Pepe Cobo planea volver a Sevilla con un ambicioso proyecto cultural iberoamericano
Pepe Cobo planea volver a Sevilla con un ambicioso proyecto cultural iberoamericano - J.M.SERRANO
ENTREVISTA

Pepe Cobo: «Fui el garbanzo gris de mi familia»

El galerista y gestor cultural sevillano, que se fue a Lima por la crisis, cree que Sevilla lo tiene todo para ser puntera en el mundo y que sólo falta que «los sevillanos se muevan»

SEVILLAActualizado:

Con «La Máquina Española», la galería que fundó a mediados de los años 80, Pepe Cobo (Sevilla, 1953) fue uno de los precursores del arte contemporáneo en una ciudad que entonces veía a ese tipo de artistas como una especie de extraterrestres. Comisario de exposiciones y consultor de arte de grandes empresas y coleccionistas privados, se fue a Lima hace cuatro años y allí descubrió la huella de Sevilla y de las costumbres sevillanas.

-Es el primer gran galerista español que tuvo que emigrar por la crisis

—2011 y 1012 fueron años terribles en España con todas las empresas paradas y las cajas de ahorros quebradas. Creo que soy el único galerista que se fue a hacer las Américas. Soy un emigrante pero qué curioso: mi padre tenía un almacén de coloniales y traía café de Perú. Hasta tuve un antepasado, José Abascal, que fue virrey del Perú.

-¿Y le ha ido bien allí?

-Me ha ido bien como experiencia, para conocer e introducirme allí. Fui a ARCO y ferias importantes, pero el mercado del arte allí es muy primario a nivel internacional. Yo llegué con obras de Picasso, Warhol, Mapplethorpe, pero allí no tienen cultura internacional: todo está enfocado a su mercado interno.

-¿En qué se parece Lima a Sevilla?

—En mucho. Y ahora veo por qué me sentía tan a gusto los tres primeros días que estuve allí. Son tan hospitalarios y encantadores como los sevillanos aunque sin nuestro sentido del humor. Hacen mucha vida en la calle y tienen parecidos códigos sociales: los toros, los caballos, el baile, la forma de relacionarse, hasta la gastronomía.

-¿Y la Semana Santa?

—Sí, aunque sacan un santo y una virgen casi cada día desde casi cada barrio. Hay mucha religiosidad, todo el mundo tiene un santo, un escapulario.

-¿Sus imágenes se parecen a las nuestras?

—No, allí a los santos les ponen pelucas y los visten de colores muy vivos: rosas, verdes. En la catedral sí tienen tallas incluso de Martínez Montañés.

-¿Por qué se fue a Lima y no a Nueva York, su ciudad fetiche?

-En 2012 la opción de Nueva York no tenía sentido. Me tenía que haber ido a Nueva York en 1986 en vez de irme a Madrid, pero no lo hice porque no sabía inglés. Si hubiera sabido entonces el inglés que sé ahora, que tampoco es mucho, me hubiera ido.

-¿Estuvo en Venezuela?

—Estuve en Caracas y en Margarita. Allí, a pesar de que hay muchos turistas, vi colas kilométricas en los supermercados y para coger autobuses. Tanto en Lima como allí la gente tiene un «leit motiv» cada mañana: subsistir, comer ese día, tanto el niño de 3 años como el anciano de 80. Allí no hay pensiones de viudedad ni subsidio de paro, ni el «yo me merezco» que decimos aquí.

-¿«Yo me merezco...»?

—Sí. Aquí somos mucho de poner la mano porque yo me lo merezco. Allí se buscan la vida. Cuando yo empecé en los 80 se notaba mucho. Había pocas iniciativas culturales privadas en Sevilla.

-Cuando fundó «La Máquina Española» sólo Juana de Aizpuru defendía las vanguardias pictóricas.

—Juana se fue dos años antes a Madrid. La conocí siendo niño en la piscina del Círculo de Labradores. Era una persona muy singular, con su peluca y sus cejas postizas.

-¿Cómo fueron ya de mayor sus relaciones con ella?

—Con Juana no es fácil pero yo creo que el tiempo nos ha hecho más cercanos dentro de la distancia. Ella es una mujer muy luchadora. Tuvimos roces, pero con respeto y la admiración. Ella hizo una gran labor de promoción internacional del arte contemporáneo español.

-Ha sacado a muchos artistas locales al escaparate internacional; ¿eso le hizo más feliz que el dinero que pudo ganar con ellos?

—Mi lado de mecenas me ha pesado más que el de galerista. La promoción del arte siempre me ha dejado más satisfecho que las cuentas.

-¿Cuándo se dio cuenta de lo difícil que era Sevilla para el arte contemporáneo?

—Muy pronto. Abrí La Máquina en 1984 y nos tuvimos que ir a Madrid a los tres o cuatro años. Sevilla era una ciudad un poco apocada que miraba mucho al pasado y eso no le deja ver a veces el futuro. Por eso tuvimos que irnos.

