Santiago Segurola

El monstruo desdeñado

«Se vende más deporte que nunca, idealizado por un glorificador tratamiento mediático»

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Pocas cosas han cambiado más que el universo deportivo, sujeto a una brutal transformación en los últimos 30 años. Más ingenuo que inocente, el deporte se sometió a un vendaval de cambios que comenzó con la abolición del amateurismo como regla olímpica. De este cometido se encargó Juan Antonio Samaranch al frente del Comité Olímpico Internacional (COI). Atrás quedaba el mundo decimonónico y señorito que percutía contra el imparable empujón profesional procedente de Estados Unidos.

La profesionalización significó una etapa de rápida expansión del deporte, alrededor del eje olímpico y las ambiciones de las grandes federaciones: FIFA (fútbol), IAAF (atletismo), FIBA (baloncesto) o FINA (natación). La caída del imperio soviético añadió nuevas ventajas. El mundo se volvió más grande y menos sesgado políticamente, o eso parecía a finales de los años 80. En su versión megalómana y siempre adherida al negocio, los Juegos Olímpicos consagraron un nuevo modelo, acompañado por el constante tufo de la corrupción.

Varios factores convergieron en poco tiempo en la readaptación del deporte a unos tiempos cambiantes. Cuando el empresario Silvio Berlusconi se adueñó del Milán, nadie sospechaba el alcance de una apuesta que era menos futbolística que política. Berlusconi detectó antes que nadie las ventajas de la adhesión emocional a un equipo. Desde el Milán, el empresario italiano utilizó todos los recursos imaginables para trasladar la idea de su eficacia como dirigente deportivo al de salvador de la política italiana. Alcanzó su objetivo, pero sólo ayudó a futbolizar la política.

Otro empresario en dificultades a principios de los años 90, Rupert Murdoch, aprovechó su red de satélites para comprar los derechos de la nueva Premier League y difundirla por el mundo. Sky Tv, que estaba al borde de la quiebra, se convirtió en el modelo a seguir en el mercado televisivo: pago por el producto, millones de personas abonadas y negocio colosal. El sistema se ha extendido por todo el mundo.

La sentencia Bosman señaló el nacimiento de otro gigante: la Liga de Campeones, administrada por la UEFA. El fútbol derribó todas las fronteras y se volvió global. La irrupción de las tecnologías digitales aceleró aún más el nuevo modelo del deporte, caracterizado por la universalidad, el incesante consumo y una frondosa presencia de filibusteros.

Cualquiera podría pensar que el nuevo marco del deporte exigiría una nueva mirada del periodismo. Todo lo contrario. Con una eficacia incuestionable, la industria del deporte exalta una mirada esquizoide: se vende más deporte que nunca, idealizado por un glorificador tratamiento mediático, ajeno casi siempre a la desagradable realidad de la corrupción y los chanchullos.

Nunca le faltarán escribas al deporte y sus campeones, pero sorprende la renuncia mediática a ocuparse en serio de las vicisitudes de una industria gigantesca y no demasiado ejemplar. Se puede, y se debe, cantar las gestas deportivas como hace 40 años. No se puede, ni se debe, desdeñar por miedo, pereza o desconocimiento la información relacionada con un monstruo que invita a la desconfianza.

SANTIAGO SEGUROLA