Martina Fraysse: «La vida privada de los seres es sagrada»
FOTO: VALERIO MERINO
Actualizado Domingo , 29-11-09 a las 10 : 11
La mujer que convive desde hace casi cuarenta años con el ciclón de Palma del Río trasluce inteligencia y templanza. Podría decirse que estamos ante su contrapunto. Martina Fraysse Urruty (Biarritz, 1945) ha logrado guarecerse de los focos desde que ató su vida al genial matador y ha hecho de la discreción una seña de identidad. No concede entrevistas desde hace décadas y hoy nos recibe en un salón impecablemente ordenado, entre lienzos taurinos y retratos de una biografía intensísima. Entra ataviada con chaqueta gris, camisa blanca y pantalones negros, saluda cortésmente y atiende las instrucciones del fotógrafo, que le pide que se siente debajo de un cuadro de El Cordobés. «¿Aquí debajo del jefe?». En efecto.
«En la vida de Manuel Benítez he salido poco. Es una decisión personal. Él ha sido todo y se debe a su público. Yo no. Yo soy parte de su vida privada. Y la vida privada de los seres es sagrada».
Habla con una convicción desusada, con la misma que parece haber construido su vida desde que decidió fundar una familia con aquel jovenzuelo que la deslumbró en la plaza de toros de Bayona a principios de los años sesenta. Hija de un arquitecto francés y nieta de donostiarra, Martina Fraysse se aficionó tempranamente a los toros de la mano de su progenitor. «La primera vez que lo vi torear fue en Bayona. Rompía todos los esquemas. Era otra historia, otro concepto».
Por entonces, su existencia se encaminaba a una rutinaria vida de estudiante de letras, pero una mañana de 1964 una amiga la invitó a San Isidro para asistir a la confirmación de la alternativa del matador cordobés. Manuel Benítez sufrió una grave cogida y, a través de un amigo común, pudo visitarlo en el sanatorio de los toreros.
—¿Qué se encontró?
—Una personalidad arrolladora, atractiva al máximo. Pero él era un hombre esencialmente volcado en su profesión.
Cuatro años después, Martina Fraysse se quedó embarazada de Maribel, su primera hija, y en 1971 se instalaron en Córdoba. «Era una ciudad muy cerrada, aunque no me fue complicado adaptarme. Mi vida era plena».
Conserva gran parte de la belleza que cautivó al torero y una elegancia innata, que habrá debido de pulir con los años. Habla en un correctísimo español, tocado con un dulce acento francés. «Cuando se tienen cinco hijos y los quieres educar tú personalmente no puedes trabajar en otra cosa. El padre debe de estar fuera de la casa para buscar el sustento y la madre es una figura esencial… porque procreamos. Ahora parece que la madre necesita de otras cosas y no se siente plena si no trabaja. Cada uno lo ve a su modo y esta es mi forma de verlo, que puedo estar equivocada».
—¿Cree en la igualdad?
—Sí, por qué no. Pero con matices. Yo no veo algunas cosas factibles para la mujer. Igual que a los hombres no los veo en ciertas tesituras. Me parece muy bien que dos hombres se quieran. Ahora: yo no paso porque tengan hijos adoptados.
Asegura que no participó en la decisión de Benítez de dejar los toros, pese a que tras el nacimiento de su hija le inquietaba que se vistiera de luces. «Igual que él respeta mis puntos de vista, yo respetaba el suyo. Tampoco le hablé jamás de casarnos».
—¿No le daba usted importancia al matrimonio?
—Sí, pero yo no estaba aquí para obligar a nadie y tenía que decidir libremente.
—Una mente liberal para la época.
—Mis padres fueron un matrimonio formal, pero en mi tierra se han contemplado esas cosas con naturalidad.
Un piano ocupa la parte central del salón, cubierto por un manto de fotografías y recuerdos. Tras su retirada, El Cordobés recibió clases de música, que con el paso de los años las ha ido olvidando. Sí mantiene su afición por el tenis y junto a Martina Fraysse comparten un monitor dos veces por semana.
—¿Quién es Martina Fraysse?
—Soy yo.
—¿Y cómo se ve usted misma?
—Quizás mi aspecto frente a las personas equivoca. No soy de risa fácil, pero soy una persona vital, muy testaruda. De hecho puede ser un defecto, o una virtud, y la virtud de mi cabezonería ha sido hacer esta familia.
—¿Usted ha sido la artífice?
—Yo diría que he puesto un 55%.
—Era una apuesta de riesgo.
—Pensándolo ahora sí.
—Pero ha sobrevivido usted.
—Sobrevivir no. He vivido plenamente.
—¿Cómo se vive con un mito?
—Con mucho amor. Y con paciencia. Y voluntad.
—¿Qué le deslumbró: la estrella o el ser humano?
—El traje de luces dura el tiempo de un flash.
—¿Benítez es lo que parece?
—¿Y qué parece?
—Una persona divertida, vitalista, aventurera.
—Eso corresponde a primera vista. Pero es un hombre muy profundo. Manuel Benítez no está loco, como dice mucha gente. No, no. Ha sido y es una persona con los pies en la tierra.
—Tiene una inteligencia intuitiva.
—Está extremadamente dotado para ella.
—¿Benítez ha podido mantener su percepción vital, sus orígenes?
—Sí. Ha conocido todo desde la nada y no se ha dejado embaucar.
—¿Usted ha puesto la racionalidad?
—No, no. Él es muy racional. Ahí reside la equivocación de las personas.
—Pero parece muy emocional.
—Porque en un momento dado él ha dicho: «Me lo como todo; me lo bebo todo». Pero luego al día siguiente aquí se ha trabajado, se ha luchado.
—¿Y esa parte cómo la digiere?
—Es su parte de su genio, de ser una persona diferente y excesiva en algunas cosas. Pero no ha perdido nunca el norte y su brújula ha funcionado de maravilla.
—¿A usted le sigue pareciendo un hombre diferente?
—Totalmente. Toda la vida.
—Eso es un milagro.
—¿Milagro por qué?
—Las parejas se suelen conducir hacia la rutina.
—Hay una parte de rutina en torno a nosotros y hemos tenido crisis. No somos extraterrestres. Pero para mí conserva los rasgos fundamentales del hombre que me enamoró.
—Si yo digo que Benítez pone la fuerza y usted la templanza, ¿me equivoco?
—¡Uh! ¡No me conoce! También tengo mucha burbuja, como el champán.
—O sea, que en esta casa no hay un ciclón, sino dos.
—Quizás canalice mejor mis emociones. Pero tengo mucho temperamento. Me han enseñado a canalizar esto desde pequeña. Y Manolo ha carecido de padre. Ha carecido de tantas cosas… Por eso es un ser que enamora. Lo aceptas con sus defectos, porque lo tienes que comprender.
—¿Se ha sentido invisible?
—¿Yo invisible?
—Por el eclipse de un mito.
—He intentado que me conozcan menos. ¿Usted me ve invisible? He existido perfectamente y como he querido existir.
—¿A qué aspira usted?
—A que Dios me dé salud para seguir disfrutando de mis hijos, de mis nietos y de la vida.
—Dígame un desengaño.
—Los amigos que no son amigos.
—¿Añora su país?
—Siempre. Sobre todo el mar Atlántico.
—¿Por qué Córdoba?
—Porque a Manolo le gusta su tierra a morir.
—¿Ha vivido la vida que ha querido vivir?
—Yo creo que sí. Sobre todo la vida que he elegido.

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