Sábado , 21-11-09
María tiene que hacer memoria para contar qué traje de novia recuerda con más cariño. «Todos tienen algo especial, pero quizás el de mi amiga Asun, que se casó en Ciudad Real, y era de encaje de Chantilly, en un estilo aflamencado. También el que llevaba más de ochocientas florecitas cosidas a mano sobre encajes, aunque a cada uno se le distingue por algo diferente». La diseñadora sevillana, que permanece soltera por decisión propia, dice que el fin último de la mujer no es el altar. «Hago trajes de novia porque me gusta la costura y porque da pie a desarrollar la imaginación. Es un traje para un día y una hora determinada, después ya no vale, pero lo guardas con cariño y forma parte de tu historia personal».
Como también forman parte de la historia personal y familiar los batones que se restauran en su taller. «Me encanta hacer esta labor porque es como alargarle la vida a esa prenda tan familiar que ha pasado de generación en generación. A veces hemos cambiado de sitio fragmentos que están deteriorados, todo con el método del entolado, y a base de zurcidos casi invisibles. Realmente ir a mi taller es como entrar en el cuarto de la costura que había en casa de mi abuela en la calle Gerona. Hay batones de 120 años que han quedado como nuevos. Solemos tardar alrededor de un mes y el precio depende del trabajo que tenga. En ocasiones hemos hecho réplicas ante la imposibilidad de recuperarlo. Además, los lavamos con jabón natural, que hago yo misma con el aceite usado, para no deteriorar los tejidos con productos químicos. He aprendido mucho porque le doy muchas vueltas a la cabeza buscando soluciones. El ser autónomo imprime carácter. Veo a amigas mías funcionarias que se ahogan en un vaso de agua, mientras yo hago lo posible por cuidarme. El trabajo depende de mi salud».

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