Gonzalo Jiménez de Quesada: Explorador del río Magdalena
Sábado, 27-12-08
IGNACIO FERNÁNDEZ VIAL GUADALUPE FERNÁNDEZ MORENTE
Hombre cultivado, estudió derecho e incluso lo empezó a ejercer, pero se cree que a petición suya, fue nombrado Justicia Mayor de la expedición que debía de pasar a Santa Marta bajo el mando del gobernador español Pedro Fernández de Lugo. Llegó a esta provincia colombiana a mediados de 1535. Una vez aquí, a Jiménez de Quesada se le confía la expedición que tiene como fin reconocer en profundidad el gran río Magdalena. Cuando inicia su aventura, en la ciudad de Santa Marta el 6 de abril de 1536, lleva bajo sus órdenes a 700 infantes y 80 caballos para marchar a pie, además de 5 bergantines y una fusta, llevando a bordo a 200 soldados y marineros, que debían remontar la corriente de agua siempre muy cerca de los que iban a ir por tierra. Pronto le surgen las primeras dificultades: cuando su flotilla inicia el cruce de la barra del Magdalena una violenta tempestad hace naufragar a la mayor parte de sus embarcaciones, y lo que fue peor, un número muy elevado de los tripulantes que se logran poner a salvo son asaltados por los indios o devorados por los caimanes que habitan en estos piélagos. Esta tragedia le obliga a organizar otra armadilla, trabajando para ello en Santa Marta sin descanso. Cuando los nuevos barcos logran reunirse con los expedicionarios, éstos ya llevaban varios meses caminando por las orillas del río, pero no en pacífica marcha, la belicosidad de los indígenas, que poblaban en gran número el cauce bajo, les obliga en numerosas ocasiones enfrentarse a ellos en reñidos combates. Tampoco el remonte del cauce del río fue fácil, las embarcaciones castellanas se veían acosadas permanentemente por canoas indias, llegando a sumar en ocasiones hasta dos mil unidades, que rodeaban a los españoles como «una nube de moscardones».
Cuando en Sompallón se reúnen las dos partidas, la de tierra y la fluvial, continúan su larga y penosa marcha. Al llegar al lugar donde el río Opón se reúne con el Magdalena, se decide a continuar su avance por el primero de ellos. De nuevo se ven en apuros, una intensa lluvia les cae del cielo durante varias jornadas y las tierras se inundan de tal manera, que Jiménez de Quesada y sus hombres se ven obligados a caminar con el agua hasta la cintura y a dormir en las copas de los árboles. Como hemos podido leer en muchas de las crónicas de los hechos de los españoles en el Nuevo Mundo, Quesada ve como sus hombres bajo el calor sofocante de esta zona ecuatorial, van muriendo agotados, cubiertos de llagas, envenenados por algunas de aquellas raíces que se veían obligados a comer, picados por culebras, comidos por los tigres, ahogados en las corrientes.... Tal fue la mortandad, que de los 900 castellanos que salen de Santa Fe únicamente le sobreviven 200 y 60 caballos. Pero Quesada no se rinde ante tantas calamidades, sigue explorando no sin antes haber mandado embarcar a todos sus hombres enfermos para que fueran llevados a Santa Marta para ser curados. Pero un fatal destino les esperaba a estos españoles carentes de fuerza, no más de una docena fueron los que se salvaron de morir de manos de los indios flecheros que les hostigaban sin piedad. Jiménez de Quesada ya con muy pocos hombres, sube sierras, atraviesa manglares y vence a enmarañados bosques, hasta llegar al lugar al que ellos llamaron Chipatá, donde el capellán que les acompañaba dijo misa, la primera que se ha celebrado en la Nueva Granada, nombre con el que se conoció a la actual Colombia hasta el año 1858.
Recuperada buena parte de sus fuerzas en Chipatá, Quesada inicia el retorno a Santa Marta. Curiosamente, esta vez sus tropas fueron en muchos casos recibidas con evidentes señales de admiración, los naturales les ofrecían alimentos y les rendían pleitesía, salvo el Zipá de Bogotá que le presentó batalla; pero esta acometida no hizo si no acrecentar el asombro de los indios, pues con muy pocos hombres armados, aplastan a los cientos de soldados indígenas que participan en esta acción de guerra.
Ya en tierra del virreinato español, Quesada parte hacia España para dar cuenta a la Corte de sus descubrimientos. Admirados los monarcas de su epopeya le conceden el título de Mariscal del Nuevo Reino de Granada. Ya en edad avanzada y cansado de tantos lances, se retira buscando reposo a Tocaima, y posteriormente a Mariquita, en donde fallece de lepra en 1579. Sus restos recibieron sepultura diecinueve años más tarde en la catedral de Santa Fe.

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