La actual sede del Gobierno andaluz fue antigua Universidad de Mareantes de San Telmo
La actual sede del Gobierno andaluz fue antigua Universidad de Mareantes de San Telmo - J. M. SERRANO

Los Orleans sevillanos y su legado histórico a nuestra ciudad

Hace 125 años, los duques de Montpensier cedieron a Sevilla el parque de María Luisa

SEVILLAActualizado:

Muy pronto van a cumplirse respectivamente los 125 años y los 115 de la cesión a Sevilla del Parque de María Luisa y a la Diócesis del Palacio de San Telmo, como legados de la Infanta María Luisa Fernanda y también de su esposo Don Antonio de Orleans, duques de Montpensier. Ellos son la razón de origen de los que podemos llamar con justicia y con justeza los Orleans sevillanos, que siguen constituyendo el grupo familiar de los Reyes de España aquí afincado desde hace casi dos siglos, donde se ha ido sucediendo a través de cinco generaciones, unidas siempre por el amor a nuestra tierra, de la que constituyen ya parte de sus más nobles y generosas esencias.

Ese largo y doloroso siglo XIX, iniciado con la invasión napoleónica iba, a la muerte de Fernando VII, a caer durante el mandato de su viuda, la Reina Gobernadora, Doña María Cristina de Borbón Dos Sicilias, en una dramática guerra civil, la primera de la que llamamos carlistas, en lucha por la sucesión en el trono entre el Infante Don Carlos, según la Ley Sálica, y la Princesa de Asturias Doña Isabel, en virtud de la Pragmática Sanción, que invalidaba aquella vieja tradición jurídica de la dinastía.

La infanta María Luisa Fernanda y Antonio de Orleans regalaron el Palacio de San Telmo a la Diócesis

En cualquier caso, en 1840, renunciaba la Reina Gobernadora, refugiándose en París, y dejando a sus hijas, la heredera Doña Isabel, y la infanta María Luisa Fernanda, ambas solas en el Palacio Real de Madrid, al cuidado de su ayo, Quintana. El Alcázar sevillano conserva los dos preciosos retratos casi infantiles de ambas, pintados por Vicente López y que los documenta una carta del ayo y poeta a la reina madre, enviándoselos con unas letras en que le dice: «…las Infantas están preciosas…, Isabel estudia Geografía, y Luisa Fernanda, música…».

Muy poco después las Cortes Españolas iban a decidir sus bodas, la de la ya proclamada Reina en 1843, con su primo Don Francisco de Asís de Borbón, y la Infanta, que tan solo tenía quince años, con el apuesto duque de Montpensier, hijo de Luis Felipe de Orleans, Rey de los Franceses, aspirante a la mano de la Reina, pero recusado como Rey consorte de España, por las Cortes europeas temerosas de acumular más poder en el ambicioso Luis Felipe de Francia.

Las bodas, simultáneas y sumarias, se celebraron y consumaron en el Palacio de Madrid, el 10 de octubre de 1846, partiendo los infantes -duques de Montpensier- hacia Francia donde residieron brevemente en su castillo de Eu, de donde fueron arrojados por la revolución de 1848 que destronó a Luis Felipe, refugiándose en Inglaterra. Pero ellos ansiaban volver y establecerse en España. Ahora, las Cortes Españolas no querían su presencia en Madrid, de donde viajaron a Sevilla, donde fueron huéspedes del Arzobispo, y, de aquí se fueron a Barcelona. Pero el flechazo fue a favor de Sevilla, donde además se habían enamorado de un bello edificio inacabado que podía ser perfecto para su residencia: la vieja Universidad de Mareantes de San Telmo y sus huertas colindantes, que compraron en 1.504.800 reales, según tasación de los arquitectos José Manuel Caballero y Balbino Marrón, que haría las obras del edificio y el trazado de sus jardines, construyendo de nueva planta casi la mitad norte del mismo y dos de sus torres angulares para convertirlo en la dorada corte de los Montpensier. Don Antonio, coleccionista, bibliófilo, culto, amante de las antigüedades, convirtió el inmenso Palacio en un gabinete de curiosidades y cámara de maravillas.

Palacio de San Telmo
Palacio de San Telmo- J. M. SERRANO

Pero en un primer momento y, mientras duraban las obras, vivieron en el Alcázar cedido a tal efecto por la Reina, y en ellos promovieron algunas restauraciones. El duque era activo, con pensamiento fisiócrata, y creía en la agricultura, adquiriendo una finca en los términos de Sanlúcar, Rota y Chipiona hasta el borde marítimo, que dedicaron a cultivos autóctonos, haciéndose bodegueros en Sanlúcar, donde adquirieron también el jardín botánico creado por el Príncipe de la Paz, y donde habían estudiado Lagasca y Rojas Clemente las variedades de la vides andaluzas, pero que en aquel momento estaba abandonado. También una residencia urbana de verano, en el desamortizado convento de la Merced Calzada de la misma ciudad. Hasta allí llegaban navegando por el Gran Río desde el embarcadero palaciego de San Telmo.

