Actualizado Martes , 24-11-09 a las 14 : 23
Lamentablemente, aunque casi todo el mundo es consciente de los daños que generan los conflictos traumáticos de pareja en los hijos, lo cierto es que existe una tendencia que tiende a ignorar y simplificar esa situación de real sufrimiento y conculcación de los derechos de nuestros menores. Al final, el objetivo es que la mente del colectivo social, relegando la percepción del individuo, ignore y rechace esa consciencia.
Una tendencia minoritaria, mas la única autorizada a dar una opinión mediatizada y ajustada a un guión preconstituido, basado en la ideología de género, según la cual los niños son víctimas secundarias que sufren junto a las mujeres, víctimas principales, las consecuencias de un conflicto de trasfondo machista. Sin negar que, por desgracia, existan esas actitudes y que en esas ocasiones los niños pueden participar de la victimización padecida por sus madres, lo cierto es que no podemos ni debemos generalizar, ni excluir que existan otras causas y factores que provocan el maltrato infantil que entraña su separación injustificada de uno de sus progenitores. La generalización, la predeterminación, sin el debido análisis y diagnóstico, por parte de profesionales parciales y contaminados por esa ideología perniciosa, está ocasionando que existan niños condenados a una infancia y adolescencia marcada por el odio y el rencor.
Es por eso que se traten como heréticas las posiciones de quienes procuran avanzar en la búsqueda de soluciones con planteamientos objetivos, y que sin embargo existe miedo a expresar ante la tiranía de lo políticamente correcto. Los niños son siempre víctimas cuando la ruptura de sus progenitores termina separándoles de uno u otro. Lo fácil y maniqueo es culpar de ello siempre a la figura paterna. Cuando un niño muestra rechazo hacia su padre es porque detrás de ello existe una situación de violencia y maltrato, argumento que pierde toda su credibilidad cuando la que llora la pérdida y desafecto injustificado de un hijo, es una madre. Se afirma, pues, que la alienación parental es un invento, un síndrome inexistente, lo que no deja de ser cierto pues los síndromes y las enfermedades, como decía Marañón, no existen, lo que existen son personas enfermas.
No existen denuncias falsas y un uso torticero de la Ley, en claro perjuicio de las mujeres realmente maltratadas. No existen inocentes absueltos o acusados en procesos sobreseídos o archivados, más del 68%, sino culpables de los que no se ha demostrado su culpabilidad. No se ha retrocedido a un Derecho penal de autor de tinte inquisitorial, que parte de la filosofía del matarles a todos que Dios reconocerá a los suyos. No existen casos en los que el objetivo es participar de los beneficios que genera la pujante industria de género, no existe interés pese a que el Plan Estratégico de Igualdad prevé una inversión a cuatro años, 2008-2011, de 3.690.249.738 euros, 5.8 veces más que el presupuesto del Ministerio de Trabajo para ese periodo. Y ello en época de austeridad y crisis. No existen mujeres que siguen muriendo por hallarse indefensas y presas en sus miedos. No existen mujeres despechadas que son capaces de amenazar con el que te tengo que ver muerto, en la cárcel o en la ruina. No existen mujeres que son capaces de denunciar para apartar a un padre de sus hijos. No existe ningún hombre condenado a consecuencia de ello, y otros que por lo mismo, incluso, se suicidan. No existen hombres maltratados, ni siquiera psicológicamente. No existen mujeres que gozan de igualdad de oportunidades, que alcanzan por sí mismas y en base a mérito y capacidad, las metas por ellas deseadas. Sólo existirían mujeres, discriminadas por el solo hecho de serlo, que requieren de la tutela pública. La igualdad a la hora de conciliar vida laboral y familiar, a la hora de ser padre y madre, se reduciría al momento de armónica relación de pareja, pues tras la ruptura es sólo la mujer la llamada a la atención de responsabilidades propias de su género. En ese instante tampoco se producirían lacerantes desigualdades. No existen otras injusticias y desigualdades que padezcan abuelos y familiares…
Porque hoy, en política social, sólo cabe imponer la realidad ficticia y aparente que interesa sea percibida por nuestros sentidos. Se maquilla y oculta la verdad subyacente. Nos encontramos ante EL MATRIX, cinta en la que su protagonista Neo adquiere consciencia de que el mundo que tomaba por verdadero no es sino una mera simulación virtual y que todos los seres humanos somos presos de una gran ilusión individual y colectiva. Una ilusión de la que pretendo apartarme, lo que resulta duro, pues lo fácil es dejarse llevar por la corriente. Al menos, mientras a cada uno no le afecte personalmente. Lo difícil es escapar del adormecimiento, tomar la píldora que en el filme se ofrece a Neo, que introduce en un submundo desconocido, dando la bienvenida al desierto de lo real, un desierto que no podemos tolerar que hereden nuestros hijos.

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