Uno de los dos collarines de garrote vil que se conservan en los sótanos de la Audiencia Provincial
Uno de los dos collarines de garrote vil que se conservan en los sótanos de la Audiencia Provincial - VANESSA GÓMEZ

Las huellas del garrote vil en Sevilla

La Audiencia Provincial conserva dos collarines de los últimos garrotes viles, que engarzan con una larga historia de ejecuciones singularmente sevillanas

SEVILLAActualizado:

En los sótanos de la Audiencia Provincial, mucho más cerca de los calabozos de lo que pudieran sospechar quienes aguardan a declarar en ese periplo —presuntamente— delictivo que no siempre desemboca en la cárcel, resisten infames al paso del tiempo en un armario los dos collarines metálicos de los últimos garrotes viles desmontados en democracia tras la derogación de la pena de muerte.

Los verdugos los definían gráficamente como garrotes de alcachofa, por las proyecciones puntiagudas del extremo del tornillo que permitía al mortífero mecanismo fijarse (por efecto de la presión) contra un poste de apoyo de 11 centímetros de diámetro. Sin duda, son las piezas más inquietantes que se conservan en toda la planta judicial sevillana, desde donde han sido ofrecidos a museos sin que nadie haya mostrado hasta ahora el menor interés en su pública exhibición.

Hubo un tercer corbatín al que se le perdió la pista en la década de 60, según documentó Juan Eslava Galán hace 25 años en su ensayo «Verdugos y torturadores», donde aventura que la pieza bien podría haber llegado al mercado negro coleccionista, por el magnetismo que para ciertas personas poseería este tipo de instrumentos letales. Es un libro absolutamente recomendable que, en clave sevillana, recuerda los principales hitos de la pena de muerte en la ciudad.

Por ejemplo: pocos recuerdan que hubo un alcalde (el conservador Fernando Barón y Martínez de Agulló, tercer Conde de Colombi) que llegó a dimitir en 1906 por el garrote vil aplicado a los condenados por los famosos crímenes del huerto del Francés, una banda de pícaros que organizaba una timba para asesinar a los jugadores que más dinero llevaran encima y a los que acababan enterrando en la huerta trasera de la casa. Dos años después, un plante gremial de los carpinteros hispalenses —se negaron a levantar más tablados para los ajusticiamientos— obligó a los ingenieros militares a suplirlos. En 1909, el verdugo llegaba en tren de Madrid entre abucheos y escoltado por una pareja de guardias civiles.

El respeto a la pena de muerte y a sus ejecutores fue decreciendo gradualmente. En 1974 el presidente de la Audiencia Provincial le comunicó a Pepe Monero (el último verdugo de Sevilla) el que sería su único encargo letal sin ni siquiera verle la cara: lo envió a la cárcel de Tarragona a agarrotar al —falso— Heinz Ches, alias «el Polaco», valiéndose de un conserje para transmitirle las instrucciones desde el interior de su despacho, sin permitirle franquear la puerta y tomar asiento. La ejecución se realizó con uno de los collarines conservados en los sótanos del Prado de San Sebastián, aún con el añadido que Monero le hizo para adaptarlo al ancho cuello del reo.

Público enfervorecido

Pero que nadie se llame a engaño: en tiempos más remotos, ni la sociedad civil sevillana ni sus más conspicuos representantes fueron tan detractores de las ejecuciones. Muy al contrario, estuvo tan popularizado el espectáculo público de la muerte que el gentío se volvió exigente. Hubo protestas en 1648 cuando Simón Rodríguez se libró de arder en la hoguera por súbito arrepentimiento y renuncia al judaísmo.

También tiene pinceladas de humor negro la historia de las ejecuciones hispalenses. En la Sevilla de 1481, Diego de Susán, judío millonario condenado a la hoguera junto a otros cinco desgraciados en el primer auto de fe inquisitorial, se quejó de las molestias que le causaba el dogal en el cuello reclamando a uno de los espectadores: «Hazme el favor de levantar el cabo de mi bufanda africana».

Mucho más sana es la anécdota de una tal María «la Maldegollada», la joven e infiel esposa del sastre catalán Cosme Seguano al que abandonó para fugarse con un capitán de los tercios de Flandes. La Santa Inquisición también acordó en octubre de 1624 quitarla de en medio por haber pecado contra el matrimonio. Estando ya sobre el tablado resignada para su último baile, unos frailes franciscanos intentaban sin mucho éxito convencer al cónyuge de que la salvara en un postrero acto de piedad marital.

«¡No la perdono, no la perdono!», gritaba el sastre, aunque no más fuerte que los monjes: «¡Dice: “Yo la perdono, yo la perdono”!». Se formó tal revuelo que al final el marido aceptó que María bajara del patíbulo («dio un salto por la escalera, como una gata», describe la crónica de la época) con la condición de que ingresara de por vida en un convento, que concretamente fue el de San Francisco, del cual no tardaría en salir pitando «la Maldegollada».