-¿Y lo sigue siendo?

—Sevilla ha mejorado y ahora es mi lugar. Me gustaría crear un puente cultural con Latinoamérica desde Sevilla y aprovechar toda mi experiencia en Lima y en todo ese continente. Es una gran satisfacción ver que en Lima, Oslo, Zurich, Kenia o Sudáfrica se reconoce lo que es Sevilla y la memoria de Sevilla. He descubierto que Sevilla es uno de los principales imaginarios latinoamericanos y he sido el primer sorprendido en descubrirlo.

-¿No echa de menos una sociedad civil con más ambiciones culturales como la de Madrid, Bilbao, Santander o Barcelona?

—La burguesía sevillana es menos cosmopolita y ha mirado demasiado a la ciudad. Se ha aburrido mucho culturalmente hablando.

-¿Tiene ahora esa burguesía más aspiraciones que hace tres décadas?

—Sí, se está abriendo más a lo de fuera sin dejar de mirar hacia dentro. El otro dia vi que el club Pineda ofrecía un menú japonés. Y en el 86 comenté que había estado en Nueva York comiendo pescado crudo y la gente en el club se echaba las manos a la cabeza.

-¿Y los políticos?

—Creo que los políticos se conforman con planes relacionados con las manifestaciones más populares. Se deberían crear contenidos más actuales en arte contemporáneo, en cine, en teatro. Y Sevilla es una ciudad perfecta para casi todo, pero los sevillanos lo sabemos, nos lo creemos y acabamos no haciendo nada. Nos quedamos en una terraza esperando. En Sevilla hay que hacer poco para ponerla donde podría estar pero por desgracia no se hace.

-¿Cómo qué?

—Explotar el río, Itálica, el Museo de Bellas Artes, el Archivo de Indias y los conventos. Pero por encima de todo, las Atarazanas. Para mí es el buque insignia de la ciudad con sus 36.000 maravillosos metros cuadrados en pleno centro. También creo que el CAAC debería unir más a Latinoamérica.

-Y muy cerca tenemos el tercer Caixaforum más grande de España.

—Que nos ha llovido del cielo, como casi todo, sin que hayamos hecho nada los sevillanos. Y tenemos dos fiestas mundialmente conocidas que son un imán: la Semana Santa y la Feria. Sólo nos falta imaginación y movernos.

-¿Qué le parece que el centro de Sevilla se llene de toldos, veladores y franquicias y se parezca cada vez más al de cualquier otra ciudad del mundo?

—Ese es un peligro que sufren otras muchas ciudades del mundo que Sevilla debe evitar como lo evitan París y Londres. Esa globalización habría que controlarla. Lo primero es quitar tantos toldos y veladores de las calles.

-¿De la Avenida de la Constitución, por ejemplo?

—Esa es la primera. Es algo terrorífico. Habría que seguir la máxima de Picabia de «menos es más».

Interno con Pepe Moya

-¿Fue un buen estudiante?

—Raspando el 5 y tocando septiembre. Pasé seis años interno en los jesuitas y los salesianos de Mérida y de Utrera. En Mérida estaba conmigo Pepe Moya (presidente de Persán) y un día que nos encontramos en la entrega de los Premios Andalucía me dijo:«Pepe, ¿te acuerdas de lo malo y traviesos que éramos los dos en el colegio? Pues somos los únicos de nuestra clase que estamos aquí invitados».

-¿Sabía entonces que iba a ser galerista de mayor?

—No. Tenía la idea de la farmacia por mi madre y la de la fábrica de café por mi padre. Empecé Química en Zaragoza pero aquello me duró cinco minutos. Fui tres veces a clase en un año.

-¿Cuándo empezó a interesarse por el arte?

—Después. Tras dejar Farmacia y Química, me metí en Psicología en Sevilla. Y ahí estaba más cerca de humanidades. En esa época jugaba mucho al golf y empecé a comprar arte y a relacionarme con los artistas.

-¿Se convirtió usted en el «garbanzo negro» de su familia?

—Garbanzo gris tal vez, aunque solo puedo estar agradecido a mi familia. Siempre me ha aguantado mucho y siempre ha estado a mi lado. De adolescente y de joven te equivocas muchas veces, pero ellos siempre me apoyaron y aceptaron como un gran loco de la vida. Ellos me ayudaron a ser una buena persona.

-¿Sus hermanas entienden de arte moderno o prefieren ir al Museo?

—Les gusta mucho más ese arte tradicional por todo lo que representa pero conmigo han aprendido a ver y apreciar otras cosas.

-¿Le compraron muchas obras?

—Sí. Y las tienen y llevan a gala en sus casas. Y me han aguantado mucho también y me han ayudado a recibir a grandes artistas en Sevilla.