Sevilla

Casa de Pilatos, en busca de la declaración de Patrimonio de la Humanidad

El duque de Segorbe, presidente de la Fundación Casa Ducal de Medinaceli, muestra la riqueza patrimonial del mejor palacio renacentista de Europa

El patio principal de la Casa de Pilatos - PEPE ORTEGA
Uno de los jardines de la Casa de Pilatos - PEPE ORTEGA
El duque de Segorbe en una de las dependencias de la Casa de Pilatos - PEPE ORTEGA
El duque de Segorbe sentado en el patio principal de la Casa de Pilatos - PEPE ORTEGA
AURORA FLÓREZ Sevilla - Actualizado: Guardado en: Sevilla

Han transcurrido más de 550 años desde que los primeros Enríquez de Ribera forjaron los cimientos del Palacio de los Adelantados Mayores de Andalucía, convertido en el nomenclátor con el paso del tiempo en la Casa de Pilatos. En este tiempo, los anales de este enclave de características únicas, tanto arquitectónicas como por sus piezas de arte, que componen una de las mayores y mejores colecciones de génesis privada del mundo, han ido añadiendo a su espacio la vida y obra de sus dueños y habitantes, que han hecho pervivir la pura historia de Sevilla entre rastros medievales, mudéjares, del Renacimiento italiano, del Barroco y hasta del romanticismo decimonónico, y todo ello jalonado de esculturas griegas, romanas, visigóticas, renacentistas y lienzos y pinturas.

El Duque de Segorbe
El Duque de Segorbe- PEPE ORTEGA

En el gran libro biográfico del palacio permanecen inscritos los nombres de Pedro Enríquez y de su segunda esposa, Catalina de Ribera: de su hijo, el famoso marqués de Tarifa, don Fadrique, que vivió el paso del medievo al Renacimiento, cuyo gusto importó a Sevilla, al igual que los 1.321 pasos de la Vía Dolorosa; de su sobrino nieto, Per Afán de Ribera, I duque de Alcalá y virrey de Nápoles, que enriqueció la casa con las mejores esculturas clásicas; de su sucesor en el amor al arte volcado en la pintura, Fernando, III duque de Alcalá, y en un salto temporal (tras morir sin descendencia los siguientes duques y pasar la casa a una sobrina casada con un Medinaceli), de Victoria Eugenia Fernández de Córdoba y Fernández de Henestrosa, XVIII duquesa de Medinaceli, que hizo revivir la fabulosa vigencia de esta casa, potenciada en la actualidad por su hijo, Ignacio Medina Fernández de Córdoba, XX duque de Segorbe, heredero del empecinamiento humanista de sus antepasados, que convenció a su madre para crear la Fundación Casa Ducal de Medinaceli a fin de conservar y difundir el ingente patrimonio histórico tanto material como inmaterial y espiritual de su legado.

Como presidente de la Fundación tiene en sus manos una institución desde la que se gestionan catorce monumentos nacionales, incluida esta joya de la que Sevilla no se ha enamorado aún, quizá porque, por puro desconocimiento, el interés que despierta va sólo un poco más allá del hecho de que en este palacio nació en 1521 el germen de la Semana Santa de la mano del ya citado don Fadrique, a su vuelta de Jerusalén.

Con el orgullo legítimo del patrimonio heredado y consciente de su valor, el duque de Segorbe anuncia que la intención de la Fundación es solicitar «ayuda para que esta casa forme parte de los monumentos declarados Patrimonio de la Humanidad». Con humor no exento de razonamientos, afirma que «existen ventajas muy políticamente correctas para ello: posee elementos de Oriente y Occidente, la familia de los Enríquez tiene toques judíos y recoge la esencia del mundo clásico y del Renacimiento, además del pintoresquismo que le aporta la reja decimonónica de entrada». «Es historia de la ciudad, con más influencia que el Real Alcázar, porque recoge todos los momentos históricos y artísticos».

El duque de Segorbe ha ejercido de guía en su casa para ABC de Sevilla siguiendo los orgullosos pasos de sus antepasados, con la nobleza tan asimilada como dignificada en el trabajo constante por preservar, y también compartir, la belleza y el valor del extraordinario continente que es el propio palacio y de las obras de arte que custodia, incluida la colección del I duque de Alcalá, comparable a la de los Médici, los Farnese o la Papal y la única que permanece en su lugar desde el siglo XVI y fuera de Italia. Reconoce, con prosapia de sabio, que «la Fundación ha pecado de discreción y mediáticamente no nos hemos movido bien y hemos comunicado mal. Desgraciadamente, lo que no se conoce no existe. Una situación que no es nada buena, porque vive, como las análogas extranjeras, de los ingresos del turismo. Abrimos cuatro horas gratis para los europeos: ¿en qué país de Europa se hace algo similar? Es injusto», apunta Ignacio Medina, asegurando inmediatamente después que «no habría inconveniente para que los sevillanos entraran gratuitamente».

Se indigna con razón el duque de que en Sevilla se recomienda a los turistas que visiten los miércoles la Casa de Pilatos, día en el que la entrada es gratis: «Eso significa que, a menores ingresos, menos podemos restaurar o solventar cualquier otro tipo de necesidades»

Tampoco recibe la Fundación apoyo económico de las administraciones para mantener el vasto patrimonio que custodia o para conservar la casa. Cuando ha aceptado alguna ayuda mínima, «la Fundación se ha arrepentido, como cuando nos dieron nueve millones de pesetas para atajar un ataque de termitas y, mientras nosotros aportamos 100, parecía que ellos habían salvado esto». Lo cuenta con enfado sosegado, al tiempo que muestra con orgullo los talleres de restauración de pintura, carpintería, escultura y piedra de la Fundación, en donde trabajan Javier Barbasán y Camila Casotti entre reliquias profanadas en la Guerra Civil, en la que también sufrió daños un retablo valenciano del maestro hispano flamenco De Perea, que están recuperando, al igual que una buena copia de la Adoración de los Reyes de Rubens, entre otras muchas obras.

