Sevilla

El seminario de Sevilla crece en aspirantes por quinto año consecutivo

El aumento de las vocaciones se nota en el centro que forma a los futuros sacerdotes

Dos seminaristas con el rector Antero Pascual y el director espiritual del seminario menor, Manuel Jiménez
Dos seminaristas con el rector Antero Pascual y el director espiritual del seminario menor, Manuel Jiménez - V. GÓMEZ
MERCEDES BENÍTEZ Sevilla - Actualizado: Guardado en: Sevilla

Aumentan las vocaciones sacerdotales. Se está notando en el seminario de Sevilla donde actualmente cursan estudios 45 seminaristas. Este curso han entrado ocho y hay cinco más que el año pasado. Algo de lo que el rector, Antero Pascual Rodríguez, se congratula ya que llevan cinco años consecutivos aumentando el número de aspirantes. Llegar al sacerdocio no es fácil. Se requieren seis años de carrera y para ingresar se pide bachillerato y la prueba de acceso a la universidad pero, sobre todo, se valora la «idoneidad» o lo que ellos llaman el «discernimiento» vocacional.

«No tenemos nota de corte pero tienen que tener unos valores»; dice el rector que reconoce que no todos los aspirantes entran en el seminario ya que en ese proceso de selección tienen muy en cuenta valores humanos y el encuentro con Dios del candidato además de que sea una persona que tenga valores humanos y, sobre todo, que esté «llamado por Dios».

Los que llegan tienen entre 18 y 25 años pero no hay un perfil claro de seminarista ya que, según el rector, proceden por igual de pueblos o la ciudad, de hermandades o de parroquias o algunos que han terminado otra carrera. Lo único que tienen en común es que todos se han sentido, «tocados por Dios». Por lo demás, en el seminario de Sevilla, el primero de Andalucía y el cuarto de España, que está aproximadamente en la misma media de vocaciones que el resto de España, hay todo tipo de jóvenes.

¿Tiene que ver la crisis con que haya más vocaciones? El rector cree que puede estar relacionado pero no lo tiene claro.Quizás sea consecuencia de que, en un mundo en el que «aparentemente lo tenemos todo», hay gente que se siente un poco más vacía. Por lo demás son gente «normal» y nada de «bichos raros». «Hoy en día también es un bicho raro el que se casa o el que encuentra trabajo», aclara el rector que, además explica que se trata de gente normal.Sólo que tiene un proyecto de vida distinto. Estudian dos años de Filosofía y cuatro de Teología y tienen la convalidación de una carrera universitaria de grado superior. El seminario también les pide idiomas y durante el verano tienen experiencias en otros países para aprender idiomas. Y se forman en nuevas tecnologías o saben de redes sociales de Facebook y de Twitter. «Se preparan bien para ser buenos pastores», eso es lo más importante, «formar pastores entusiasmados en el anuncio de Dios».

¿Qué buscan cuando llegan? Su principal objetivo, dice Antero Pascual, es llevar «la buena noticia del Evangelio a todos los hombres». Las ventajas de este trabajo consisten, según el rector, en encontrar una vida en plenitud, con la felicidad constante que da sentirse útil. «Es una felicidad que no se agota». Y otra ventaja: es una profesión en la que el ejercicio es inagotable. «Trabajo tenemos todo el que queramos porque no nos falta la oportunidad de anunciar el evangelio», dice.

Uno de estos seminaristas es José Antonio de la Maza, de 27 años y alumno de 4º, que siempre intuyó que quería ser sacerdote aunque no llegó al seminario hasta que había hecho otras cosas. Este joven nacido en Carmona siempre vivió de cerca la vida parroquial, las hermandades o los grupos laicales de su pueblo. El momento cumbre le llegó cuando se confirmó a los 16 años. Entonces se dio cuenta de que, donde verdaderamente se sentía feliz, era en la parroquia. «Yo veía que lo que me hacía feliz era eso. Sentía la llamada de Dios». Sin embargo, cuando llegó el día clave, tuvo miedo y decidió postergar ese paso de entrar en el seminario. «Veía que había mucha vida por delante y decidí tomarme un tiempo», asegura reconociendo que, en aquel momento, le parecía «una locura».

Se matriculó en Ciencias Políticas en la Pablo de Olavide porque, según reconoce, su segunda vocación era la política y, de hecho, militó en un partido político durante muchos años. Sin embargo, cuando ya estaba en tercero de carrera empezó a plantearse que, una vez que acabara, no quería seguir por ese camino ya que el único momento en que era feliz era cuando preparaba a los chavales para la confirmación durante los fines de semana. Era en ese mundo donde se sentía realizado. Por eso, en el último año de carrera, se lo dijo al párroco y empezó su proceso de «discernimiento».

En principio dudó entre fraile servita o diocesano. Y se decidió por lo segundo. Ycuando se lo dijo a los suyos, a ninguno le extrañó. En su familia, muy cristiana, «lo esperaban». Había roto mucho antes con una novia y eso hizo que le fuera más fácil. De hecho, uno de los motivos que influyó en que su ex le dejara estaba relacionado con su vocación. «Pareces más un cura que un novio», le dijo alguna vez.

Ahora está feliz y explica que sigue haciendo «la misma vida que antes», estudiando y compartiendo los fines de semana con sus amigos y creando nuevas amistades. En el seminario son una familia, «Salimos a cenar y también nos tomamos una copa como gente normal», dice.

¿Sus planes de futuro? Aunque un antiguo cura amigo le dijo que «siempre hay que aspirar a Papa porque es el máximo nivel», José Antonio dice que si tuviera que elegir, se quedaría con una parroquia ayudando a los pobres y evangelizando con un testimonio vivo. Sobre la carrera eclesiástica, también lo deja claro;«Aquí no regalan el título, hay que estudiar», dice sin parar de hablar. Se le dará bien el sermón, apunta de broma el rector.

Antonio Romero, estudiante de 3º deAlcalá de Guadaira. de 23 años, procede del seminario menor ya que primero estuvo trabajando con su padre y luego se decidió «Tenía una infelicidad en mi vida que la llenaba sólo con el deporte y saliendo con mis amigos. Entonces me pregunté qué quería hacer en mi vida y encontré la respuesta», afirma. Hijo de madre catequista siempre había estado vinculado a la iglesia en su pueblo. Su madre no se lo esperaba, pero le gustó. Lo de su padre fue otra cosa: «Como es ateo, no le hizo gracia».

La mayoría de sus amigos le dieron la espalda ya que eran del grupo de su antigua novia a la que tampoco le gustó demasiado la idea. «Había tenido antes la inquietud pero no entré antes en el seminario por ella; pero luego no pude decirle que no al Señor», reconoce. Ahora está encantado de tener una vida «tranquila y ordenada» aunque debe estudiar mucho y, a veces, suspende. Los fines de semana hace vida normal y sale por la noche. En el futuro le gustaría irse de misionero. «Me entusiasma y ¿por qué no ayudar al prójimo?», se pregunta.

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