Expo 92 de Sevilla Sevilla92, el escaparate al que se asomó la nueva España

La Exposición Universal, gestada en el primer discurso del Rey Don Juan Carlos en suelo americano, fue la oportunidad de mostrarse al mundo el país moderno tras la Transición

Las banderas de la Expo '92 de Sevilla y la de España ondearon en La Cartuja desde el 20 de abril de 1992 - ABC
El monorrail que transportaba a los visitantes durante la Expo '92 de Sevilla - ABC
Fuegos artificiales en el Lago de España en el espectáculo cotidiano - ABC

Antes de la Expo92 fue el Quinto Centenario. Como antes del AVE fue el NAFA (nuevo acceso ferroviario a Andalucía) por necesidades de la Defensa para movilizar la División Acorazada sin pasar por el embudo de Despeñaperros. Y antes de Sevilla fue Chicago y a punto estuvo de ser Granada. Y antes de la isla de la Cartuja fue el Polígono Aeropuerto. Y antes que nada, fue el Rey en el primer viaje de un monarca español a la América de la que durante cuatro siglos se enseñoreó la Corona hispana. En Santo Domingo, de vuelta del trascendental periplo por Estados Unidos, Don Juan Carlos expresó el 31 de mayo de 1976 la intención de convocar a todas las naciones hermanas: «Reanudando una noble tradición familiar y monárquica, desearía que se celebrase en España, si todos me ayudan, la tercera Exposición Internacional Iberoamericana».

Dieciséis años antes de la efemérides colombina, Don Juan Carlos había plantado una semilla que durante cinco largos años germinó en silencio. En 1981, Manuel Prado y Colón de Carvajal empujó a los países iberoamericanos a inscribirse en el BIE (Oficina Internacional de Exposiciones) para contrarrestar, aprisa y corriendo, la delantera que llevaba Chicago, que movía los hilos para reeditar al cabo de un siglo la exposición universal que había conmemorado el Cuarto Centenario del Descubrimiento de América en 1892. Su candidatura se presentó el 9 de diciembre de 1981, en tanto que España no presentó la suya hasta el 3 de marzo de 1982.

Actur de la Cartuja

Antes que Sevilla estaban –al menos en la mente del embajador Prado– Huelva, Granada y Barcelona. La baza de Sevilla estaba en un inmenso baldío de casi 500 hectáreas entre la dársena y la corta hidráulica de la Cartuja. La presión política y social, encabezada por el Colegio de Arquitectos, había paralizado un proyecto, tenido por especulativo entonces, para levantar 30.000 viviendas merced a una figura urbanística expeditiva del tardofranquismo conocida como Actur que asumía de facto el suelo municipal.

A finales de 1982, Sevilla tenía muy pocas posibilidades de ser elegida sede. Antes de eso, antes de que las repúblicas iberoamericanas cuyas cuotas de inscripción en el BIE puso al día el Gobierno español decantaran la votación para que se estableciera una doble sede entre Chicago y Sevilla en 1992, los «jóvenes nacionalistas» como «The New York Times» definió al equipo de Felipe González había completado un paso de gigante: asegurarse de que México, como referente del mestizaje de los países iberoamericanos, daba su consentimiento a la conmemoración de 1992.

Las condiciones de México

El embajador español en México, Emilio Cassinello, él mismo hijo del exilio, había obtenido con anterioridad el plácet mexicano siempre que se presentara la fecha como el «Encuentro entre Dos Mundos» en vez del Decubrimiento de América. Y hacía falta dotarse de un instrumento legal ad hoc que proveyera de garantía jurídica pero suficiente agilidad administrativa. Así nació la Sociedad Estatal de Ejecución de Programas Conmemorativos del V Centenario siguiendo el modelo de la sociedad estatal constituida para el enlace fijo en el Estrecho.

El 24 de junio de 1982, el BIE aprueba la Exposición Universal con doble sede en Chicago y Sevilla por 26 votos a favor, ninguno en contra y diez abstenciones. La comisión de encuesta, que había estado en la ciudad siete meses antes, había expresado sus reservas: la ciudad les pareció provinciana, con pocas infraestructuras, en la que todo estaba por hacer y, para colmo, había restricciones en los hoteles servían poca variedad de panecillos.

Todo en contra

La réplica del cohete Ariane
La réplica del cohete Ariane- ABC

Sevilla reunía todo en contra: era la ciudad más pequeña, la de menor renta per capita y donde era mayor el desempleo de cuantas habían albergado estos acontecimientos universales en una lista que inauguraba Londres y en la que figuraban París, Viena,Bruselas, Nueva York, San Luis u Osaka.

En la ciudad japonesa se había celebrado la última exposición universal en 1970 y el modelo languidecía en plena era de la televisión. Pero Sevilla iba a venir al rescate. Más en concreto, los sevillanos que desbordarían todas las previsiones en los dos últimos meses de la muestra.

Antes que todo eso pasara, había que designar a un comisario de Sevilla 92. El primer intento de los socialistas, el arquitecto de facto Ricardo Bofill, tropezó con el orgullo herido de la ciudad. Fue la última vez que la ciudad mostró sus armas. Luego, como casi siempre, se dejó llevar.

Comisario Olivencia

Felipe González recurrió a un maestro suyo de la Facultad de Derecho, el catedrático de Mercantil Manuel Olivencia, pensando en la ley de las compensaciones con la ciudad sede. Olivencia, con experiencia de gestión en Soprea, se aplicó desde el 24 de abril de 1985 a sacar adelante el proyecto, primero con el concurso de ideas en que se premiaron ex aequo dos proyectos tan diferentes como los propuestos por Emilio Ambasz y José Antonio Fernández Ordóñez.

El plan director, a la fuerza vago e impreciso que dejaba de lado las propuestas ganadoras, estuvo listo en julio de 1987. Y de seguido llegó el desembarco de los ingenieros. Gente curtida en obras complejas como Jacinto Pellón, que había dirigido la construcción del puente de Los Remedios para Dragados en 1967, dispuestos a invertir 200.000 millones de pesetas (1.200 millones de euros) en un lustro.

Desde la primera piedra, colocada en lo que era el tapón de Chapina hoy inexistente el 26 de enero de 1987, hasta la inauguración pasaron cinco años y cuatro meses menos una semana. Lograron construir 650.000 metros cuadrados de nuevas edificaciones en tiempo récord; para ello, no se reparó en el precio, sino en cumplir los plazos.

Inauguración en Viernes Santo

El 20 de abril de 1992 (hubo que corregir las fechas iniciales porque el 17 de abril, fecha de la firma de las Capitulaciones de Santa Fe entre los Reyes Católicos y Cristóbal Colón caía en Viernes Santo), la nueva España surgida de la Transición democrática, gobernada por un gobierno socialdemócrata equiparable a los de los países de su entorno, se asomaba al escaparate de la Expo92 en Sevilla para mostrarse al mundo a pesar de todos los conflictos.

Sólo unos días antes de abrir sus puertas, la última de estas crisis revistió caracteres cómicos: el vicepresidente Serra, de visita de inspección, reparó en que la imagen de Gambrinus –el «gordo» de Cruzcampo– distorsionaba la imagen institucional de España y sus autonomías en el Lago. Hubo que convencerlo de cuanto significaba aquel pabellón para Sevilla, la ciudad sede que ponía su fiel infantería para el éxito. Pero esa es otra historia...

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