Top

Viajar - Europa

Los diez pueblos más bonitos de Francia

Mientras se celebra la Eurocopa 2016 recorremos algunos de los paisajes más bellos de la campiña francesa

AnteriorSiguiente
  1. 1
  2. 2
  3. 3
  4. 4
  5. 5
  6. 6
  7. 7
  8. 8
  9. 9
  10. 10
Navegue usando los números

Rocamadour (Lot, Midi-Pyrénées)

El castillo de Rocamadour- Atout France/Robert Palomba

Situado en el departamento de Lot, en la región de Midi-Pyrénées, Rocamadour semeja un lugar encantado. El conjunto de sus edificios, trepados en equilibrio ilusoriamente precario sobre una escarpada ladera de 120 metros que cae hacia el río Alzou, afluente del Dordoña, constituye una visión de cuento de hadas. El pueblo es, ciertamente, una despampanante superposición de casas e iglesias rodeadas de pasadizos y escaleras que serpentean por doquier bajo puertas, ventanas y balcones labrados con refinamiento. Toda una guinda arquitectónica de arcaico sabor coronando una tarta de naturaleza agreste, boscosa y seductora.

Según la leyenda, Rocamadour debe su nombre a San Amador, cuyo cuerpo, presuntamente incorrupto, fue encontrado en el año 1162 por monjes benedictinos en el interior de una tumba labrada en el acantilado. Sus célebres santuarios –siete en total- atraen cada año a incontables peregrinos y viajeros, a tal punto que lo convierten en el segundo lugar más visitado de Francia, sólo por detrás del Monte Saint-Michel. Desde la zona baja del pueblo, los 216 peldaños de la denominada Gran Escalera -son legión los que la suben de rodillas- conducen a lo alto del acantilado, donde se halla la plaza de las iglesias, excelente mirador del cañón del Alzou y del parque natural regional de Causses du Quercy.

Aquí la visita inexcusable es la de la capilla de Notre-Dame, sitio en el que se vela la estatua de Santa María de Rocamadour, original del siglo XII, popularmente conocida como la Virgen Negra en razón del color de su tez, con el Niño Jesús en brazos y la cabeza coronada. Encima de la entrada de la capilla, incrustada en la piedra, se puede ver una espada de hierro: conforme a la tradición, se trata de Durandal, la legendaria espada de Roldán.

La Roque Gageac (Dordoña, Aquitania)

La Roque Gageac- Dominique Reperant - Oficina de Turismo Sarlat Périgord Noir

En la prefectura del Périgord Noir –una de las cuatro que integran el departamento de Dordoña, en Aquitania-, las otrora impetuosas aguas del río Dordoña, que hoy fluyen plácidas en cuantiosos y anchos meandros, acabaron configurando un terreno quebrado, salpicado de abruptos valles, en cuyos acantilados hacen alardes de equilibrio las construcciones defensivas de los castillos y las casas de numerosos pueblos medievales.

Como las de La Roque Gageac, una de las localidades más pintorescas del Périgord Noir, tercera en la lista de las más visitadas de Francia, sólo por detrás de Saint Michel y Rocamadour. Se guarnece en un acantilado que, cortado a pico, nos ofrece impagables vistas panorámicas sobre campos de labor y extensos bosques, dignas del lienzo del mejor de los pintores paisajistas. Las casas de piedra clara y techos de pizarra, algunas troglodíticas, integradas en la roca misma, se reflejan en la corriente del Dordoña, por la que se deslizan, perezosas, las gabarras, réplicas de las que en el siglo XVIII transportaban mercancías, ahora paseando a los turistas.

De los 1.500 moradores que tuvo en siglos pasados, La Roque Gageac ha pasado al medio millar actual, si bien el número de visitantes es muy elevado. Orientada al sur bajo la protección de su acantilado, disfruta de un microclima subtropical bajo el que medran palmeras, ágaves, bambúes y plátanos. Antes de abandonar Dordoña, rumbo a Grecia, Henry Miller escribió: «Aquí está el paraíso de los franceses. Périgord es la tierra del encantamiento, celosamente guardada por los poetas y que sólo ellos pueden reivindicar […] Puede que un día Francia deje de existir, pero el Périgord sobrevivirá como sobreviven los sueños de que se nutre el alma de los hombres».

