Rafael Ariza, un apasionado creyente
Publicado Jueves, 06-08-09 a las 06:58
No exagero, ni pretendo tampoco sobreponerme a una patética y dolorosa realidad que atraviesa mi corazón y perturba mi alma. Pero sí quiero enviar a la tierra sevillana, tan querida siempre por mí y tan profundamente amada —por el que hoy me refiero en este artículo: Rafael Ariza—, un mensaje que haga ver a quienes le conocieron y a los que adivinaron su presencia la calidad tan excepcional, tan noble y generosa de un hombre que para mí ha constituido la singular síntesis de todos los más altos valores humanos.
Murió el lunes, pero quien dejó esta vida pertenece a la especie de los que no pueden fallecer del todo.
Durante cuarenta años tuve con él una relación activa y palpitante. Afirmo, y no creo equivocarme, que Rafael sin haber nacido en Sevilla amaba con delirio esta tierra. La conocía a fondo, amaba sus tradiciones, comprendía incluso sus contradicciones, sus altos en la Historia. Pero él amaba su esencia y así me lo decía una y otra vez en una correspondencia siempre valiente y confortadora.
Alguien me preguntará quién era ese señor merecedor de tan entusiasta alabanza. Yo respondo: era un médico, con plena vocación universitaria y sobre todo era un hombre capaz de ofrecer su vida en permanente sacrificio, consciente del dolor de los demás.
Conocía a Sevilla en su totalidad, sus calles, sus gentes, su historia. Arrastraba su mirada por la ribera del Guadalquivir y soñaba con la historia que sus aguas traían. Jamás tuvo un gesto de hostilidad hacia nadie, valoró a sus adversarios y poseía un torrente de comprensión hacia los que estaban en una posición contraria a la suya. Sólo manifestaba de vez en cuando su dolorido desprecio hacia la versatilidad política de aquellos que habían sido nuestros correligionarios y ahora se ocultaban en el silencio o se parapetaban en el olvido. Sirvió a la justicia social y la puso en el más alto nivel donde era posible que llegara su eficacia.
Era siempre un modelo de creyente, sus gestos sin manifestaciones espectaculares en el fondo de su corazón, traducían la oración de cada día en los latidos de su alma, a mi juicio única, que yo había contrastado en muchísimas ocasiones.
No tuvo ambiciones políticas. Cuando yo abandoné el gobierno de Sevilla y pasé por la Subsecretaría del Ministerio de Trabajo, continué mi relación con él. Cuando me nombró ministro secretario, lo que hice en el primer despacho con Franco fue que aprobara una propuesta de gobernador civil de Huelva a favor de Rafael Ariza Jiménez.
Contento y gozoso de haber obtenido aquella aprobación que yo había soñado desde siempre, llamé a Rafael y le dije: «Desde hoy ya eres gobernador civil de Huelva.» Siguió un largo silencio a las palabras que yo acababa de pronunciar y al cabo de un rato me dijo: «Lo siento, jefe, pero yo no puedo aceptar el cargo que me ofreces. Vine a la política, y concretamente a la Subjefatura del Movimiento en Sevilla, porque tú representabas una esperanza que yo compartía y unas ilusiones que robustecían mi ánimo. Terminada tu gestión, yo quiero regresar a mi pequeño y modesto laboratorio.» Permaneció sólo unos meses y se dedicó después a sus tareas profesionales.
En el despacho que tuve con Franco le dije: «Mi general, tengo que pedirle excusas por haberle hecho una propuesta que al final no ha tenido éxito. ¿A qué propuesta me refiero? A la que le hice a favor de Rafael Ariza Jiménez como gobernador de Huelva.» Franco me miró silencioso y al final me preguntó: «¿Y por qué no quiere?» «Porque desea reintegrarse a su profesión», contesté. Y entonces Franco me sorprendió con su respuesta: «Este hombre ha hecho bien al pretender reintegrarse a su antiguo trabajo.» Señalo esta circunstancia para subrayar la absoluta falta de ambición política de quien fuera mi más fiel y honrado colaborador.
Con Rafael muere para mí una parte importantísima de Sevilla. Ya no podré oír los latidos de esa melodía siempre incompleta que era para nosotros la tierra de Sevilla. Me quedo huérfano de aquella amistad y camaradería tan emocionante, tan completa que tanto me estimulaba y que tanto me ayudaba a vivir en mis amarguras y ante la presencia de traiciones y desprecios.
Pero ahora pienso que no voy a prescindir de él del todo porque me seguirá mirando desde arriba, poniéndome sus manos en mi espalda en un abrazo interminable. Estoy seguro que me ayudará siempre, que alabará la constancia de mis convicciones, que predicará desde arriba la validez de lo que él y yo habíamos servido. Hay personas que se mueren y otras que se nos mueren. Con Rafael termina una época de mi vida que recordaré siempre, que juntos vivimos de forma inseparable pensando en los que menos tenían, en los carecían de vivienda, en los desafortunados de siempre porque nuestro ideal estuvo siempre irrevocablemente unido a la causa de los humildes.
Sevilla pierde con Rafael un defensor amoroso y apasionado, me refiero a su realidad íntima, a su pura esencialidad. Su alma estará siempre colgada de una rama del parque de María Luisa o asomada a los viejos puentes sevillanos. Transitará conmigo, no me dejará. Yo tampoco le dejo hoy y lo tengo presente en mi corazón que se siente amargamente dolorido. Fue un falangista integral, la imagen de un estilo que encontré en muy pocas ocasiones en los camaradas que me asistieron en mi trabajo. Jamás se desprendió de lo que fueron sus esperanzas siempre renovadas y ardientes.
Yo le rindo con estas líneas mi modesto homenaje y, sobre todo, expreso para conocimiento de las gentes de Sevilla que ha muerto un hombre que amó a esta tierra con delirante emoción, inasequible siempre al desaliento.

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