La protagonista femenina de la serie bajando de un carruaje
La protagonista femenina de la serie bajando de un carruaje - JULIO VERGNE

La Sevilla del siglo XVI en veinte claves para entender «La peste»

La serie televisiva de Alberto Rodríguez retrata en profundidad la ciudad que fue centro del mundo por el comercio con las Indias con un trasfondo histórico a menudo olvidado

SEVILLAActualizado:

Detrás de «La peste», la serie de televisión ambientada en la Sevilla del siglo XVI se esconde la apasionante historia de la ciudad que era la puerta del comercio con América, un floreciente núcleo artístico, científico, religioso y cultural donde convivía el esplendor que generaba la plata americana que arribaba en la bodega de los galeones de la Flota de Indias con la sordidez de unas clases depauperadas que malvivían con lo que podían agenciarse cada día.

Es una Sevilla de contrastes, pero también de una riqueza histórica deslumbrante donde se mezclan cuestiones políticas, teológicas, ideológicas y de orden público, muchas de las cuales aparecen convenientemente retratadas o sutilmente insinuadas en el desarrollo de la trama audiovisual. Algunas de las claves de interpretación quedan aquí apuntadas:

Epidemias / Crisis de 1640 /Nova Roma / Reliquias / La cabeza del Bautista / El foco protestante / Autos de fe / El Castillo de San Jorge / La Cruz Verde / Sola fide, sola gratia, sola Scriptura / Horizonte / Bujarrones en el río / El Arenal / La Laguna / Caballeros Veinticuatro / Cádiz / Imprenta / Monardes / Puertas y portazgos / Guardadamas y alguaciles / Gradas bajas

Las epidemias de peste

En la ficción, llega a ser obsesiva la insistencia en observar el cuello y las axilas -también en las ingles, pero los desnudos femeninos de la serie van por otro lado- de los personajes buscando bubones, que son inflamaciones de los nódulos linfáticos causados por la terrible peste bubónica o peste negra.

Los protagonistas, en una choza apestada
Los protagonistas, en una choza apestada - JULIO VERGNE

Sevilla vivió una epidemia de brutal virulencia -el concepto de viralidad es médico- que se llevó por delante la vida de aproximadamente la mitad de la población. Es la peste de 1649, en la que murieron entre 50.000 y 60.000 personas, una tragedia demográfica sin paliativos de la que la ciudad no logró reponerse. Hubo que habilitar enterramientos colectivos en el Arenal, en la actual capilla del Baratillo, y en la ermita de San Sebastián, en el jardincillo de la actual parroquia. Pero antes de ese brote, se vivieron otros como el de 1596 (más cercana a las fechas de ambientación de la serie), conocida como la peste atlántica.

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La crisis de 1640

El protagonista, de apellido Zúñiga, en la Casa de Pilatos
El protagonista, de apellido Zúñiga, en la Casa de Pilatos - JULIO VERGNE

No es sólo la peste. En la década de 1640, España vive una oleada de descontento enmarcada a su vez en la más general decadencia europea tras el desgaste de la Guerra de los Treinta Años que acabó con la paz de Westfalia en 1648. La crisis de la monarquía de los Austrias, con el conde duque de Olivares como valido preeminente, se hace evidente con estallidos violentos -el Corpus de Sangre de Barcelona, al que los secesionistas catalanes apelan idílicamente, está fechado en 1640- también en Sevilla por la carestía y la escasez de grano. Precisamente, en la serie, el protagonista Zúñiga tiene sus graneros llenos especulando, esto es, sustrayéndolos de la acción del mercado para aumentar artificialmente su precio.

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La Nova Roma

Túmulo en honor de Felipe II erigido en Sevilla a su muerte
Túmulo en honor de Felipe II erigido en Sevilla a su muerte

Al comienzo de la serie, uno de los protagonistas se refiere a Sevilla como la nueva Roma. No es exagerado. La ciudad superaba en población a la Ciudad Eterna, donde reinaba -triple corona, eso es la tiara- el Papa y le pisaba los talones a París. A Sevilla llegaba la plata americana principalmente de las minas de Potosí (Perú) y Zacatecas (México). Ese río de plata atraía a la ciudad mercaderes de toda Europa. La expresión de Nova Roma está en Cervantes, por ejemplo, en su famoso soneto al túmulo de Felipe II (1598) levantado en la Catedral hispalense: «¡Oh gran Sevilla!, Roma triunfante en ánimo y nobleza».

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El comercio de reliquias

Las reliquias de los santos eran objeto de especial veneración -que no devoción- en aquellos años del posconcilio de Trento. La Reforma protestante había atacado duramente el comercio de las bulas (dispensas) y de reliquias como consecuencia de su refutación de la hegemonía del papado y de la comunión de los santos. Trento, como exponente máximo de la Contrarreforma católica, auspició la veneración de las reliquias. El monasterio del Escorial en el que se manifestaba la magnificencia del Felipe II vencedor en San Quintín albergaba la más completa colección de relicarios (fabricados como piezas originales de orfebrería) de la Cristiandad: 7.420 reliquias correspondientes a 678 santos de la Iglesia católica.

