Imagen al completo de la familia Marín-Gayte en la Plaza de España
Imagen al completo de la familia Marín-Gayte en la Plaza de España - ABC
FAMILIAS NUMEROSAS

«No podemos dormir en hoteles ni ir a restaurantes pero somos felices con un bocadillo en un parque»

Manuel Marín, aparejador, e Inma Gayte, profesora titular de Matematicas en la Universidad de Sevilla, tienen siete hijos pero no se consideran «superpadres»: «Somos felices con lo que tenemos»

SEVILLAActualizado:

Viven en Ciudad Expo en un piso de cinco dormitorios que lograron adquirir con mucho esfuerzo y donde viven con sus siete hijos, de 7 a 25 años. No son ricos ni del Opus Dei; no pueden dormir en hoteles cuando viajan, ni ir de tapas toda la familia; pero se las arreglan para salir todos juntos.

«Nos encanta ir por Sevilla y llevarnos en los bolsos sandwiches y bocatas y bebida congelada. Tenemos mucha habilidad porque no podemos entrar en un bar a pedir tres tapas cada uno, pero hemos perdido esa vergüenza y nos vamos a los Jardines de Murillo o a un parque los nueve. Con un bocata y una lata de coca-cola somos felices», dice la madre.

Manuel Martín es arquitecto técnico, trabaja como autónomo y lleva 27 años casado con Inmaculada Gayte, profesora titular de Matemáticas en la Universidad de Sevilla.

Ninguno de los dos se planteó entonces tener una familia tan numerosa pero los niños fueron llegando y ellos recibiéndolos con alegría, uno a uno, hasta ocho, aunque sólo viven siete.

Su primogénita, Inma, de la que conservan fotografías por todas las habitaciones de la casa, nació con una discapacidad y falleció con 18 años; fue ella, tal vez, la que les animó a tener más hijos. «Cuando nació -recuerda su madre- nos dijo un médico que debía de de hacerme pruebas si volvía a quedarme embarazada porque existía el riesgo de volver a tener otro hijo con discapacidad, pero tuve otros siete embarazados no me las hice nunca porque no queríamos cerrar la puerta a nada».

De la discapacidad de su hija aprendió muchas cosas y fue ella la que le dio la tranquilidad, la paciencia y la fuerza para poder seguir incrementando su familia. «Con Inma al principio no lo llevaba bien porque la gente la miraba mucho por la calle y me ponía negra que alguien volviera la cabeza para mirarla, y a veces íbamos a un restaurante y ella gritaba y se creaba una situación incómoda, pero luego me di cuenta de las cosas buenas que me trajo. Mucha gente se acercó a preguntarme por ella», cuenta su madre.

Después de Inma, que falleció de gripe A cuando ella estaba embarazada de su octavo hijo, Daniel, que ahora tiene 7 años, vinieron siete más, todos sanos. Sus amigos les decían con cada nuevo embarazo si no tenían televisión en casa

-¿Es verdad que un niño trae un pan debajo del brazo?

-Sí, es verdad -contestan los padres al unísono-. Cada hijo nos ha traído una mejora profesional.

Aparejador y matemática

Manuel, el padre, empezó a trabajar de delineante y decidió ya casado estudiar arquitectura técnica para mejorar su perfil laboral y su nivel de ingresos. Logró un trabajo bien remunerado en una empresa privada pero cuando llegó su quinto hijo vio que su horario de trabajo no le permitía conciliar su vida laboral y familiar y le anunció a su empresa que lo dejaba. Su jefe no lo permitió y le ofreció que siguiera trabajando para ellos como autónomo con un horario de trabajo mucho más flexible. «Tuve miedo de no encontrar otro empleo pero mi familia era lo más importante y mis hijos me dieron la fuerza para dar ese paso. Todo salió bien, pude ganar más dinero y ayudar más en casa», comenta.

Con el boom inmobiliario sus ingresos se multiplicaron pero con la crisis se acabaron multiplicando por cero. «En 2011 no sólo no ganaba dinero sino que lo perdía, pero no me desesperé. El dinero a veces te hace perder la cabeza y cuando sobra te metes en cosas que no debes», confiesa Manuel. «El dinero es necesario pero es mejor que no sobre», corrobora Inma.

Él tiene cinco hermanos y sabía ya lo que era una familia numerosa; Inma, su mujer, no. Es hija única y siempre quiso tener hermanos. «No quería que a mis hijos les pasara lo mismo que a mí, esa soledad, pero nunca pensé que tendría ocho hijos. De novios pensábamos en lo bonito que sería llevar tres niños en el asiento de atrás del coche, pero nunca siete», reconocen. Ahora van 9 a todas partes en una Citroen Vito.

