de la fiesta que se resiste a morir.

El viernes amaneció con el color de la buganvilla en el cielo que bajó hasta situarse delante de la portada. De celeste y rosa, como en uno de esos versos donde Juan Ramón conseguía pintar la luz con el tiempo dentro. Una flamenca descalza, pura literatura cosida a la obra del cronista, certificaba el cansancio que siente el cuerpo y el desengaño que se aloja en el alma. Porque la Feria es como una mujer hermosa que se va, que se pierde en la belleza remota y última de su soledad. Cuando se aleja esa flamenca descalza, la Feria se queda sola. Y el cronista, lobo solitario y estepario como todo escritor que se precie, se queda pensando en ella.

El viernes de Feria es el umbral de la despedida, el zaguán que era dolorosamente ficticio, porque habría venido muy bien para refugiarnos a las horas punzantes del mediodía. Calor empapado en la molestia del bochorno. Sobra el traje azul tinta, pero la dignidad siempre va por dentro y por fuera. Un wasap sirve para que una señora educadísima nos pida perdón por no habernos atendido mejor la noche anterior. Calle con nombre de torero y novelista. De pronto aparecen, a la hora sin horas de la cena, los aprovechados de turno. Diez gorrones sin piedad. Algunos de ellos, perfectos desconocidos. «Las cosas de la Feria», dice la buena mujer, compañera y amiga. Pues gracias, guapísima, porque nos has dado un párrafo de la crónica ferial rematado. Y de perdón, nada. Ya nos desquitaremos.

Así está el cronista a estas alturas de la película. Con toda la Feria por detrás. Desde antes del alumbrado, cuando lo subieron al escenario donde se dijo el hágase la luz. Semana de recepciones donde se hace presente la verdad de la Sevilla oficial: somos los mismos dando vueltas. Anoche se remató la faena en la caseta del Mercantil, cuyo sesquicentenerio ha servido para la portada de César Ramírez que recuerda a la caseta del Prado. Siglo y medio de historia, que se dice pronto. Práxedes Sánchez Vicente, tan comedido hidalgo al antiguo modo, tuvo un detalle con los autores e intérpretes de las sevillanas que celebraron ese hecho histórico, y que se cantaron ante la portada en la ya lejana noche del sábado pescadero. Chapeau de ala ancha.

En la caseta contigua, la de Endesa, se fue la luz en una jornada que pasará a la historia de las grandes paradojas hispalenses. Que se vaya la luz donde nace es algo digno de un soneto barroco al quevedesco modo. Ayer no se fue la luz, sino que se hizo en esa caseta gracias a la tarde emborronada por algunas nubes que presagian la lluvia que acompañará el final de la fiesta. Nada es eterno, y solo lo efímero permanece y dura. Como la pata de pollode los amigos que montan la caseta El Homenaje. Surrealismo al más puro estilo de los poetas de Mediodía, hora crucial en este viernes con tintes inequívocos de despedida anticipada.

La sombra de los farolillos es un engaño. Otro más. Parece que va a empezar la fiesta porque el papel es nuevo. Todo lo contrario. Trampantojo dibujado en negro sobre el albero solar. En una caseta de Joselito el Gallo, un feriante con RH de rancio hispalense anuncia que hoy es su último día. Conversación repetida durante toda la tarde. El paseo de caballos es fluido a las cuatro y media. Las freidoras trasminan un aceite con más kilómetros que la furgoneta de un vendedor ambulante. Olor a postrimerías en adobo de la freiduría de Valdés Leal.

En Los Cortijos, la caseta de los Contreras en Pascual Márquez, la tortilla de debate entre la cebolla y la patata. El cronista disfrutó en esa caseta de manjar que lleva grabado a fuego lento, y materno, en el paladar. Una delicia como la conversación relajada con otro señor del mismo apellido, general de la Guardia Civil. La Feria se presta a estos momentos relajados entre carteles de lujo. Un paréntesis en el que se aprende mucho sobre el mundo de la empresa. Porque aquí no existen las fronteras entre el ocio y el negocio, que para eso somos mediterráneos.

Al final volvemos al origen. A la flamenca descalza por el cansancio que provoca la belleza. A la luz y a los poetas. A la tortilla que habita en la infancia. A la ciudad que nos forma y nos conforma. Al tiempo que nos hace y nos deshace. A la Feria que cada uno cuenta, o descuenta, según le fue…