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La cabeza del Bautista

Cabeza del Bautista de la Catedral
Cabeza del Bautista de la Catedral - ABC

¿Una cabeza de San Juan Bautista como reliquia? En Sevilla, San Juan Bautista, el último de los profetas del Antiguo Testamento, el Precursor de Cristo al que bautiza en el Jordán, es San Juan de la Palma, por la iconografía de su martirio a manos de Herodes tras el baile de Salomé. La cabeza decapitada del Bautista era objeto de inspiración espiritual en la época como acredita, por ejemplo, el formidable ejemplar en madera policromada de Juan de Mesa que se conserva en el Tesoro de la Catedral, un excepcional estudio anatómico del cuello humano.

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El foco protestante de San Isidoro

La Biblia del Oso de la Universidad, restaurada en 2015
La Biblia del Oso de la Universidad, restaurada en 2015 - ABC

La novelista Eva Díaz Pérez lo retrató con lujo de detalles en su primera novela, «Memoria de cenizas». En Sevilla, los aires heréticos de la Reforma protestante tuvieron dos focos principales: entre las familias nobles de la ciudad, como sucedió por ejemplo en Valladolid, y en el monasterio jerónimo de San Isidoro del Campo. La Inquisición se empleó duro para acabar con ambos focos. En la ficción televisiva también se hace referencia a la Biblia del Oso, la primera versión en español de la Escritura, por la que fue perseguido por el Santo Oficio Casiodoro de Reina, monje jerónimo separado de la Iglesia por abrazar la doctrina protestante. La Universidad de Sevilla guarda como el tesoro que es un ejemplar de la primera edición en la calvinista Basilea.

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Los autos de fe

Recreación de un auto de fe en la serie
Recreación de un auto de fe en la serie - JULIO VERGNE

El auto de fe era la ejecución pública de los que la Inquisición hallaba culpables de herejía. Había quemaderos públicos en Tablada y en el Prado de San Sebastián. Contrariamente a lo que suele pensarse, la mayoría de las condenas se ejecutaban en efigie, es decir, un busto representaba al hereje, que era conducido a la hoguera con coroza y sambenito, como se ve en la visita al gabinete del inquisidor. Las cifras de ajusticiados por la Inquisición son muy controvertidas. María Elvira Roca, que publicó el año pasado una provocadora obra sobre la leyenda negra española, arroja estas cifras: «La Inquisición juzgó un total de 44.000 causas desde 1560 hasta 1700, con el resultado de 1.340 muertos aproximadamente».

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El castillo de San Jorge

La sede de la Inquisición estaba al otro lado del río. Era un lugar apartado porque la unión de la ciudad con su arrabal trianero se limitaba, hasta la ejecución del puente de Isabel II, a un frágil puente de barcas a merced de las riadas. Los inquisidores tenían residencia allí, donde también había más de una veintena de celdas y otras dependencias donde dar tormento para arrancar confesiones.

Fachada del castillo de San Jorge en Triana
Fachada del castillo de San Jorge en Triana - ABC

El Santo Oficio contaba con un cuerpo policial propio y era, en la práctica, un cuerpo judicial al margen, a menudo enfrentado con la jurisdicción civil y la propia Corona, a las que servía de contrapeso por muy heterodoxo que resulte este pensamiento. La ciudad rescató los restos arqueológicos del castillo de la Inquisición tras la rehabilitación del mercado de abastos de Triana.

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La cruz verde

La cruz verde era el emblema inquisitorial. Alude al árbol de la vida regado por el río de agua viva que nace del Trono del Cordero según la visión del evangelista Juan en la cueva de Patmos. La cruz verde hace referencia a la fe reverdecida por el sacrificio redentor de Jesucristo en contraposición a la cruz reseca en la que expiró. En Sevilla, la Cruz Verde estaba emplazada en un tramo entre Santa Marina y Omnium Sanctorum como se aprecia en la serie.

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Sola fide, sola gratia, sola Scriptura

En el meollo de la trama está la impresión de unos pasquines con las principales proclamas teológicas de la Reforma protestante: «Solus Christus, sola fide, sola gratia, sola Scriptura». Esto es, Cristo es el único mediador entre Dios y los hombres excluyendo la intercesión de la Virgen y de los santos en comunión; sólo la fe sin auxilio de la razón puede llevar al conocimiento de Dios; sólo la gracia sin auxilio de las obras caritativas puede llevar a la salvación del alma; y sólo la Escritura sin auxilio de la tradición interpretativa que dictaba la Iglesia de Roma contiene la revelación divina.

