Córdoba


Valoración:
Viernes , 26-02-10
Durante medio siglo le estuve llamando Rafael. Formaba parte de la biografía del corazón, que puesto a hacer relecturas, aunque tenga muchos protagonistas, no tiene demasiados. Hay quien se muere y quien se nos muere. No es lo mismo. Eso de morirse es una vulgaridad y nos va a pasar a todos, a unos tarde y a otros temprano, pero al final coinciden los longevos con los malogrados. Los que todavía nos quedamos aquí, jugando la prórroga de un partido cuyo resultado final no ignoramos, estamos más tristes. Eso es todo. Es verdad que ser viejo es como ser superviviente de una guerra donde ya han muerto casi todos nuestros compañeros de combate.
Nadie «más cortesano, ni pulido» que Rafael. Quizá la simpatía sea una de las formas de la inteligencia, por supuesto no la única, pero sí la más dadivosa. Penagos se pasó la vida intentando hacérsela más llevadera a los demás. Tuvo una sonrisa disponible para todos, pero diferenciada para sus amigos. Era muy cortés, pero no sólo eso. Era un poeta y un hombre bueno. Sus «Poemas a Consuelo» en el penúltimo recodo de su vida son uno de los más estremecedores testimonios de ese sentimiento, tan perecedero como inmortal, que llamamos amor. Un truco emocionante de la llamada Naturaleza para perpetuar a estas criaturas fugitivas que estamos aquí una corta temporada para dejarle huecos a otras.
Yo le llamaba Rafael, pero para lo único que fue exigente era para que no se omitiera el «de», Rafael de Penagos. El «de», que es una preposición que denota posesión o pertenencia, lo empleaba en honor de su padre, el gran dibujante y pintor que cometió el error de nacer en España en vez de en Francia.
Desfilan por mi memoria aturdida rápidos fotogramas: César González Ruano, Pablo Jiménez, Fernández Layos, Leandro Navarro, José Luis Garci, José Utrera Molina, que fue no sólo el último, sino al que él profesaba mayor devoción.
Tendremos que aplazar nuestro encuentro.
Valoración:

Enviar a:

¿qué es esto?


Más noticias sobre...