Córdoba


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Martes, 10-02-09
NO es necesaria una bola de cristal para atisbar en las hipótesis post-crisis una sociedad trastocada en muchas facetas. Para los jóvenes pueden cambiar, en primera instancia, el botellón, el «afterhours», muchas formas de consumo y, con perspectiva más honda, otras cosas como descubrir la movilidad en el trabajo. El cómo reaccionen las nuevas generaciones ante un panorama de pérdida de poder adquisitivo, de hipotecas hundidas y pérdida de empleo tiene mucho que ver para esa post-crisis que en cierto modo sería el inicio económico del siglo XXI. Por lo tanto, la ansiedad del mileurismo pasa a ser algo caducado: ahora vamos a por la angustia y la inacción o la imaginación profesional y el adaptarse a los escollos para salvarse del naufragio. En este momento, la familia no tiene las mismas consistencias -de ahorro, fundamentalmente- que tuvo cuando lideró a la sociedad española para absorber el impacto del paro en una crisis como la de finales de los ochenta.
Con la juventud ocurre como con los estereotipos nacionales: no hay moldes hegemónicos, no todos los jóvenes llevan «piercing», ni todos tienen becas «Erasmus», ni todos pertenecen a una ONG o se preparan para ser como Rafael Nadal. En general, las últimas generaciones pudieran tener en común haber sido excesivamente protegidos, una circunstancia que les hace mucho más frágiles y vulnerables, como explican psicólogos y analistas de la vida social. Para unos chicos frágiles, si la recesión les afecta ásperamente, el mundo se convertirá en algo del todo incomprensible, un colmo de injusticias y desamparos. Es un dato que, como dice el sociólogo Javier Elzo, los jóvenes hoy prolongan su adolescencia, entendiendo por adolescente a quien más allá de su edad no quiere salir del presente y considerando como joven a quien se sabe en una situación transitoria.Uno se atreve a sugerir que los jóvenes españoles pudieran aprender de la crisis que en el mundo de hoy hay que ir donde están los puestos de trabajo -en conexión con las ofertas de vivienda- y no seguir deseando ilusoriamente que el puesto de trabajo venga a buscarnos como el dulce pájaro de la juventud que se posa en el alféizar de la ventana de casa. Es imposible que todos vivamos donde exactamente más nos apetece, con los padres en el cuarto segunda, el trabajo a la vuelta de la esquina y una escuela para los niños no más allá de tres manzanas. Habrá que hacer las maletas y mudarse a aquellos puntos de España donde haya un trabajo razonable, vivienda menos cara y escuelas en calma. Eso será si hay suerte. Quienes hagan este esfuerzo, al final de la crisis saldrán fortalecidos. De ensimismarse en la fragilidad, al final de la crisis no habrá oportunidades, salvo la terapia.
Las nuevas generaciones luego irán pasando factura a aquellos políticos -son tantos- que sólo dan pautas de irresponsabilidad. De modo similar, no todos los padres ofrecen pautas para el esfuerzo, la constancia o el afán de competir. Según Elzo, los jóvenes españoles han interiorizado los derechos, pero no los deberes. No es el mejor equipaje para una época de precariedad económica. Tras la civilización del desperdicio quizá comparezca una época de frugalidad cuyas lecciones serían útiles en el mundo posterior a la crisis. No hace falta haber ido a Cancún para conocer la felicidad de unas vacaciones. A falta de que todos podamos ir a donde nos dé la gana, no está tan mal regresar a la bicicleta de los viejos veranos.
vpuig@abc.es
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