Sevilla

José Manuel Roas, corredor de la Maratón de Sevilla: «Con Pablo te das cuenta de lo que realmente merece la pena»

Han hecho ya muchos kilómetros, aunque el día a día es el maratón más importante de este padre ysu hijo, ejemplos de superación

José Manuel Roas, y su hijo Pablo, en la media maratón de Sevilla
José Manuel Roas, y su hijo Pablo, en la media maratón de Sevilla - Rocío Ruz
Sergio Ávila - Actualizado: Guardado en: Sevilla

A José Manuel Roas no le gusta que lo llamen héroe. Él es padre, simplemente, y ejerce como tal. Tiene cinco hijos, uno de ellos Pablo, con parálisis cerebral, afectado por el Síndrome de West, y del que habla con adoración, admiración y pasión. Han corrido seis maratones juntos, entre ellos el de Nueva York, y se perderán el de Sevilla en esta ocasión, salvo milagro, por una pequeña lesión, sin mayor importancia, que ha sufrido Pablo esta semana. Ya se está recuperando.

«Si hay una heroína en esta historia es mi mujer. Cuando me preguntan qué es lo que más me preocupa del maratón, siempre digo que llegar a la salida, porque hay que levantar a Pablo, asearlo, darle de desayunar, vestirlo, meterlo en el coche y llevarlo hasta la línea. A partir de ahí, disfrutamos. ¿Los calambres? Al lado de lo que le cuento, son tonterías. La heroína es su madre, que está detrás de todo y nadie la ve. Yo soy más visible, pero esto es una historia mucho más familiar. Somos eso, una familia. Pablo es el cuarto de cinco hermanos, el mayor tiene 25, pero luego hay una más pequeña que él. Por eso, cuando me plantean eso, que si soy un héroe, digo que somos un padre y un hijo, una familia que cuando él nació se quedó en estado de shock. En el hospital se nos tambaleó toda la vida por un hijo que se estaba muriendo y sabías que no había salidas: podía morirse y, en caso de vivir, nos cambiaría la vida totalmente. A mí, le aseguro, Pablo me ha reforzado en mi fe», cuenta Roas, emanando cariño en cada palabra hacia su vástago, de 18 años.

Correr juntos, como llevan haciendo varios años, ha fortalecido los lazos afectivos padre-hijo desde que emprendieron esta aventura en una Nocturna del Guadalquivir. «Yo aprendo mucho más de él que él de mí. Tengo la parte fea, que no me gusta nada, de la vanidad, por el hecho de que te conozcan, pero eso no aporta nada. Que esté lastimado me devuelve más aún a la realidad, al aquí y el ahora. Lo feo es la tentación de creerte alguien cuando no eres nada. Me han pasado cosas singulares y ya está. Hay que vivir el presente, paso a paso, un día detrás de otro. Eso se le debo a Pablo también», se sincera.

A Roas le sorprende la repercusión mediática que ha tenido el ejemplo de superación que está dando con su hijo. «Pensaba que iría a menos, que se acabaría ahogando. Soy profesor de Historia y siempre digo que algo, a base de repetirse, deja de ser noticia. Lo último que me han comentado es que existe la posibilidad de conseguir una nominación para los Premios Princesa de Asturias. El solo hecho de la nominación ya sería tremendo», admite.

El maratón más importante de su vida es el día a día. Pero ojo, no hay ápice de resignación o tristeza en sus palabras. Todo lo contrario. «Soy el mismo que comencé con las oposiciones para educación especial y que una mañana, tras dos meses estudiando a piñón fijo, me vi con el libro de parálisis cerebral en la mano y pensé que Dios me estaba preparando para tener un niño así. Lo dejé y empecé por otra rama. Cuando está mal, sufro, estoy pendiente del teléfono, pero estoy, y las alegrías que me da el hecho de haber encontrado una afición común es impensable. Es una bendición con mayúsculas, un milagro, porque eso era imposible, no entraba dentro de lo previsible. Pablo redimensiona nuestra vida, nos hace mantener los pies en el suelo, porque la vida es mucho más sencilla de lo que a veces pensamos. Con Pablo te das cuenta de qué es lo que merece la pena. Hay días como padre que no das la talla, porque no la das, y no me flagelo ni me fustigo por ello. Es así. Pero cuando cojo a Pablo y lo dejo en la cama, no puede imaginarse la sonrisa que me dedica y los ojos con que me mira. Eso es ser persona y lo que merece la pena. Yo no conseguiré nunca mirar con esa ternura a alguien que no me ha echado cuenta en todo el día. Eso es amar. A mi hijo, en ese sentido, lo envidio».

Juntos han conformado un binomio que despierta simpatía y admiración a partes iguales allá por donde van. Y están recorriendo kilómetros, muchos, incluso han llegado a Nueva York. «Fue un regalo espectacular. Soy una persona muy inquieta, con muchas aficiones. Me gusta mucho viajar, la montaña. Cuando tuvimos a Pablo, pensamos que nuestra vida se metía en un pozo y que todo eso se acababa, pero le aseguro que desde que nació hacemos más viajes que nunca. Es un capricho que el Señor le ha dado a esta familia. El Santander no nos pidió nunca nada a cambio, nos trataron como a reyes, y Pablo disfrutó como no hay en los escritos. Ese ambiente de Nueva York, con la gente agolpada en la calle como en la Madrugá, no lo he visto en ningún sitio. A Pablo eso le motiva. Tiene mucha empatía social y eso le divierte. En Brooklyn, en torno al kilómetro doce, ya iba reventado de chillar, de reírse y yo de cantarle. Más que nosotros dos no disfruta nadie, ni el que gana el maratón. No cambio ganar la carrera por correr con Pablo. Correr con él es otro nivel. Para mí es imposible no llorar con él, no emocionarme. Esto es un regalo de Dios. Ver a mi hijo fuera de sí, disfrutando, es presenciar en primera persona un milagro. No tiene precio», destaca Roas, un espejo en el que mirarse que pone amor e ilusión a raudales donde otra mucha gente, seguramente, sólo encontraría barreras y adversidad.

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