Córdoba


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Martes , 06-04-10
RESULTA meridiano que el fin último de ese proceso de criminalización-exprés que se ha instruido contra el Papa no es poner barreras a la inmunda epidemia de abusos pederastas, sino abismar al sucesor de Pedro en el infierno de los apestados. De ahí que la condena se haya dictado antes del juicio, sin posibilidad de interponer recurso alguno o de esgrimir argumentos en contrario. Para los ínfimos inquisidores del tribunal mediático la verdad es un concepto utilitario, moldeable, lábil e invertebrado. Es verdad todo aquello que sirve a sus propósitos. Y, a la viceversa, todo lo que les incomode es falso. Según convenga, el capitidisminuido «New York Times» puede ser el vocero del neoliberalismo a saco o el infalible oráculo del humanismo laico. Y, dependiendo del tufo que salga de Internet, la manada se orienta a ojos cegatos. Porque la paradoja duele, y huele, pero no peca de inexacta. El escenario de las guerras culturales es una letrina de iletrados y, en lugar de a un «Watergate» de agua bendita, asistimos a una inundación de aguas fecales.
«Los hombres se parecen más a su tiempo que a su padre». El «dictum» que formulara Guy Debord sigue siendo la clave de la sociedad del espectáculo. Lo que define al totalitarismo posmoderno es la orfandad, la amnesia, el desarraigo. Venimos de la nada, vivimos en la nada y nos conducen, tirando del ronzal, hacia la nada. Hemos enajenado los muebles de familia en la almoneda de la insignificancia para dejar que otros se ocupen de vestirnos el alma. Somos, en resumidas cuentas, lo que los arquitectos del poder pretenden que seamos. Es decir, no somos nadie. Nosotros, como Ulises, también nos llamamos nadie. Nosotros, como Ulises, no disponemos de cartas de navegación.
La cacería desatada contra Benedicto XVI ha prendido en los medios de comunicación con la misma intensidad que una leyenda urbana en una comunidad de analfabetos. De nada sirven los hechos. Que la Justicia norteamericana sobreseyó los casos en los que el «New York Times» atribuye una dilación encubridora al entonces cardenal Ratzinger no cuenta. Que buena parte de las denuncias contra sacerdotes estadounidenses persiguen fines económicos, tampoco. Que quienes con más energía e indignación claman contra el Sumo Pontífice, más mesura y prudencia aplican a sus comentarios sobre el Islam es también un hecho que no se tiene en consideración, pese a que muestra a las claras la relación entre la moral y el valor de los neo-comecuras, herederos del anticlericalismo más rancio. Difamar al Papa es gratis. Ningún predicador extraviado ni ningún vaticanista chalado va a dictar una «fatua» condenándote a muerte. Eso ni siquiera lo admitiría un escritor de best-sellers como Dan Brown, así que leña al mono, que es de trapo. En estas condiciones, no es en absoluto descartable que acabemos como aquellos, clamando al unísono que preferimos a Barrabás. Mientras tanto, la única pista fiable sobre las verdaderas intenciones de cada medio de comunicación es si se refieren a Ratzinger o a Benedicto. Qué refinamiento.
Sólo falta que algún magistrado de la Audiencia Nacional tenga la ocurrencia de emitir una orden de busca y captura internacional contra el Santo Padre por su presunta implicación en algún caso de pederastia.¿Qué mejor oportunidad que las vísperas de una visita papal a Santiago de Compostela y Barcelona para confinar a Benedicto XVI en las estrechas fronteras del Vaticano?
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