Ana María Vicent y el Museo Arqueológico
Domingo , 25-04-10
PAISAJES Y PERSONAJES CORDOBESES
HA fallecido esta semana Ana María Vicent Zaragoza, una alicantina que en 1959 aterrizó en Córdoba y permaneció entre nosotros treinta años, resultando decisiva para la puesta en marcha y la adquisición de prestigio por parte de uno de los museos que, por la historia de nuestra capital y provincia, más posibilidades tenía y tiene y más necesario resultaba: el Museo Arqueológico Provincial.
Nació en Alcoy (Alicante) en 1923, se licenció en Historia por la Universidad de Valencia, fue allí profesora de Arqueología y marchó a Italia a ampliar estudios. Llegó a Córdoba en 1959, tras haber ganado con el número uno las oposiciones a dirección de Museos Arqueológicos, para hacerse cargo del cordobés, que entonces apenas existía.
Éste surgió unido al Museo de Bellas Artes hasta que se independizó de él en 1920. Desde ese año ocupó dos sedes, en la Plaza de San Juan y, sobre todo, en la casa mudéjar de una bocacalle de Velázquez Bosco entre 1921 y 1959. Su director en los últimos veinte años de dicha sede fue Samuel de los Santos Gener (hoy la bocacalle lleva su nombre), quien hasta su jubilación realizó una gran labor de inventario, catalogación y participación en excavaciones.
La llegada a la Alcaldía cordobesa de Antonio Cruz Conde, en 1951, supuso un revulsivo para desbloquear el proyecto de traslado del Arqueológico al Palacio renacentista de los Páez, tras nueve años de parón y que el Estado le consignase una partida presupuestaria. A partir de ahí, será clave la figura de Ana María Vicent. Ella lo instaló en su actual sede, tras conseguir su declaración como Monumento Histórico Nacional en 1962 y rehabilitarlo. La inauguración tuvo lugar en mayo de 1965.
La tenaz e inteligente levantina multiplicó por treinta sus fondos, los organizó e ideó el sistema expositivo, creó la revista «Corduba Archaeologica», lo dotó de una biblioteca especializada y lo colocó entre los tres mejores de España. Vicent participó en numerosas excavaciones en la provincia, salvó de la destrucción numerosas portadas, casas típicas e iglesias cordobesas «frente a muros de intereses e incultura», y a propuesta suya el Estado adquirió entero el yacimiento de Medina Azahara. En todo encontró la ayuda de su marido, el también arqueólogo y profesor, Alejandro Marcos.
Tiene el Museo dos plantas, tres patios y un jardín. En la planta baja y los patios, llaman la atención las colecciones iberas y romanas. De las primeras destacan las figuras zoomorfas; de las segundas, las estatuas femeninas, los bustos de emperadores, mosaicos, ajuares domésticos, columbarios, un sarcófago paleocristiano y la escultura del dios Mitra sacrificando al toro, hallada en Cabra. La primera planta está dedicada a piezas musulmanas, de las que descuella, sin lugar a dudas, el cervatillo de bronce procedente de una de las fuentes de la ciudad califal de Medina Azahara.
En 1989, tras su jubilación, Ana María Vicent marchó a Madrid, sin desvincularse del todo de Córdoba de cuya Academia era miembro, y allí desarrolló labor de asesoramiento y vocal de la junta directiva del Museo Arqueológico Nacional. Entre las distinciones que ha recibido se puede citar el nombramiento de miembro correspondiente del Instituto Arqueológico Alemán (1969), de miembro de la Real Academia de Bellas Artes de San Fernando (1970) y de la Academia de Santa Isabel de Hungría de Sevilla (1976). Recibió la Medalla de Oro de Córdoba y la Medalla de Plata de Bellas Artes.
María Dolores Baena, actual directora del Museo Arqueológico, que recientemente ha ampliado sus instalaciones, ha escrito con motivo del fallecimiento de Ana María Vicent: «Hoy nos falta algo en estos patios, en estas salas, y no son piezas, es un patrimonio intangible que esta ciudad tiene que reconocer: el conocimiento y la valiente labor de una mujer en tiempos difíciles para el patrimonio histórico».

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