VIVIENDA

«En lo que va de año sólo he salido de mi casa dos veces»

Tres vecinas octogenarias de La Macarena viven atrapadas en sus viviendas por falta de ascensor

Una de las vecinas de el Carmen contempla la calle
Una de las vecinas de el Carmen contempla la calle - VANESSA GÓMEZ

El pequeño pasillo que une una escalera con otra es el paseo diario de Francisca Liñán, vecina del número 16 de la calle Manzano. Por suerte, su bloque tiene abiertos los corredores y disfruta de la vista de la calle y del aire fresco cuando el calor da un respiro. Ella es una de las tantas personas que viven atrapadas en sus viviendas por falta de ascensor. La plataforma vecinal del Carmen de la Macarena, donde reside, ha contabilizado un total de 103 residentes con problemas de movilidad en el barrio.

Francisca Cuenta que en lo que va de año sólo ha salido dos veces para ir al médico. La artrosis y una pierna que no le responde bien desde hace algún tiempo la mantienen atada al piso que comparte con su hijo Pedro. A él también le cuestan los dos tramos de escalera, estrechos y empinados, cuando tiene que hacer la compra o cumplir con algún recado.

Francisca Liñán, en el descansillo de su vivienda
Francisca Liñán, en el descansillo de su vivienda- VANESSA GÓMEZ

«Un ascensor nos cambiaría la vida por completo», explica. Hace algunos años la comunidad se planteó iniciar el proceso para pedir las ayudas, pero una de las residentes no estuvo de acuerdo y lo frenó. «Desde entonces no hemos vuelto a hablar del asunto y no creo que haya otro bloque en toda Sevilla con más necesidad que el nuestro», cuenta, tras relatar las dramáticas situaciones de sus vecinos. «Aquí viven muchas personas mayores, hay niños con discapacidad y enfermos. En todas las plantas te encuentras a alguien con problemas», resalta.

Recién cumplidos los 88 años, la principal preocupación de Francisca es seguir al frente de su casa sin depender de los demás. «Tengo una vecina estupenda que me sube la compra, pero a mí me gustaría ir al supermercado y no tener que molestarla tantas veces. Me duele ver a mi hijo, que le cuesta mucho subir las escaleras porque se ahoga y me encantaría poder bajar para poder visitar a mi hermana, que está en una residencia», se desahoga. Su esperanza es que las administraciones sean conscientes de la dimensión del problema y amplíen los programas de ayudas para que puedan llegar a todos.

«Hace tres años que no visito a mis hijos»

A Carmen García le vienen pesando los cuatro tramos de escalera que la separan de la calle desde hace ya casi dos décadas. Los achaques de la edad y varios problemas circulatorios le fueron restando libertad hasta el punto de depender de su vecina y de la asistenta social que atiende a su hermana Rosa para hacer la compra. En su comunidad, la del número 5 de la calle Manzana, ya hubo un intento para poner un ascensor. El patio les daba el desahogo suficiente para instalarlo y parecía que todos los vecinos estaban de acuerdo, pero la ayuda que les aprobó la Junta sólo alcanzó para el 70% de la factura. «Aquí somos casi todos pensionistas y no podemos asumir ese gasto. ¿De dónde lo sacamos?», cuenta Carmen.

Cuando le asignaron su piso hace ya más de cincuenta años nunca pensó que podría convertirse en una prisión. Recuerda que siempre ha sido muy activa. «Aquí llegué de recién casada y he criado a mis hijos. He entrado y he salido para comprar, para ir al médico, pero ahora es imposible, depende una de todo el mundo para cualquier cosa», se lamenta. «Hace tres años que no voy a la casa de mis hijos. Ellos viven en Sevilla Este y vienen cuando pueden, pero bajar esta escalera ya es imposible», insiste esta octogenaria.

En su situación hay varias personas en el mismo bloque, todas mujeres y todas pensionistas. «Yo tengo únicamente la enviudez de mi marido, lo mismo que mi hermana. Así cómo vamos a pagar lo que vale poner un ascensor. O tenemos ascensor o comemos», dice sin perder el ánimo. Carmen, que nunca había pensado marcharse de su barrio, ahora le da alguna vuelta, pero ya es tarde: «¿y dónde vamos a ir? La gente aquí siempre ha sido tan buena y hemos vivido tan a gusto», asegura. Contar con un elevador sería «recuperar años de vida», dice. Salir y entrar con libertad en casa, redescubrir la barriada y depender un poco menos de la buena voluntad de vecinos y familiares.

Mercedes Pérez, junto a su hija Tuli, en su vivienda
Mercedes Pérez, junto a su hija Tuli, en su vivienda- VANESSA GÓMEZ

«Nos costaría mucho pagar una cantidad»

A Mercedes Pérez, de 87 años, sólo le quita la sonrisa los tres tramos de escalera cuando tiene que bajar a la calle. Acudir a una cita con el médico es toda una odisea, pues depende de la ayuda de otros para bajar en su silla de ruedas. Esta vecina del barrio de El Carmen de la Macarena camina con dificultad y necesita del apoyo permenente. Muy pendiente están sus hijos y su vecina Loli, que la acompaña en casa y le acerca la compra.

«Aquí he criado cinco hijos, imagínate si me he movido siempre», recuerda con pesar Mercedes, que vive prisionera de su casa, en la calle Avellana. Los pocos recursos de la comunidad han impedido acudir a ninguna de las ayudas que se han convocado. Reconoce que «si hay que pagar una cantidad, aunque sea pequeña, nos costaría, porque la mayoría vivimos de nuestras pensiones».

Ahora espera que las nuevas iniciativas les den una oportunidad, a pesar de que admite estar ajena a lo que han decidido en el bloque. «Aquí nadie se ha negado nunca, los vecinos están muy concienciados porque saben el problema que tenemos los que somos más mayores, pero no hemos dado el paso» y mientras tanto, los años pasan y pesan cada vez más.

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