Conques (Aveyron, Midi-Pyrénées)

Ciudad medieval de Conques- Atout France/Maurice Subervie

Con sus típicas fachadas de entramados de madera y tejados de pizarra coloreada por los verdines del musgo, no hay una sola casa en Conques que desarmonice con su entorno natural, un paraje de media montaña bien preservado abundante en verdores lozanos y arbóreas espesuras. Respecto a su calificación entre los pueblos más bonitos de Francia se la debe a la autenticidad de su patrimonio en cuanto a arquitectura románica, orfebrería medieval y arte contemporáneo se refiere. Es, por lo demás, una de las poblaciones destacadas del Camino de Santiago francés, gracias a su famosa abadía románica, erigida entre 1045 y 1060 e incluida hoy en entre los bienes culturales de la Unesco.

Conques, que cuenta apenas con 300 habitantes, recibe anualmente medio millón de visitas de curiosos y peregrinos. Estos últimos comenzaron a acudir a la villa a partir del siglo XI, cuando los monjes de la mencionada abadía trajeron las reliquias óseas de la jovencísima mártir cristiana Sainte Foy (Santa Fe), quien en el 303 d.C., contando sólo 13 años, fue condenada a la hoguera en Agen, Aquitania, por defender su credo ante los romanos.

Los actuales edificios y las callejuelas empedradas se cimentaron durante la Alta Edad Media. La vía principal se abre -¡cómo no!- a Sainte Foy, reina de la admiración general y del fervor de miles de devotos. Considerada una de las iglesias abaciales más grandes del románico, posee una nave central de 22 metros de altura, amén de 250 capiteles, un tímpano con escenas del Juicio Final y vitrales del pintor contemporáneo Pierre Soulages. Claro que la atracción estelar es su famoso tesoro de plata medieval, mil años de orfebrería religiosa rescatada de las vicisitudes de la Historia por los habitantes de Conques: una colección única en Francia y una de las cinco más grandes de Europa.

Ars-en-Ré (Isla de Ré, Charente-Marítimo)

Ars-en-Ré-

Sede de nuestro combinado nacional durante el Campeonato Europeo de fútbol de selecciones que se está celebrando en Francia, la isla de Ré, enfrente de La Rochelle, en el departamento de Charente Marítimo, constituye un popular destino vacacional en la soleada costa oeste del país galo, costa a la que permanece unida por un puente de peaje de 2,9 km de largo, terminado en 1988. Una carretera recorre sus 30 km de llanuras, dejando al costado sur las playas, aptas para familias con niños que buscan ambientes tranquilos, y al lado norte las salinas, los criaderos de ostras y un puñado de pueblos dignos de explorarse, entre los cuales se encuentra Ars-en-Ré. Un paseo a pie entre el blanco de sus fachadas encaladas, el rojo de las tejas, el verde tradicional de las persianas, el cárdeno de las malvas semisalvajes que crecen por todos los rincones y el azul del océano esporádicamente entrevisto entre casa y casa o calle y calle es una cabal borrachera multicolor, un deleite para la vista y un regocijo para el espíritu.

La iglesia de Saint Etienne, punto focal de la población, tiene un particularísimo campanario cónico, cuyo fastigio aparece pintado de negro, como el capirote de un penitente, en agudo contraste con la albura de la parte inferior de la torre: una señal blanquinegra inconfundible para los barcos que se aproximaban a la costa. Su puerto, el más importante de la isla de Ré, hoy con capacidad de atraque para medio millar de embarcaciones deportivas, recibía a los cargueros de Holanda y de los países escandinavos que comerciaban con la sal, mercancía de subido valor en esta tierra insular durante los últimos 800 años. Actualmente las salinas se explotan de forma artesanal y casi testimonial, a modo de exhibición para el turismo.

