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Las bolas de luz en la plaza de San Francisco - RAÚL DOBLADO

Iluminación navideña en SevillaEl alumbrado de los tiesos

El Ayuntamiento apuesta por una Navidad laica en la ornamentación del Centro, donde las bullas son surrealistas porque la gente va de ningún sitio a ninguna parte

SEVILLAActualizado:

La sabiduría popular, acostumbrada desde hace siglos al minimalismo de la escasez que siempre llevó el honroso y cristiano nombre de la pobreza, lo deja claro con una reflexión que podría haberse aplicado el Ayuntamiento de Sevilla: para hacer eso, mejor no hacer nada. Para convidarte a un vino peleón y a una tapa de jamón de chicle, mejor desearte Felices Pascuas y en paz. Para regalarte una cesta de Navidad que luce una botella de sidra El Garitero, vulgo el tío de la garita, y una tableta de turrón patrocinada por una clínica dental, mejor un Feliz Navidad con todas las letras. Pues eso es lo que ha sucedido con el alumbrado de este año en la ciudad que llegó, durante los primeros años del mandato de Zoido, a convertir la Navidad en una fiesta de relumbrón.

Ya lo advertimos en su día. Hasta que no deshicieran poco a poco aquella forma de celebrar la Navidad en la calle, no iban a parar. Y lo han conseguido. La izquierda es así. La derecha sostiene el rascacielos del otro cuando llega al poder… mientras los otros borran toda huella que pueda sonar al adversario. Cualquier excusa es válida, empezando por la seguridad. Del resto se encargan los diseñadores de una Navidad laica, descafeinada como la merienda galletera del abuelo a media tarde. El eje que medio se salva es el nuevo cardo máximo de la ciudad, el que va desde la Puerta Jerez hasta la Campana. El árbol luminoso y patrocinado, con pinta de capirote gigante, sirve de pórtico punzante junto a la fuente de la diosa Híspalis.

El primer tramo de la Avenida de la Constitución iluminado-RAÚL DOBLADO

El primer tramo de la Avenida luce cortito. Hay que esperar al cernudiano magnolio que se sitúa en la esquina por la que comenzaron a labrar la locura de la Catedral. Tras pasar los ya tradicionales puestos de Nacimientos que tapan, un año más, los monumentos por los que somos patrimonio de la humanidad, los paneles colgantes. De catálogo. Este año en Sevilla y el año que viene en Castellón de la Plana. O viceversa. El blanco y el dorado le dan, al menos, un toque de cierta elegancia. Círculos y estrellas. Sin que nadie lo haya dicho, el alumbrado de este año no conmemora lo que pasó hace dos milenos en Belén, sino la primera circunnavegación de la Tierra. Homenaje a Juan Sebastián Elcano. Círculos, estrellas y las esferas que se sitúan en la plaza de San Francisco para que surja la chispa de la guasa anónima, que es la mejor.

Don Francisco, si las bolas son así, ¿cómo será el árbol?

Cuando uno creía que lo había visto todo en Sevilla, una música estridente irrumpe en la plaza. ¡Boom! Las bolas empiezan a parpadear, como si fueran las de aquellos árboles de Navidad que se encendían con el intermitente de nuestra infancia. Música que nada tiene que ver con la fiesta. Pasada de volumen. El espectáculo que el vendedor municipal de humo cultural nos quiso meter como tal, no es más que un patético encendido y apagado de las bolas. ¿Cutre? El vocablo se queda corto. Hacer semejante pamplina delante de la fachada que luce el mejor plateresco de la España renacentista debería ser objeto de sanción por algún observatorio de la estética.

La iluminación de la Puerta de Jerez-RAÚL DOBLADO

En Sierpes siguen las bolas. Nos han metido en un embolado, como las bullas que se forman durante estos días. Bullas surrealistas, compuestas por gente que ve de ningún sitio a ninguna parte. O de ninguna parte a ningún sitio. En el Salvador, una decoración sencilla, neutra, amable, dorada, sin la horterada del año pasado. Cortita como una media ración cuando el bar está hasta la bola. Siempre la bola, incluida la que lleva el estoque de la cuenta junto a la empuñadura. Hoteles llenos. De algo hay que vivir, dice el sevillano que se encoge de hombres y de cartera: queda un mes para Reyes, y luego viene la cuesta de enero que aún no se divisa.

Si cortito es el alumbrado de la zona noble, imaginen el de las calles adyacentes, como decían los locutores de antaño. Lasso de la Vega es un tendedero de calcetines racionados. Orfila, una sopa aguada de estrellas. En San Lorenzo, la única luz es la del Cisquero. El Duque, una sombra de lo que fue aquella plaza de palacios: en la esquina del edificio que aún se conoce con el nombre de los sindicatos sobrevive un calcetín con la inevitable bola. Ni una bombilla para alumbrar a Velázquez, pintor de luces sutiles. Como Murillo, que aparece sombrío al igual que el héroe Daoíz. En el Museo de Bellas Artes, una exposición para conmemorar el año murillesco. Veinte cuadros. Tres de fuera, incluido un ángel sin Giralda que llegó desde la Catedral. Así como novedades, la Santa Faz que han traído de Oxford y el Jubileo de la Porciúncula que viene desde Colonia, la ciudad que guarda la tumba de los Reyes Magos en su imponente y negruzca catedral. Lo demás, del Museo. De veinte cuadros, diecisiete ya estaban aquí. En Londres también hacen estas cosas. En la National y en el British. Vamos aprendiendo, que para eso somos tiesos de nacimiento.

En cuanto al mapping, ni está ni se le espera. Los más sensatos dirán que hay cosas más importantes en las que gastar el dinero púbico. Pues que se pongan a ello y se dejen de demagogia barata. En vez de mapping, que le den al moping con la mopa y limpien la ciudad. Menos mal que el alumbrado, tan cortito, ayuda a disimular de noche. Y como no hay mal que por bien no venga, nadie sufrirá desprendimiento de retina por un deslumbramiento cegador. Ea.

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