Miércoles, 20-05-09
Un bajío en una rodilla lo ha retirado del fútbol contra todo pronóstico porque los líderes, los personajes singulares, los imprescindibles, están por encima de los augurios y vaticinios. Se acaba de ir sin siquiera vestirse, una vez más, cinco minutos tan sólo, con la guerrera deportiva con la que se especializó en levantar Copas al peso, disciplina halterofílica ésta de la que muy pocos en España pueden blasonar. Que yo sepa y que sepan los que más saben de esto no es muy probable que podamos encontrarnos a un futbolista que en dos años escasos levantara con los brazos de su alma cinco copas como cinco soles de mayo. Cinco ases de oro. Cinco deslumbrantes triunfos para colocarse con su equipo entre los mejores del mundo.
Se nos va el gran capitán, el comandante cero, el líder de aquella guerrilla blanquiroja que se hizo como se forman todas las guerrillas del mundo: a base de mucha fe, mucho coraje, poca plata y horizontes sólo alcanzables para los sueños y los soñadores. Javi Navarro fue uno de aquellos pioneros que saliendo de una tienda de veinte duros se convirtió en uno de los reyes de Europa. Soñaron y alcanzaron, por cinco veces, su sueño. De ahí el valor de este futbolista. De ahí la enseñanza de este pelotero. Porque más allá de sus condiciones deportivas, de su talla viril, de su perfil guerrero, encontramos en su militancia el ideal del esfuerzo, las virtudes del compromiso, el evangelio de luchar por lo que crees y en lo que crees sin darle mayor importancia ni más sitio al estado de necesidad del que se parta. ¿Pudo aquel Sevilla de Caparrós partir de una estación más menesterosa? ¿Quién daba un duro por aquella gavilla de jugadores sin nombre y casi sin carné de identidad entre los grandes del fútbol? Cuando Navarro llegó al Sevilla era otro futbolista más que Monchi se encontró en un mercado barato y de ropa usada. Pero llevaba en su sangre el rh que buscaba la gente de Caparrós y de aquel Sevilla sumido en una crisis de caballo. Que eso sí que era una crisis y no la que dicen que va a solucionar Zapatero ayudándonos a comprar un coche nuevo y con una bombilla de bajo consumo.
Navarro pudo llegar, como llegaron otros como él, a precio de aliño de papas, pero escondía bajo el mantel de su indigencia el platino de sus valores humanos. Tenía hambre por crecer. Tenía madera para liderar. Y tenía, sobre todo, unas ganas inmensas de hacer realidad sus propios sueños. Viniste, comandante, a la tierra más apropiada para soñar. No hay otro sitio como Sevilla (quizás Cádiz, sin duda La Habana) donde la gente duerma tanto y sufra tantas pesadillas. Los gaditas superan sus demonios oníricos con el Carnaval. Los habaneros mirando el mar desde el balcón triste y oxidado del malecón. En Sevilla dormimos mucho y desde hace unos años supimos lo que era soñar y hacer realidad nuestros sueños. Dije una vez que lo conseguido por el Sevilla de Del Nido, Juande, Monchi y Javi Navarro no lo había conseguido en esta ciudad nadie. Ni una empresa ni un torero ni un artista. Era aquella Sevilla la ciudad poderosa y emergente que soñábamos todos. Y que encarnó a las mil maravillas el líder, el comandante de aquel equipo que ahora se nos va con una rodilla con más pesares que la de la abuela. Pero nos queda su intratable transparencia, el laurel de su carisma, también el fachadón imaginero de su pinta, que parece que lo parió Castillo Lastrucci para el misterio de la Bofetá. Fue un corazón duro con las espuelas de los delanteros y blando con las espigas de sus incondicionales. Un caballero que vino a Sevilla a cumplir su sueño y el nuestro. Por eso jamás le podremos decir adiós. Tan sólo muchas gracias y que Dios te bendiga.

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