Riquewihr (Alto Rin, Alsacia)

Una de las calles de Riquewihr- Jpkrebs

Al incluirla en su oferta de mejores viajes para 2010, Lonely Planet señalaba a Alsacia como una de las «tierras calientes del mundo». Aparte de constituir una de las regiones más hermosas de Francia, establece una combinación muy especial de historia, cultura, paisajes… ¡y de excelentes vinos! Casi todos sus pueblos acumulan méritos para figurar en el álbum de los más bellos del país galo. En este contexto, Riquewihr, que ocupa una fértil llanura fluvial en las estribaciones de los Vosgos, sería la «joya de la corona», compendio y prototipo del paisaje, la tradición y la arquitectura de toda la zona.

Con su bagaje de guerras y conflictos, tan pronto en manos de duques alemanes como de señores franceses, la ciudad parece el objeto de un encantamiento que dura siglos. Su diseño y estructura no han cambiado desde la Edad Media -calles empedradas, casas con los colores del arco iris y entramados de madera a la vista, varias iglesias, una docena de mansiones de noble arquitectura renana, tiendas rebosantes de cajas de flores que estallan por las junturas, apenas vehículos en todo el casco urbano- y la existencia de sus gentes, hoy como ayer, gira en torno a la industria de la vitivinicultura.

Riquewhir, que forma parte de la ruta del vino alsaciano, obtiene de sus viñas el suave y afrutado riesling, con denominación de origen. El aroma de este particular caldo se esparce desde cada “Winstub” de la calle principal. Está en todas partes y en cada cosa y puede ser la causa del embrujo, indefinible con palabras, de este pueblo estrujado entre viñedos que se extienden hasta las ruinas de sus antiguas murallas e incluso parecen querer saltarse sus tapias.

Barfleur (Mancha, Baja Normandía)

Puerto de Barbleur- PAILLETTEJACK

Situado en la península de Cotentín, a la que rodean las aguas del canal de La mancha, este pequeño puerto es actualmente uno de los más pintorescos de la Baja Normandía. Sus casas de granito gris, ventanas blancas y tejados de pizarra, que tanto encandilaron a los impresionistas -Normandía se considera la cuna de tal movimiento pictórico-, se construyeron casi todas en los siglos XVII y XVIII, cuando la población se hizo próspera gracias a la pesca que, todavía hoy, junto a la recolección de ostras y mejillones, es una actividad de primer orden. Pequeños restaurantes se alinean a lo largo del muelle, en cuyo extremo alza su masiva silueta, casi fortificada, la iglesia de San Nicolás, aún más peculiar a causa de su capilla con domo octogonal y su campanario sin aguja.

Barfleur, que siglos atrás fue el mayor fondeadero de la costa normanda, ha sido testigo de acontecimientos históricos notables. De aquí zarpó, en 1066, Guillermo el Conquistador, quien, tras su victoria en la batalla de Hastings, se adueñó de Inglaterra. Al estar en tierra fronteriza, la ciudad soportó invasiones, incendios y cambios de amos. Su actual reputación de atraer a los artistas comenzó con la estancia de Paul Signac, pintor neoimpresionista y uno de los padres del puntillismo, quien vivió aquí desde 1932 hasta su fallecimiento en 1935. Su casa, cercana a la iglesia, aún se conserva y se puede visitar.

Para disfrutar de una inmersión completa en la vida local, nada mejor que contemplar la llegada de los barcos con el pescado. Y, por supuesto, degustar sus célebres mejillones: la variedad conocida como rubia se beneficia desde hace unos años del sello de calidad «Mejillón de Barfleur Normandía, frescura de mar». Cocinado con nata, a la marinera o a la normanda, ¡es el plato imprescindible del verano!