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El horizonte de la ciudad

Uno de los grabados de Hoefnagel desde el Aljarafe
Uno de los grabados de Hoefnagel desde el Aljarafe

La recreación del horizonte de la ciudad es quizá una de las escenas más impresionantes de la producción audiovisual. El «skyline» es muy distinto al que ahora puede verse desde el Aljarafe, que es la visión natural de la ciudad desde los grabados de Hoefnagel que vistió Sevilla entre 1563 y 1567 y que se mantiene incluso en la representación cartográfica prescindiendo de la orientación Norte-Sur convencional. Por ejemplo, las cúpulas de San Ildefonso, Santa Cruz y el Salvador no aparecen. Hay un detalle infalible para fechar la perspectiva de la ciudad: el Giraldillo, la veleta de la Fe triunfante, se colocó como remate de la Turris Fortissima en 1668, hace justo 450 años.

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Bujarrones en el río

La sodomía, fuertemente perseguida tanto por las leyes morales como las civiles, sólo encontraba sitio para su práctica en la orilla del río, en el fondeadero de las naves, protegidos de las miradas indiscretas por los cañaverales como se aprecia en la producción televisiva. También el higueral de la Huerta del Rey era escenario de estos encuentros furtivos. La palabra bujarrón con que se define en la producción televisiva a quien mantiene relaciones íntimas con individuos de su propio sexo es sevillana por los cuatro costados. Aún hoy se emplea, aunque la carga descriptiva que aportaba a principios del XVI cuando se adoptó el préstamo del italiano, a su vez deformado del latín vulgar, ha mudado en carga despectiva.

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El Arenal

El Arenal de Sevilla -¡y olé!, como dice la sevillana- se extendía fuera de las murallas hasta la orilla del río donde fondeaban las naves. El Arenal concentraba la hez de la ciudad, pícaros, maleantes, busconas, pedigüeños y enfermos abandonados que se ganaban la vida en condiciones durísimas malviviendo en chabolas como las que muestra la serie. La fama de esta zona traspasó las fronteras de la ciudad. Lope de Vega escribió con tal nombre una obra publicada en 1618: «Eso hay en el Arenal / ¡oh, gran máquina Sevilla! / ¿Esto sólo os maravilla? / Es a Babilonia igual». Sabemos, por las excavaciones arqueológicas de las Atarazanas -los antiguos astilleros de la época- que su cota estaba seis u ocho metros por debajo de la actual del barrio del mismo nombre.

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El compás de la Laguna

El ejercicio de la prostitución estaba tolerado por las autoridades como un mal menor. Se concentraba en el compás de la Laguna, hoy la plaza de Molviedro. Muchas de las casuchas, llamadas también boticas, eran del Cabildo catedralicio y los canónigos eran plenamente conscientes del comercio carnal que en ellas se daba, como refleja la serie. Pero el cabildo civil prefería regular el oficio y limitarlo a esa zona, por debajo de la cota de la ciudad razón por la que se conocía como Laguna al estar encharcada por un antiguo brazo del río. La laguna quedó seca en 1612 y se abrió la actual Castelar.

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Caballeros veinticuatro

Una sesión del cabildo de la ciudad en la sala capitular
Una sesión del cabildo de la ciudad en la sala capitular - JULIO VERGNE

El cabildo de la ciudad se reunía en el Ayuntamiento edificado según la traza de Diego de Riaño, en la sala de cabildo cuya bóveda incluye casetones de los reyes hispanos hasta el emperador Carlos, en uso hasta hace bien poco. La sala capitular no ha variado en todo este tiempo, casi cinco siglos. Al frente del cabildo estaba el asistente de la ciudad, figura equiparable al alcalde actual. Le acompañaban en el gobierno de la ciudad los ediles, llamados por entonces caballeros veinticuatro porque ese había sido su número tras el repartimiento posterior a la reconquista en 1248 si bien su número había sufrido modificaciones sin alterar el nombre.

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La amenaza de Cádiz

La pugna con el puerto de Cádiz, en aguas abiertas, que se insinúa oportunistamente en una de las discusiones del cabildo, estuvo presente desde el momento en que la Corona decidió establecer Sevilla, el único puerto de interior a resguardo de las incursiones piratas, como cabecera del comercio transatlántico. La limitación de tonelaje, conforme los galeones iban ganando desplazamiento bruto, obligó a trasladar la cabecera de la flota a Cádiz en la década de 1680 aunque el traslado de la Casa de la Contratación, el organismo burocrático que expedía los fletes, no se concretó hasta 1717 con Felipe V. Fue la puntilla a la ciudad de Sevilla, renqueante de la peste de 1649.

