Domingo, 18-01-09
Sería por las gafas, que se las comprarían todos en el economato del Opus Dei. O sería por el acento de su natal Corella, tan de la Universidad de Navarra. Pero la vez primera que vi a don Jesús Arellano aquella mañana de octubre en su clase de Filosofía de la Facultad de Letras de la calle San Fernando, me pareció más Escrivá de Balaguer que el propio Escrivá. Con esa firme dulzura o dulce firmeza del Opus. Y con su estampa de antiguo jugador del Osasuna. Andaba por los pasillos con las puntas de los pies metidas para dentro, como si llevara pegado a las botas un imaginario balón en avance hacia la portería contraria. Que quizá era la puerta del seminario de don Agustín García Calvo. Porque en el entresuelo de aquella Facultad de Letras de los primero años 60 cabían enteras las dos Españas: el seminario de Don Jesús y el seminario de Don Agustín. Como en béticos y sevillistas, los alumnos nos dividíamos según esa adscripción. Allí, o se era de Don Jesús, o se era de Don Agustín, ¿no, Asunción Cascajo? ¿No, Enriqueta Vila? ¿No, María Galiana? Si se era de Don Jesús, se era cristiano, liberal, monárquico. Si se era de Don Agustín, se era agnóstico, librepensador, republicano. En los dos bandos se defendía la democracia. Cada cual a su manera. Don Jesús le ponía a la democracia el nombre de Don Juan de Borbón. Don Agustín, el del PCE. Dos formas de bautizar el mismo común futuro de libertades que soñábamos.
El primer día de clase, Don Jesús nos pidió que le escribiéramos nuestra impresión de la llegada a la Universidad. Yo le hice un artículo sobre las pilistras. Literatura. Había pasado de las pilistras del patio del Colegio de la Doctrina Cristiana y de las pilistras de los jardines entre los pabellones de Portaceli a las pilistras del pequeño patio de la Facultad de Letras. Gracias a ese artículo me encontré ni más ni menos que con algo que ya apenas hay en la Universidad: con un maestro, al que impresionaron mis líricas pilistras y puso en mí sus complacencias. Don Jesús Arellano sabía que a mí su asignatura de Sistemas Filosóficos, explicada por el manual del gaditano Millán Puelles, me importaba poco. Mi inquietud iba por la literatura. Pero supo guiarme en lecturas y en consejos, y en su seminario aprendí con él sobre Teoría y Estética Literarias casi todo cuanto sé. Don Jesús era un filosofo amante de la excelencia, en cuyo camino buscaba la santificación. Al que nada del conocimiento humano le era ajeno. Ni de su tiempo. Fue de los españoles que pusieron las bases para que la dictadura desembocara en la democracia, pasando por Estoril y por la Monarquía. Abrió la Facultad al exterior de aquel mundo de Kennedy y de Juan XXIII, a todas las ideas, con la creación del Aula de Cultura, que era como un juvenil Club Siglo XXI, donde una semana hablaba Manuel del Valle y a la otra, Rojas Marcos. Foro del que hizo que naciera una revista, «Cuadernos del Aula de Cultura», mi primer trabajo periodístico, como secretario de redacción.
Don Jesús fue maestro en una Universidad de maestros. Una Universidad que contaba en Sevilla. La ciudad conocía a Carriazo, y a Cossío, y a León Castro, y a todos los grandes nombres de sus cátedras. La Universidad que ha evocado Pedro de Tena: «Yo estudié en la Universidad de Sevilla en la época febril del 68. En 1969, en la Facultad de Filosofía y Letras de la calle San Fernando. En las aulas, disertaban los filósofos cristianos y del Opus, Jesús Arellano y Patricio Peñalver. En Historia, nos aportaban sus esquemas los socialistas Alfonso Lazo y Carlos Álvarez; en Arte, nos iluminaba el gran Bonet Correa. A pesar de las convulsiones de la época, aquello era una Universidad y muchos conservamos los apuntes de aquellos hombres y mujeres que verdaderamente sabían de lo que hablaban y a la institución social y civil a la que servían. Hoy, la Universidad de Sevilla, con las excepciones correspondientes y justas, parece más un engendro sectario al servicio del progresismo barato que una Universidad crítica y abierta. Ahora apedrean al adversario o silencian lo que se no se comparte.»
Don Jesús Arellano ha muerto. Le debía cuando menos este gorigori apasionado. Fue mi maestro en aquella Universidad que ya no existe. Aunque los sueños que nos enseñó a amar y a defender sí siguen existiendo. Menuda aporía, Don Jesús...

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