Ainhoa (Pyrénées-Atlantiques, Aquitania)

Vista aérea de Ainhoa, en el País Vasco francés- Atout France/Emmanuel Valentin

En el suroeste de Francia, durante la Edad Media, las bastidas fueron ciudades creadas con fines defensivos y económicos que se atenían al plan urbano conocido como tablero de damas: islotes de casas cuadradas separadas por calles cortadas en ángulo recto, organizados alrededor de una plaza central. Nacieron con la colaboración de los campesinos, quienes contribuían a su construcción a cambio de ventajas fiscales y una pequeña propiedad extramuros.

A menos de 3 km de la frontera española, Ainhoa, fundada en el siglo XIII, es una de las bastidas más antiguas. Se trata de una población pequeña -650 habitantes- y apacible, que debe su origen a los peregrinos y a la compasiva solicitud de los monjes premostratenses del monasterio navarro de urdazubi-Urdax, situado a casi una legua de distancia. Estos últimos edificaron una primitiva parroquia, hospedaje de caminantes, la cual acabó escoltada por dos hileras de casas, una a cada lado de la única calle que aún hoy sigue abierta en Ainhoa, incorporada desde siglos atrás a un ramal secundario del Camino de Santiago francés.

El centro urbano lo componen tres de los elementos más tradicionales de cualquier pueblo vasco a uno y otro lado de la frontera: la iglesia, el cementerio rodeándola y, al lado, el frontón. Las casas originales, en su mayoría, desaparecieron durante la Guerra de los Treinta Años. Reconstruidas en los siglos XVI y XVII, muestran con orgullo su aspecto actual: fachadas blancas de dos y tres pisos, con entramado a la vista de madera pintada en rojo o verde, al igual que puertas y contraventanas, piedra expuesta en esquinas o dinteles y tejados a dos aguas con alerones salientes como protección eficaz contra la lluvia. Por último, Ainhoa, –hay que consignarlo- ejerce de conspicuo centro gastronómico -¡ay ese amatxi, pastel relleno de cerezas!-, artesanal –escultores de madera, sopladores de vidrio- y de jugadores de pelota vasca.

Vézelay (Yonne, Borgoña)

Basílica Sainte-Madeleine de Vézelay-

Un pueblo en la «colina inspirada». Sobre sus laderas, las hermosas casas medievales, aglomeradas a lo largo de la calle principal, trepan pendiente arriba. ¿Has llegado a la parte baja de Vézelay en coche, a caballo o a pie por la concurrida 654 GR, una de las cuatro rutas francesas del Camino Compostelano? Son los instantes de comenzar tu ascenso, de mantener tu expectación a cada paso. Romain Rolland, Max-Pol Fouchet, Georges Bataille, Jules Roy... vas descifrando las placas que indican las residencias donde estos hombres de letras se hospedaron. A mitad de la cuesta descubres el museo Zervos, que exhibe obras de Calder, Miró y Max Ernst. Finalmente, en lo más alto, alcanzas la monumental basílica, un centro cardinal de la cristiandad desde el Bajo Medioevo. Y entonces, ahora sí, déjate seducir por el grandioso pórtico, por el vasto atrio, antes de penetrar en la nave luminosa...

La historia religiosa de Vézelay, aupada sobre el valle del río Yonne, arranca de antiguo. La prístina iglesia del siglo IX, obra del borgoñón Girart de Rousillon, conde de París, sufrió dos siglos de saqueos e incendios a manos de los normandos. Hasta que, poco después del final del primer milenio -y aquí la crónica entronca con la leyenda-, un monje llamado Baudillon encontró en Saint-Maximin-la-Sainte-Baume unas reliquias óseas de María Magdalena y las trajo a Vezélay. Cuando en 1058 el papa Esteban IX confirmó su autenticidad, dio comienzo una afluencia progresiva de peregrinos que continúa en los días actuales.

La creciente multitud de devotos hizo necesaria una ampliación de la iglesia carolingia original. Si bien, arruinada por el tiempo, la basílica de Santa María Magdalena de Vezélay, obra maestra de la arquitectura románica del siglo XII, clasificada como Patrimonio de la Humanidad, la contemplamos hoy en la reconstrucción efectuada en 1840 por el arquitecto Eugéne Viollet-leDuc.