El respeto a la pena de muerte y a sus ejecutores fue decreciendo gradualmente

A veces las ejecuciones se acababan convirtiendo en puras encrucijadas. El 6 de septiembre de 1633 Juan Morón sacó un cuchillo y empezó a apuñalar a los que iban bien a ajusticiarlo bien a asistir a su muerte, robándole la espada en ese último acto de defensa desesperado al alcaide de la cárcel. Un mal tropiezo y la caída torpe facilitaron que le dieran «una estocada sujetándolo, y a la media hora lo ahorcaron. Habiéndole cortado la mano, la clavaron sobre la puerta de la cárcel».

Las exhibiciones de los desmembramientos son todo un clásico sevillano. En la venta de la Alcantarilla, cerca de su Utrera natal, introdujeron en una jaula de hierro la cabeza del joven (25 años) y popularísimo bandolero Diego Corrientes tras su ahorcamiento y descuartizamiento en la plaza de San Francisco en día tan señalado —y prohibido— como el 30 de marzo de 1781, Viernes Santo, con las cofradías haciendo estación de penitencia. La inquina que le profesaba Francisco de Bruna, a la sazón presidente de la Audiencia Provincial (al que Corrientes le negaba el apodo de Señor de Gran Poder), se demuestra en la elección del día y hora para el adiós definitivo a este inimitable Robin Hood del XVIII.

Tuvo que ser bajo el reinado de Pedro I el Cruel cuando se llevó a cabo la ejecución presumiblemente más cruenta de la historia de Sevilla: la de un señor apellidado Núñez de Guzmán sobre la que el cronista de la época —pródigo en detalles escabrosos— prefirió correr un tupido velo porque «e la manera de su muerte sería asaz fea e crua de contar». Pero ojo, que antes también corría la sangre a borbotones: en el siglo XII, aún bajo dominio árabe, hubo diez verdugos en Sevilla aplicando la siempre temida sharia. Cuatro de ellos eran negros y se encargaban en exclusiva de los almorávides más díscolos.

Clasismo patibulario

Volviendo al garrote vil, hay que saber que en su día fue prueba definitiva de hidalguía, porque hasta Fernando VII no se generalizó su uso y, con anterioridad, a la plebe condenada a muerte le esperaba un final mucho más lento y agónico: en la horca. Por ese clasismo llevado hasta sus últimas consecuencias, no es de extrañar un caso como el de Francisco de la Huerta y Eslava, el bandolero pijo (procedía de una familia adinerada) que en 1798 pagó 20.000 reales para ornamentar su patíbulo y mandar las 800 invitaciones a su entierro. También hubo quien rogó que lo limpiaran nada más ser ejecutado para no quedar «feo como otros pobretes». «¡Hasta la muerte es limpio y pulido mi bien!», destacó su novia.

Hay ajusticiados con garrote que pidieron público juvenil. El famoso cojo de Bailén reclamó que el 21 de diciembre de 1908 la chavalería estuviera presente para que su muerte sirviera de ejemplo. El nerviosismo (el padre del agarrotado había jurado dar muerte al ejecutor) provocó que el verdugo fallara a la primera y tuviera que darle dos vueltas más al torniquete. De malas ejecuciones también está la ciudad curada de espanto. En 1906, por deficiencias en el garrote, el aparato se destornilló en plena maniobra «viéndose al ajusticiado que hacía contorsiones y muecas horribles y que pretendía levantarse de la banquilla donde estaba atado». El par de vueltas más a la manivela dejó finalmente inmóvil al reo.

Bernardo Sánchez Bascuñana en un fotograma del documental «Queridísimos verdugos»
Bernardo Sánchez Bascuñana en un fotograma del documental «Queridísimos verdugos»- ABC

El verdugo que rezaba el Credo

De los verdugos sevillanos, el más pintoresco y legendario fue sin duda Bernardo Sánchez Bascuñana, que sucediera a finales de los 40 a Bartolomé Casanueva, apuñalado misteriosamente en un descampado. Natural de Carrión, este «ejecutor de sentencias» aparece en el documental de Basilio Martín Patino «Queridísimos verdugos», donde se le puede oír sombrío explicando la desgracia de que su primera víctima fuera una prima de su mujer.

De fuertes convicciones religiosas (se quejaba de no haber tenido posibles para recluirse en un convento), Bernardo Sánchez invitaba a los ajusticiados a rezar el Credo. Justo cuando el condenado proclamaba su creencia en que Jesucristo es el único «Hijo» de Dios, accionaba la manivela. «El reo no sufre nada», aseguró ante la cámara de Patino, que lo grabó en Granada bailando con gitanos del Sacromonte meses antes de que le detectaran un cáncer letal.