Ara Parra (trasplantada de riñón), Manuel Guera (en lista de espera para ser trasplantada) y María Romero (madre que donó los órganos de su hijo de 17 años) - PEPE ORTEGA/F. RODRÍGUEZ MURUBE

Trasplantes en Sevilla: tres historias de amor y una llamada desesperada

Ara, Manuela y María son tres sevillanas cuyas vidas están marcadas por la donación de organos

En Sevilla se han realizado desde hace 39 años un total de 4.200 trasplantes de órganos

Actualmente esperan a ser trasplantados de riñón, hígado o corazón 175 personas en Sevilla

SEVILLAActualizado:

En Sevilla hay 4.200 personas a las que se les ha trasplantado un riñón, un corazón o un hígado en el Hospital Virgen del Rocío. Además, desde que tuvo lugar el primer trasplante de órganos en 1978, hace ya 39 años, se han hecho también en Sevilla un millar de trasplantes de médula ósea y sangre periférica, además de un trasplante de cara, según la Coordinadora Autonómica de Trasplantes. Frente a esos trasplantados, ahora hay 175 enfermos actualmente en la provincia en estado crítico que esperan un órgano: 146 de riñón, 17 de hígado y 12 de corazón. Cuando el estado de algunos de esos enfermos empeora hasta el punto de que puede morir si no reciben un órgano en cuestión de horas se encienden todas las alarmas y el paciente entra en «código cero», pasando al primer puesto de la lista de la Organización Nacional de Trasplantes. Hace escasa semanas, dos personas entraron en Sevilla en «código cero» porque necesitaban un corazón. A una de esos enfermos le llegó el órgano a tiempo y salvó la vida. El otro falleció esperando un órgano.

Manuela Guerra, en lista de espera

Manuela Guerra espera un trasplante de riñón desde hace tres años
Manuela Guerra espera un trasplante de riñón desde hace tres años- PEPÈ ORTEGA

Manuela Guerra Bonilla, de 47 años, comenzó a tener problemas con sus riñones con 18 años. «A raíz de una infección, detectaron sangre y proteína en la orina. Con 31 años tuve trillizos y sufrí una preeclampsia que me dañó todos los órganos, empeorando el estado de los riñones. Del urólogo pasé al nefrólogo y de ahí a la prediálisis porque el riñón estaba ya tan dañado que no era reversible. «Desde los 38 hasta los 44 años he tenido muchos controles y una dieta estricta, pero hace tres años empecé con diálisis cinco días a la semana, 10 horas cada día. Tengo una máquina en casa que me proporciona la Seguridad Social y he dado un curso para manejarla y poder hacerme yo la diálisis peritoneal por las noches. Tengo una vida con limitaciones porque —subraya— no puedo hacer trabajos en los que realice un gran esfuerzo físico».

Desde hace tres años Manuela en lista de espera para recibir un trasplante de riñón. «Mi pareja, mi hermana y mis padres quieren donarme uno pero no he aceptado porque tengo una enfermedad, glomerulonefritis, que deteriora los riñones. Por tanto, el que me pongan no durará mucho y me parece mucho sacrificio para que alguien me lo done en vida», indica Manuela, quien en seis años tendrá que pasar a hemodiálisis si antes no recibe un riñón. «Yo aún puedo aguantar algunos más años con diálisis peritoneal o hemodiálisis pero hay personas en lista de espera para un traslado que están en estado crítico, por lo que animo a las familias a que donen los órganos de sus seres queridos fallecidos. A ellos ya no les hacen falta, pero -subraya- a nosotros sí».

Ara Parra, trasplantada de riñón

Ara Parra recibió de su madre, Cándida, un riñón que le permite llevar una vida normalizada
Ara Parra recibió de su madre, Cándida, un riñón que le permite llevar una vida normalizada- PEPE ORTEGA

En 2011, Ara Parra Cárdenas tenía 17 años y estudiaba 2º de Bachillerato en Guadalcanal (Sevilla). Nada hacía presagiar que su vida daría un giro radical cuando una noche notó que se asfixiaba. «Mis padres pesaron que estaba nerviosa por los estudios pero al final me llevaron al hospital de Llerena (Extremadura), donde unas pruebas confirmaron que había sufrido un fallo renal completo y que necesitaba un trasplante de riñón», declara Ara. Horas después de esa noticia entró en hemodiálisis. «Estaba asustada. Mi vida cambió radicalmente porque durante meses tuve que ir tres veces en semana a hacerme diálisis durante cuatro horas diarias. Después me pusieron un catéter en la barriga para poder hacerlo por el peritoneo en casa. Poco después, descubrimos que mi madre era compatible y podía donarme un riñón», indica esta estudiante sevillana.

Su madre, Cándida, que entonces tenía 50 años, recuerda que «nos explicaron que el trasplante de riñón podía realizarse de cadáver pero también procedente de una persona viva. Entonces mi marido y yo nos hicimos rápidamente las pruebas y vimos que yo era compatible. No quisimos que Ara estuviera en lista de espera porque sólo tenía 17 años».

El 16 de noviembre de 2011, madre e hija entraron en los quirófanos del Hospital Virgen del Rocío para realizar el trasplante renal. Con 18 años, la vida de Ara volvió a dar un vuelco, pero para bien. «Una semana después —dice— su madre ya estaba en casa y yo, a las dos semanas. Estuve un año en aislamiento en mi casa pero después saqué el Bachillerato y hoy estudio Animación Turística y hago una vida totalmente normal y sin limitaciones».

Cándida dice que «volvería a hacer lo mismo por mi hija, que es además la única que tenemos. Ella ahora se ha independizado, está estudiando en Sevilla y vemos que tiene una vida normalizada. Esa es la mayor satisfacción».

María Romero donó los órganos de su hijo

María Romero con la foto de su hijo fallecido, cuyos órganos donó para salvar varias vidas
María Romero con la foto de su hijo fallecido, cuyos órganos donó para salvar varias vidas- F. RODRÍGUEZ MURUBE

Cuando estaba a punto de acostarse, la madrugada del 10 de noviembre de 2014 María Romero recibió una fatídica llamada telefónica de los amigos de su hijo Antonio Jesús, de 17 años. Había tenido un accidente de moto y tenía un derrame cerebral. «Cuando llegamos al Hospital Virgen del Rocío aún estaba esperanzada de que saliera adelante pero a las 6,30 de la madrugada nos confirmaron que en cuestión de horas podía morir. Falleció a las dos de la tarde», relata María, quien admite que en su familia jamas habían hablado hasta entonces del tema de las donaciones de órganos.

«Cuando nos pidieron la donación de órganos, mi marido se negó y yo me desmayé. No podría aceptar que mi hijo estuviera muerto. Nos dijeron que el tiempo apremiaba y que teníamos que tomar una decisión. Ana Gallego, la coordinadora de trasplantes del hospital, me preguntó qué hubiera hecho mi hijo si hubiera podido tomar esa decisión. Contesté sin dudar: darlo todo porque tenía un corazón increíble, quería ver a todo el mundo feliz, era generosos y muy amigo de sus amigos. Decidimos entonces donar sus órganos, que permitieron hacer  seis trasplantes. Tomé la mejor decisión de mi vida en el peor momento de mi vida», declara María, quien confiesa que «para ella es un bálsamo saber que la muerte de su hijo ha salvado otras vidas».