EL «BOOM» TURÍSTICO

El turismo genera ya el 17% de la riqueza de Sevilla, cinco puntos más que en España

Crece el impacto directo del sector sobre la economía local. En la cresta de la ola, se trabaja en lograr un modelo sostenible que evite tensiones sociales

Turistas en la plaza Virgen de los Reyes
Turistas en la plaza Virgen de los Reyes - M. HERCE

El tremendo crecimiento turístico de Sevilla capital de los cuatro últimos años, en los que se han batido todos los registros de número de visitantes y pernoctaciones, no sólo está dejando cifras espectaculares y unos ingresos en el sector más que suculentos que permitieron lidiar con la crisis y ahora crecer en número de establecimientos. Además del prestigio, la promoción y los euros, el turismo de masas está generando también, como en otros destinos principales de Europa, algunos problemas cada vez más importantes derivados de la convivencia entre forasteros y residentes. Lo que en algunas ciudades del Viejo Continente ha provocado ya una reacción en contra e incluso —Barcelona, Palma, San Sebastián...— actos de vandalismo sobre intereses turísticos, en la capital andaluza aún no se palpa, aunque sí se atisban los primeros indicios tanto de que se está tocando techo en lo cuantitativo como de un creciente malestar en algunos sectores ciudadanos del casco histórico por el aluvión de extranjeros, grupos, guías y alojamientos ilegales extendiéndose por la zona céntrica y monumental.

La avalancha no sólo ofrece aspectos positivos y el debate sobre el modelo existe desde hace meses: más turistas a toda costa y plusmarcas batidas mes a mes o bien no tantos visitantes pero sí de un perfil menos «popular» y mayor poder adquisitivo. Ahí está buena parte del trabajo de los próximos meses y años y también una de las grandes claves para no morir de éxito y poder conciliar el avance del sector con el bienestar de los vecinos. Los dos grandes desafíos que se ha marcado el Consorcio de Turismo de Sevilla, en los que ya trabaja, incluyen el desarrollo de más conexiones aéreas, de un lado, y la colaboración entre residentes e industria para mejorar la convivencia, de otra. Esos son los dos ejes principales de trabajo hoy día.

Las cifras más recientes, desde luego, no dejan lugar a la duda. Si el impacto directo del turismo en la economía nacional ha sido durante el primer semestre de año del 12% del Producto Interior Bruto según los últimos datos ofrecidos del Gobierno central, en el caso de Sevilla capital ese porcentaje es ya este año del 17%, cinco puntos por encima de la media española y cuatro por encima de la andaluza. Esos son los datos con los que trabaja el Consorcio, que se suman a los fabulosos números del año pasado, con dos millones y medio de turistas, de los que 1,3 son extranjeros. Una cifra que supone un récord histórico de la ciudad, un aumento del 9% respecto a 2015 y nada menos que un 25% respecto a 2011. En ese balance del último ejercicio cerrado destacaron también los 4,9 millones de pernoctaciones, nueva plusmarca. Los visitantes otorgaron al destino una nota de 4,92 sobre 5.

Junto a esos índices básicos, el Ayuntamiento también trabaja con los fantásticos registros del Sevilla Congress and Convention Bureau, que gestiona el turismo congresual y que aporta nada menos que 112 millones anuales sólo con el negocio directo que el organismo genera —que es mucho más si se cuenta el indirecto—. Por su parte Fibes también cuantifica el impacto de los eventos que opera en unos 100 millones de euros año.

Ante estos números turísticos más recientes, la cuestión ahora para los responsables del sector es poder lograr que sea sostenible, ya que el nivel de crecimiento actual, que supera el 9% anual, acercará la capital andaluza a la saturación en breve. El objetivo inmediato para las administraciones y los profesionales es alcanzar un turismo de mayor calidad, pues la masificación del low cost es el germen de las tensiones sociales que están irrumpiendo. Y se usa el ejemplo de Estados Unidos, con un número similar de turistas pero que ingresa cuatro veces más. El problema principal se sitúa en los touroperadores, que manejan los aviones y ponen las condiciones de precio a los hoteles, los cuales venden un «todo incluido» a unos 60 euros. O sea, lo que cuesta comer o cenar a la carta en cualquier restaurante de Londres, por poner un ejemplo. Son muchos los que señalan que prácticamente se está regalando el producto a causa de ese abuso de los intermediarios. Quizás ahí resida buena parte de la solución.

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