La madre, una excelente estudiante, tardó más años de la cuenta en lograr su plaza de profesora titular de Matemáticas en la Universidad de Sevilla. «Acababa de empezar a trabajar cuando nació Inma y leí mi tesis cuando ya tenía tres hijos. Cuando saqué mi plaza de profesora ya tenía cinco hijos, Todo fue más despacio por la maternidad pero los hijos te sacan la fuerza de donde crees que ya no hay», comenta Inma.

-¿Llegan a finales de mes?

-Ahora sí, pero hemos pasado etapas en las que no. Cuando éramos más jóvenes y teníamos sólo cuatro hijos, el día 20 ya teníamos la cuenta a cero. Compensábamos con las paga extra.

Sin saber freír un huevo

En la casa de los Martín-Gayte los gastos no son los de una familia normal. Consumen unos cinco litros de leche al día y cuando van a la frutería se dejan allí unos 50 euros. Gastan unos 1.200 euros al mes en fruta, carne y pescado y unos 1.800 euros de gastos fijos. «El gasto de cada miembro de nuestra familia era de unos 400 euros al mes cuando éramos 5, es decir, unos 2.000 euros en total, para vivir normal, sin pasar apreturas ni abusar de nada. Con nueve el gasto por miembro es más bajo, unos 300 euros, unos 2.700 euros al mes», comenta Manuel, que incluye la ropa y los gastos escolares.

Reconocen que no pueden viajar de hotel en hotel y que siempre buscan algún apartamento en que quepan nueve personas «en el que se pueda cocinar», aclara Inma. Ella se casó sin saber casi freír un huevo pero tuvo que aprender. Con éxito y sin dejar de trabajar en la Universidad.

-¿No se considera una heroína, una supermadre?

-Para nada. No me considero nada especial. Como padres hemos conseguido salir de nuestro egoísmo y del materialismo de la sociedad actual. Lo que me da pena es que el mundo esté montado para disuadir a las mujeres de que tengan hijos. Todo se pone en contra de nosotras y de los padres. La baja maternal es muy corta, debía durar un año como en los países nórdicos. Y en las empresas se debía de favorecer la conciliación.

Su marido coincide con ella y lanza otra reflexión muy actual sobre las pensiones: «Un matrimonio con muchos hijos acorta la carrera profesional de las madres. Con menos hijos, Inma habría tenido un sueldo más alto y una pensión más alta cuando se jubile. Nuestros siete hijos nos pagarán nuestras pensiones y las de personas que no han tenido hijos o han tenido sólo uno o dos. Creo que eso debería tenerse en cuenta», asegura.

Resistentes a las enfermedades

Los hijos de familias muy numerosas se vuelven más resistentes a las enfermedades que los de otras más reducidas. «A mis hijos les decía siempre que no nos avisaran salvo que se encontraban realmente mal. Y siempre los animábamos: «Esto no es nada, le decíamos, si veíamos que tenían un poco de fiebre. Y la verdad es que se han criado más fuertes. Hemos sido especialistas en curar a los niños del estómago, en dietas blandas: la misma vida te hace ser especialistas», dice Inma.

También son especialistas en mudanzas. Han tenido que hacer varias desde que se casaron, a medida que iba creciendo la familia. Empezaron viviendo de alquiler en un piso de tres dormitorios pero pronto se les quedó pequeño.

-¿Impera la armonía en una familia tan numerosa? ¿Es cierto que los hermanos lo comparten todo y que los mayores cuidan de los pequeños?

-De mayores se vuelven más egoístas. Se comparte y se ayuda, pero es verdad que se piensa que en las familias numerosas todo es armonía y todo se lleva bien, pero son como las familias normales, de menos miembros: se pelean, hay discusiones y se quejan de que si ha hecho esto su hermano o no. Ese egoísmo está en la naturaleza humana. Ahora bien, en cuanto llegaba un plato de croquetas todos mis hijos saben perfectamente cuántas le tocan a cada uno. Y si la división no es exacta, saben cuántos trozos le tocan a cada uno.

Inma y Manuel forman parte desde hace siete años de un grupo familiar de la Iglesia Católica y dicen que han entregado la vida a sus hijos y que ellos tendrán que hacerlo también con los suyos, cuando los tengan: «A veces pienso que no sé como logramos salir adelante. Dios nos ayudó». El padre calcula que «en los 27 años que llevamos casados habremos salido solos unas veinte veces». Y la madre confiesa que «cuando estamos solos los dos, sin los niños, la verdad es que estamos un poco raros». «Pues yo no tanto», dice él.