Picoco con Carmina Ordóñez en la Maestranza
Picoco con Carmina Ordóñez en la Maestranza - ARCHIVO FAMILIAR MANUEL PANTOJA
RELOJ DE ARENA

Vicente Pantoja «Picoco»: La llave de la genialidad

Tenía don de gente y la gente lo trataba con el don de su gracia. Sabía convertir la pena en alegría

SEVILLAActualizado:

Corrían tiempos de peroles desconchaos, de ollas con poco tocino y las maletas, atadas con cuerdas en las estaciones de tren hacia alguna parte, eran la mejor metáfora de una España que huía consigo de sí, para buscar el pan caliente y los garbanzos de cada día. Y Vicente Pantoja «Picoco» cogió a los suyos y se fue a la Barcelona donde los andaluces levantaban lo que hoy se quieren quedar unos pocos, para trasladarse después a Madrid, al rompeolas de España. Llevaba en su mano la llave de las puertas de su triunfo. Era elegante, amable, con una gracia singular en su ser que lo hacía distinto y conocía el mundo del flamenco como la palma de su mano, por donde corría sangre de faraones gitanos. Montó fiestas de flamenco en la Casa Blanca (para Nixon y para Ford), en el Pardo para alegrar las pajarillas del régimen, en el palacio de Miraflores de Caracas con Carlos Andrés Pérez y en la casa Rosada de Buenos Aires para que los barrios de la Boca y Santiago se hermanaran en tangos por alegrías. Picoco tenía don de gente y la gente lo trataba con el don de su gracia. Sabía convertir la pena en alegría. Era Jerez.

Fue con El Beni de Cádiz el único que le demostró al mundo que la momia de El Pardo sabía reír. Picoco conocía lo que la alta sociedad quería tener en su casa. Y él se ganaba el jurdó llevando a los artistas a las fiestas de Marbella, de Madrid y de Barcelona. Lo mejor de lo mejor. Flamencos sabiendo cantar y estar. Fuertes para no caer en la tentación de llevarse la plata de las vitrinas o de hacer correr por los pasillos de parqué de las casas buenas del barrio de Salamanca a las niñas valientes de la alta sociedad. Y así se ganó la confianza de Manolo y Cary Lapique, que lo introdujeron en los grandes salones de la crema capitalina.

Una vez acompañó al Príncipe Juan Carlos a Navacerrada. No había teléfono. Y Soles, su esposa, se empezó a preocupar porque pasaban los días y Picoco no daba señales de vida. Cogió tal rebrinque la gitana que, literal, le puso las maletas en la puerta de la calle. Aquello fue una tragedia. Hasta el punto de que el entorno del entonces Príncipe se vio obligado a mediar. En una recepción en la Zarzuela, meses después del terremoto, Soles fue a dar el cabezazo de obligado cumplimiento. Don Juan Carlos preguntó quién era aquella mujer que iba tras el esposo de Rocío Dúrcal. Y le dijeron que era la mujer de Picoco. Al saludarla, con retranca borbónica, le comentó: «Mira que ponerle las maletas en la calle a una persona tan buena…»

Puede decirse que era norma de la época la de ir a por tabaco y perderse en Virginia, por ejemplo. Agotada una fiesta en El Duende, con Luis Miguel Dominguín, El Maera, Alejandro Vega y Gitanillo de Triana, compadre de Picoco, se plantearon un tercer tiempo. Se fueron al bar del aeropuerto. Acabaron con el whisky que perseguía Eliot Ness y acordaron en asamblea de achispados venirse a Sevilla. Pero no había billetes para Sevilla hasta muy tarde. En ventanilla dijeron que el vuelo más inmediato era a La Coruña. Y se encajaron en La Coruña como pudieron viajar hasta Bilbao. Y hasta Bilbao creyó Soles que la iba a mandar cuando, aún solteros pero comprometidos, tras una disputa de novios, se encontraron por una calle de Jerez. Y Picoco, en una espiral de frescura, le preguntó con guasa: Soles, ¿qué vamos a hacer ahora con las sábanas? ¿Ponemos un puesto de turrón…?

Se hacía las camisas como José María de Areilza; los trajes los encargaba en las mejores sastrerías de Madrid y lucía más hechuras de rico que algunos para los que trabajaba. Pero tenía una debilidad: gustaba de pellizcar los sobres ajenos. Una noche casi estuvo buscando el dinero que Curro se ganó tras torear en El Puerto. Y que la sabiduría del Osiris de Camas guardó como un secreto del M16. Al final el Faraón, con la elegancia de sus verónicas, le dijo al amigo: «Picoco, el dinero lo tengo durmiendo debajo de tu colchón...» Se nos hizo viejo Picoco como le cantaron Los del Río y ya enfermo de aquel corazón tan oxidado, quisieron oírle cantar en Chipiona. Apagaron la calefacción y los pingüinos llenaron la sala polar. Su hijo Manolo le avisó que en la calle lo esperaba un coche. Vicente se levantó, genial como una pincelada de Dalí, para decirle a su hijo: «Vámonos, que aquí dejas una caja de gambas y dura tres meses…» Siglos durará la elegancia del gitano y la genialidad de su Don con mayúsculas.