El cuerpo incorrupto de Doña María Coronel en su urna
El cuerpo incorrupto de Doña María Coronel en su urna - ROCÍO RUZ

Santa Inés abre hoy sus puertas a la visita a Doña María Coronel

Su cuerpo incorrupto, como cada 2 de diciembre, día de su muerte, puede verse tras la celosía conventual de la iglesia

SEVILLAActualizado:

Diciembre sale a la calle como un fantasma íntimo desde el monasterio de Santa Inés con el olor cálido de los bollitos de sésamo y la visión contradictoriamente entrañable de la momia de Doña María Coronel. Orto y ocaso o cara y cruz de una moneda para cambiar por tradiciones a las que pone banda sonora el órgano barroco de Maese Pérez intramuros, entre el derrumbe del tiempo que se fuga, ensayando en el trascoro las notas de los villancicos para la Misa del Gallo en Nochebuena.

Hoy, la fecha está marcada en el almanaque de las leyendas más señeras de Sevilla, que ha acabado concretada en el cuerpo incorrupto que custodian las franciscanas clarisas para hacerse inmortal y atraer cada año a los sevillanos que gustan de las tradiciones. Sólo hoy las religiosas trasladan con cuido y mimo la urna de Doña María Coronel, fundadora del convento, hasta la reja de la celosía de la clausura, para mostrarla a sus incondicionales, en recuerdo al día de su muerte el 2 de diciembre de 1411, hace más de 600 años, siendo abadesa del convento que hoy se cae a pedazos ante el olvido puntual de la ciudad que quiere atesorar historias inmateriales pero que se niega a darse cuenta de la degradación del patrimonio material que las cobija y ante la desidia de los gobiernos de las administraciones, que pasan una tras otra sin dar cumplimiento a sus compromisos.

Hacia la ruina

Así viven las clarisas franciscanas del monasterio de Santa Inés, tres españolas, alguna de ellas viva y perecedera memoria del cenobio, ocho mexicanas y cuatro keniatas, que se esfuerzan por mantener sus tradiciones y esperan vanamente a que la Junta acabe por emprender la restauración integral a la que se comprometió hace ya veinticinco años a cambio de la cesión de los antiguos dormitorios para su transformación en sala expositiva.

Las monjas, las mismas a las que escuchan con voces amables en el torno de los bollitos y otras exquisiteces que salen de sus manos, viven con el temor de los derrumbamientos, con zonas clausuradas, como la escalera de Nuestra Señora que da a estancias que se abren al deambulatorio alto, apuntalado, perdiendo las pinturas únicas que posee; con la casa del capellán y la de la portería viniéndose abajo, con el claustro del Herbolario renacentista desolado y azulejería vendada desde hace décadas con gasas que no ocultan la tristeza de quienes no tienen posibilidad de detener la ruina.

La leyenda

Estas son las monjas que hoy ofrecen generosamente una de las más bellas estampas de la Sevilla que va diluyéndose. Aquí se recuerda a la dama cuyo nombre está por siempre unido al de Pedro I el Cruel, protagonista de episodios truculentos del siglo XIV en la que las rencillas se saldaban con decapitaciones y los amores con persecuciones.

Ambos extremos los vivió nuestra querida protagonista. A su marido le cortó la cabeza el Rey por conspirar contra él a favor de los Trastámara y a la bella viuda la acosó, siguiéndola hasta el hoy perdido convento de Santa Clara, donde se escondió en un hueco donde milagrosamente crecieron plantas. No cejó el monarca hasta que Doña María Coronel optó por echarse aceite hirviendo para desfigurarse. Las tremendas quemaduras llegan hasta su pecho.

Hoy pueden volver a verla, como cada año, de 9 de la mañana a 13.30 horas, y por la tarde de 16 a 19.30 horas, cuando comienza la misa conventual.