Montrésor (Indre-et-Loire, Centro)

Vista de Montrésor- Nathalie Unrug

Valle de reyes, jardín refinado y tabernáculo cultural de Francia, el Loira, con su «caprichosa y pérfida molicie» –rasgo que le atribuía el historiador decimonónico Jules Michelet a causa de sus crecidas, siempre imprevisibles y a menudo devastadoras- ha atraído a sus orillas e inspirado en ellas a soberanos, artistas y personajes ilustres a lo largo de los tiempos. Y es que, en su tránsito por el Orleanesado, Turena y Anjou (la denominada Región Centro), el río más largo del país galo y sus afluentes trazan la ruta de los castillos reales, reflejo soberbio y excepcional de la memoria francesa. Centenares de recintos medievales y renacentistas jalonan el paso de sus aguas tornasoladas a través de una tierra de bosques y viñedos rica en flora y fauna salvajes.

Sesenta kilómetros al sureste de Tours, enclavado en el corazón del valle del Loira, Montrésor, otro de «los más bellos pueblos de Francia», te da la bienvenida, trenzándola con el encanto y la autenticidad que ha conservado a lo largo de su milenio y pico de existencia. De entrada, el pueblo te invita a paseos bucólicos por los balcones del río Indrois, afluente del Indre –tributario, a su vez, del Loira- o a darte un chapuzón en la Edad Media dentro de su fortaleza. También a degustar sus macarrones y chicharrones, quizá como compromiso previo al descubrimiento de su arte y de su historia celosamente guardados en sus monumentos.

El castillo de Montrésor, muestra menor de la insuperable colección del valle del Loira, pero no por ello menos atractivo, se construyó en el siglo XV sobre el afloramiento rocoso donde en 1005 el poderoso conde de Anjou, Foulques Nerra, tenía una de sus fortalezas. En el XIX fue completamente restaurado, amueblado y decorado por un gran amigo de Napoleón III, también conde, el polaco Xavier Branicki, cuyos descendientes aún son sus propietarios.

Ivoyre (Alta Saboya, Ródano-Alpes)

Vista de Ivoyre- Alain Rouiller — Yvoire - Hermance

Yvoire, que en 2006 celebró sus 700 años de existencia, es hoy en día una ciudad de arquitectura medieval, de artesanos y boutiques, restaurantes, bares y cafés, y sobre todo, de preciosas vistas hacia dentro y hacia fuera del lago Leman, que Francia comparte con Suiza. Sus calles están repletas de edificios de estilo alpino, con paredes de piedra, techos inclinados, balcones de madera y persianas. Prácticamente desde cualquier punto de sus alrededores pueden contemplarse las murallas con sus puertas, su castillo y el campanario de su iglesia. Yvoire también posee flores -masas de ellas-, con las que en el correspondiente concurso europeo de 2002 ganó el Trofeo Internacional de Paisaje y Horticultura La Perla del Leman -apodo por el que se la conoce- lo tiene verdaderamente todo: merece, sin duda, su catalogación entre los pueblos más bonitos de Francia.

Desde tiempos remotos, el valle superior del Ródano y el lago de Ginebra han constituido una ruta por los Alpes entre Italia y Francia. La posición estratégica de Yvoire en la orilla sur del citado lago llevó a Amadeo V de Saboya a fortificarla en el siglo XIV. Durante 500 años el pueblo ejerció una destacada función militar en la región. Las puertas de piedra de las murallas y el castillo son herencia de épocas turbulentas.

Actualmente, los turistas dan paseos lacustres en las barcas y acuden a la fortaleza, que es privada, buscando su parte abierta al público: el jardín de los Cinco Sentidos, un lugar de descanso y ensueños, creado en su antiguo huerto, que no guarda relación alguna con su pasado castrense. Un laberinto de plantas que cambian con las horas y las estaciones, un paseo por un universo de colores, sonidos, fragancias, sabores y texturas, clasificado como Jardín Notable por el Ministerio de Cultura francés.

AnteriorSiguienteToda la actualidad en portada
publicidad

comentarios