La fuente del patio
La fuente del patio- P. ORTEGA

Es esta una labor fundamental de la Fundación, que en los últimos años ha ido interviniendo en esculturas, piedras, artesonados y azulejería de este espacio, «constantemente inmerso en labores de restauración y conservación; porque en un palacio como éste, uno de los más importantes si no el que más del Renacimiento, no hay más remedio», apunta con la vista fija en la armadura del Salón del Pretorio, de la que fue desprendiéndose parte del oro de batihoja por el calor, y que se irá reintegrando con el actual pan de oro. Junto a esta dependencia, un auténtico muestrario de valiosa azulejería, se alza la zona más antigua del palacio: la Capilla de la Flagelación, gótico mudéjar para arropar desde la columna en la que, según la leyenda, recibió los azotes el Señor, hasta la pieza de inspiración paleocristiana del Buen Pastor pasando por un retrato de San Juan de Ribera, hijo del primer duque de Alcalá. Unos pasos más allá, pueden verse el llamado Gabinete de Pilatos, limpio ya el artesonado, de cuyas piñas pendían cadenas para las lámparas de aceite, y en otra pequeña estancia una copia fotográfica en porcelana de la mujer barbuda de José de Ribera «El Españoleto», que nos habla del gusto de Fernando Afán de Ribera, III duque de Alcalá y también virrey de Nápoles, por los fenómenos y las ciencias, afición también de sus antepasados: don Fadrique, que tuvo su cámara de las maravillas, o Per Afán, que instaló la suya en lo que hoy son las caballerizas.

Una vida de dedicación

«Me siento muy orgulloso de dar vida a lo destruído. Es lo mío, a lo que he dedicado toda mi vida», dice el duque de Segorbe mirando casi nostálgicamente al amplio patio del siglo XV en el que de niño jugaba, con 24 bustos romanos como espectadores, ante el Jano bifronte de la fuente genovesa y la extraordinaria Pallas Pacífera y sus tres enormes compañeras de las esquinas mientras su padre protestaba por los balonazos. Fueron determinantes su infancia en esta casa y el juego por sus rincones y entresijos. Un balonazo, precisamente, en la galería alta, le descubrió un rostro bajo la gruesa capa de cal: «Ahí empezó mi afición» por el patrimonio, unida «al interés por saber quién es uno y de dónde viene», y el fomentar la curiosidad «porque las cosas no son casualidades sino que están vinculadas». Sus preguntas empezaron a girar en torno a cómo fue formándose esta casa y sobre sus antepasados, abordando el conocimiento de la genealogía y la heráldica, fundamentales para entender la memoria de su legado.

El presente del pasado

Una estatua de la Casa de Pilatos
Una estatua de la Casa de Pilatos- P. ORTEGA

La huella de los Enríquez de Ribera permanece en todos los rincones, en el Jardín Chico, con su estanque, adornado por un joven Baco de bronce, de Benlliure, que recuerda el derecho que tenía la casa de contar con «agua de pie» directa de los Caños de Carmona, y en el que Ignacio Medina, durante este paseo, tiene el gesto de comprobar el estado de la tierra de las macetas; el Jardín Grande, obra del arquitecto napolitano Benvenuto Tortello por encargo del I duque de Alcalá, en la gran transformación que emprendió para exponer la colección de antigüedades escultóricas reunida en Nápoles. En el recorrido por este monumento vivo, la escalera del siglo XVI que lleva a la planta superior es otra pieza fundamental de la casa. «Ni siquiera en Europa existe alguna de estas proporciones —comenta el duque de Segorbe—. Arquitectónicamente es muy interesante, porque no nace y muere en la misma caja, sino que rompe tres veces». Sobre la escalera, los ocho artesonados y la cúpula semiesférica ya están consolidados pero el enrejado de yeserías aún no está completo. Los trabajos pararon con el fallecimiento en 2013 del recordado Rafael Cabello Atienza, tan ligado a la casa.

De Roma al Barroco

En la planta segunda, el duque vuelve a otros recuerdos del palacio, nuevamente con el imprescindible don Fadrique, quien mandó labrar nuevas estancias con soberbios artesonados y pinturas, de las que quedan restos en la galería, donde quedaron plasmados los retratos de hombres famosos de la antiguedad, o en el llamado Salón de los Frescos, en el que pueden verse el busto de Antinoo, favorito del emperador Adriano (en torno al año 131) o el maravilloso relieve romano de Leda poseída por Zeus convertido en cisne, del siglo II d.C.; o el comedor, con obra de Llanos Valdés y obras barrocas.

Francisco Pacheco, suegro de Velázquez, enriqueció estos salones, que fueron lugar de reunión de una academia de humanistas del Siglo de Oro, pintando los techos para el III duque de Alcalá, como «La Apoteosis de Hércules» en el antiguo «Camarín Grande», y en ellos se exhiben piezas de la colección Medinaceli: mobiliario, tapices de la época y pinturas de Goya, Lucas Jordán, Giuseppe Recco, Zurbarán... o los planos territoriales de la zona de infuencia de los miembros de las dinastías de la casa que se exhiben en el Cuarto de los Estados, como una vista ya imposible de Segorbe, ciudad que Napoleón destruyó.

El duque de Segorbe, mecenas y empedernido bibliófilo de temas relacionados con la ciudad, afirma, por derecho, que la Casa de Pilatos es una de «las mayores joyas de Sevilla».

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