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La imprenta de Cromberger

La trama de la ficción televisiva tiene a la imprenta como leit motiv. La imprenta de tipos móviles es un invento de Gutemberg en 1452 que pronto conoció difusión por toda Europa. En Sevilla, la imprenta más destacada y prolífica de la primera mitad del siglo XVI en que se ambienta la serie fue la de la familia Cromberger. Más de seiscientas ediciones salieron de su prensa, por ejemplo, «La celestina». Los Cromberger fueron además responsables, desde Sevilla, de la primera imprenta en tierras americanas, en concreto en el virreinato de Nueva España (actual México) en fecha tan temprana desde la conquista como 1539 a cargo del impresor Juan Pablos, con calle en el barrio del Porvenir. La primera imprenta en tierras del imperio británico está fechada en 1638 en Cambridge (actual estado de Massachussets).

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El jardín de Monardes

La placa que recuerda el sitio donde estuvo el jardín de Monardes
La placa que recuerda el sitio donde estuvo el jardín de Monardes - ABC

El médico que aparece en la producción televisiva no es otro que Nicolás Bautista Monardes Alfaro, estudioso de la botánica que tuvo en la calle Sierpes -como recuerda oportunamente una placa en su honor- un jardín para aclimatación de especies vegetales traídas de América tal como refleja en su «Historia medicinal de las cosas que se traen de nuestras Indias Occidentales», la más señalada de las obras que compuso. El caso de Monardes no es aislado; Sevilla, en la segunda mitad del XVI que se refleja en pantalla, era un centro científico de primer orden por la confluencia de estudiosos e investigadores de todas partes del mundo, atraídos por el contacto con las Indias a través de la puerta fluvial hispalense. Sevilla, en el siglo XVI, era también la cuna del humanismo español fraguado en reuniones como las que organizaba en la Casa de Pilatos el duque de Alcalá o en el palacio de Juan Arguijo con los grandes de la Escuela Sevillana del Renacimiento: Fernando de Herrera El Divino, Baltasar del Alcázar, Juan de Mal Lara, Francisco de Rioja o Rodrigo Caro...

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Puertas y portazgos

El trasiego en las puertas de la ciudad era notable
El trasiego en las puertas de la ciudad era notable - JULIO VERGNE

En el siglo XVI, y hasta el último tercio del XIX, la ciudad vivía a resguardo tras la muralla almohade que la cercaba. En su libro «Veinte maneras de entrar en Sevilla», Juan Miguel Vega da cuenta de la veintena de puertas y postigos, cada uno especializado en el tráfico de una mercancía, abiertos en la muralla, algunos todavía en pie como el Postigo del Aceite y otros presentes en el nomenclátor como Puerta del Osario o Puerta de la Carne. Cada puerta contaba con vigilancia policial para gravar las mercaderías que entraban a la ciudad con el impuesto de almojarifazgo, herencia musulmana, también conocido como portazgo que pervivió -ya atenuado- hasta después de la Guerra Civil con la institución del fielato. Como es fácilmente deducible, los porteadores pugnaban por escamotear la mercancía a los agentes para eludir el pago del impuesto.

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Guardadamas y alguaciles

A la derecha, el guardadamas de la señora, a caballo
A la derecha, el guardadamas de la señora, a caballo - JULIO VERGNE

La protagonista femenina de la serie, Teresa Pinelo, sufre un asalto de inequívoca índole sexual -aunque sorprenda la facilidad en deshacer la basquiña de un solo tajo- en una calle de la ciudad cuando camina junto a una criada y un guardadamas, un hombre armado que brindaba protección a las mujeres de clase alta en sus tránsitos por la vía pública, repleta de peligros de los que no era el menor que la honra familiar quedara mancillada. La Academia lo define como un oficio de la Casa Real hasta el punto que uno de ellos se coló en el cuadro de «Las meninas» en segundo plano.

Soldados con los típicos morriones de metal
Soldados con los típicos morriones de metal - JULIO VERGNE

En la serie también aparecen alguaciles de diferentes cuerpos de seguridad de la época: el cabildo civil, la Inquisición o los soldados -con sus característicos morriones metálicos- que guarnecían el puerto de Sevilla, el verdadero pulmón de la economía de los reinos de España y por ello de innegable valor estratégico.

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Las gradas bajas

La vida de la ciudad bullía en torno a las gradas bajas de la Catedral como refleja la serie. Allí se comerciaba, se ajustaban fletes y se enrolaban los tripulantes. Era el corazón de la metrópolis que era la Sevilla del siglo XVI. Alrededor, el nomenclátor recuerda las calles donde se asentaban las comunidades extranjeras en la ciudad: Alemanes, Francos, Génova... La cruz de los juramentos, en la fachada meridional de la Catedral, muestra el lugar exacto donde los corredores y tratantes de la Casa de la Contratación se juramentaban para cumplir con honestidad las condiciones del trato.

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