Las noches de la Expo siempre estaban muy animadas
Las noches de la Expo siempre estaban muy animadas - ABC
XXV ANIVERSARIO DE LA EXPO 92 DE SEVILLA

¡Qué noches las de aquel año!

La muestra fue más que cultura, una fiesta continua que empezaba cada tarde con la cabalgata, restaurantes y seguía con conciertos y largas noches de copas

SEVILLAActualizado:

Sólo los que hoy peinan canas saben que, detrás de la interesante muestra cultural, había mucho más. La Expo 92 fue una fiesta continua. Diversión, cabalgatas, bares, restaurantes, cafeterías, conciertos, discotecas... era un no parar que podía empezar temprano pero que casi siempre acababa bien entrada la madrugada.

Un día en la Expo daba para mucho. La jornada (casi siempre acompañada de buen tiempo porque la exposición estuvo acompañada de altas temperaturas) podía comenzar con una vista a uno de los numerosos pabellones. Aquello implicaba conocer gente de otras culturas, algo extraño por aquellas fechas en Sevilla. Todos eran muy visitados pero en la retina de casi todos está el gigante de Pakistán, sin duda el mayor atractivo de su pabellón por la altura de este hombre. Mohamed Nawaz Mizari, que así se llamaba el enorme pakistaní, medía dos metros y medio de altura y pesaba más de 200 kilos. Luego se continuaba la ronda de visitas por otros pabellones. Entre los que no se olvidan estaba el de Italia donde, además de una interesante muestra arquitectónica, era muy comentado, sobre todo entre las chicas, el atractivo personal masculino.

El día podía seguir con una degustación de comida de cualquier nacionalidad. Era la oportunidad, por ejemplo, de comer cocinas que por aquellas fechas no eran imaginables en una Sevilla que entonces contaba con una oferta gastronómica corta. En cuanto a cocina internacional no iba mucho más allá de las hamburgueserías, los italianos o los chinos. Pero en la Expo 92 se podía almorzar o cenar en un restaurante noruego, un finlandés, uno de comida indonesia o degustar vinos de diferentes nacionalidades. La oferta era para todos los gustos y para todos los bolsillos: del salmón noruego se pasaba a la mejor pizza, y de la hamburguesa a la más exquisita ternera de Ávila o las comidas orientales.

La fiesta seguía con una colorida e innovadora cabalgata diseñada por Joan Font que cada tarde recorría el recinto y en la que casi siempre participaba el propio Curro (la mascota de la Expo). «La magia del tiempo» era un cortejo diseñado por Els Comediants y lleno de colorido con representaciones alegóricas de todos los meses del año. La Cartuja casi siempre rebosaba de público a su paso.

Luego continuaba con el espectáculo del lago de España, una impresionante producción de luz, color y sonido que cada noche hacía las delicias de los visitantes y que luego fue heredado por Isla Mágica. Un show que por aquellas fechas dejaba atónitos a nativos y visitantes.

La oferta de copas también estaba a la altura de las circunstancias. Para los aficionados a la música en vivo la Plaza Sony ofreció conciertos prácticamente a diario. Desde un jovencísimo Alejandro Sanz a grupos veteranos como Los Secretos o Luis Miguel, por aquel emblemático espacio pasaron prácticamente todos los que han sido algo en el panorama musical. Hombres G, Revolver, Celtas Cortos, Amistades Peligrosas, La Frontera, Luz Casal, Rosario Flores, Dhuncan Du, Los Ronaldos... fueron algunos de los que animaron las interminables noches de la Cartuja.

Para los que querían bailar, el «Kangaroo Pub» fue desde el principio en la sensación. Un local que no sólo triunfó porque ofrecía barras americanas para comer a cualquier hora, sino porque puso de moda el «karaoke», algo hasta entonces desconocido. Enseguida se convirtió en el bar de moda en el que los más jóvenes se desataban. Cualquier noche podía acabar con unos pocos subidos en sillas y mesas bailando a ritmo frenético.

Otros locales similares comenzaron a imitar el estilo y, para los más clásicos, había otros. Las discotecas más prestigiosas abrieron su propia sucursal en la isla. «La Recua», un referente en la movida sevillana de los ochenta y principios de los 90, y la archiconocida «Pachá» eran el punto de encuentro de los pijos. Pero había para todos los ambientes. Desde el pabellón de Cruzcampo a «La terraza del lago», «Old El Paso», «La Descubriteca».... La diversión no tenía final.