Los duques no sólo se enamoran de la ciudad y activan su urbanización y desarrollo, sino que se integran en sus costumbres, mitos y tradiciones. Impulsan la construcción del puente que la ciudad dedicó a Isabel II, y potencian la nueva Feria de Sevilla, fundada por el regidor Ybarra, dando vida con su anual presencia a la romería del Rocío, lo que les llevaría a comprar fincas en Villamanrique, además del viejo palacio de la familia que dio nombre a la población y que se iba a convertir en la estación anterior a la del Coto del Rey en los caminos hacia las Rocinas. Allí los vemos retratados en casi todos los cuadros de la época en que se pinta la Feria y el Rocío. Resconstruyen la ermita de Valme y reinstauran su romería tras años de abandono y se preocupan por otros hitos perdidos o abandonados de la historia de Sevilla.

En Castilleja de la Cuesta, reinventan el palacio de Hernán Cortés, que luego fue parte de la dote de la Reina Mercedes, hoy colegio de las Madres Irlandesas. También los Infantes hicieron el camino de Colón hasta el abandonado monasterio de La Rábida, viaje descrito en algunos cuadros del Palacio de Villamanrique, e iniciaron y realizaron a sus expensas la primera restauración de este lugar sagrado de la Historia.

Los duques no sólo se enamoraron de la ciudad y activaron su urbanización y desarrollo, sino que se integraron en sus costumbres

En la Catedral reconstruyeron el famosísimo monumento del Jueves Santo y en el Salvador realizarán importantes restauraciones y las obras de su cripta, donde yacen algunos de sus descendientes más queridos en la ciudad. Impulsan la tradición procesional de Sevilla renovando el patrimonio de varias cofradías de Semana Santa, especialmente Montserrat y La Carretería, que con sus bordados y terciopelos con sus decoraciones de armas reales, se vienen atribuyendo a las propias manos de la Infanta. Presiden, dibujan y protegen las procesiones del Santo Entierro y del Corpus Christi que fueron dos de sus grandes devociones.

Los duques tuvieron diez hijos, la primera la Infanta Isabel, que nació en el Alcázar de Sevilla, y sería la más longeva. Casó con su primo mayor, el Conde de París, y de ella desciende la Casa de Orleans Francesa, y también a través de la reina madre, Doña María de las Mercedes, la Casa Real Española.

La ilusión por alcanzar la Realeza Española que obsesionó a Montpensier, y le llevó a cometer grandes errores, pudo verse colmada, tras la Revolución de Septiembre de 1868, el exilio de los Reyes y los Infantes y, tras la restauración monárquica, por el amor, nacido en el destierro y enraizado en Sevilla entre Don Alfonso XII y su prima, la infanta Mercedes de Orleans, pronto frustrado por su inesperada muerte, cargada de dramatismo romántico. Precisamente fue ella la esposa de Don Antonio, el penúltimo de los hijos de Montpensier, y el otro superviviente de tan numerosa familia, cuyos vástagos morían jóvenes o niños del mal del siglo en España, que lo fue la tuberculosis. La bellísima escultura en mármol de la infantita Regla, muerta con tres años, que guarda el Botánico de Sanlúcar es imagen palpable del drama interno que afectó a esta gran familia. De la Infanta Isabel y de Don Antonio, duque de Galliera, derivan los dos troncos familiares que han llegado a nosotros, los primeros afincados en Villamanrique y los otros en el Botánico de Sanlúcar. Montpensier murió súbitamente en 1890 en Torrebreva, cuando paseaba por la finca con su secretario. Luisa Fernanda le sobrevivió siete años.

En vida quiso donar a Sevilla dieciocho hectáreas de los jardines de San Telmo que son el asiento no solo del parque que hará eterno su nombre trazado por manos de Forestier, sino que sirvió de marco a la plaza de España y a los pabellones más emblemáticos de la Exposición Iberoamericana proyectados por Aníbal González. Todavía la Infanta Luisa iba a entregar a su ciudad elegida el Palacio de San Telmo y sus jardines más inmediatos para sede del seminario de la diócesis, y cuando el arzobispo lo ha cedido al poder civil a cambio de un edificio más moderno y adecuado para el mismo uso y de la ejecución de otras obras en diversos edificios religiosos, los descendientes actuales han apoyado la transacción con la nobleza y generosidad heredada de una familia que tanto amó Sevilla y que sigue siendo piedra angular de nuestra ciudad.

(*) Rafael Manzano Martos es arquitecto y Premio Driehaus de Arquitectura (2010)