Córdoba


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Publicado Viernes, 10-07-09 a las 07:27
El éxito de UPyD tiene muchas causas posibles. Es evidente que el partido de Rosa Díez ha sabido capitalizar el descontento de la izquierda que no comprendía la tibieza de Zapatero en la lucha antiterrorista y que no compartía —y sigue sin compartir— su política territorial. Y es muy posible también que Díez haya logrado pescar en los caladeros de votos de la derecha más aznarista, la que hasta ahora sintonizaba todas las mañanas a Losantos. Sin embargo, los logros de esta pujante —hasta ahora— formación política tienen otra clave fundamental. UPyD ha representado para muchos españoles desencantados con los grandes partidos nacionales la esperanza de una nueva forma de hacer política. Un estilo fresco, alejado del debate plano y de la disciplina férrea de los aparatos. El mero hecho de estar liderado por una disidente del PSOE, que había sido marginada por discrepar del pensamiento único de su partido, invitaba a pensar que UPyD podía ser una alternativa política «diferente», con una estructura menos monolítica y con mayor democracia interna. Por eso, la forma en la que ha salido Buesa, despotricando del autoritarismo de Díez y su equipo, puede hacerle un daño enorme a UPyD, tanto más cuanto que se ha unido al abandono de distintos líderes regionales que han coincidido en los mismos reproches. Díez debería reflexionar sobre ello, pues si su partido acaba siendo tan estalinista en su organización interna como el resto de fuerzas políticas tradicionales no tendrá ningún valor diferencial que ofrecerle al electorado.
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