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Libros / Álvaro González-Alorda/Especialista en Innovación

«Hay que lanzar a los tiburones a los holgazanes que viven del sistema»

Sevillano de 1973, hijo de un piloto que aterrizó con un avión en plena avenida de la Palmera, director del Área de Innovación de ISEM Fashion Business School, profesor asociado del Instituto de Empresa, es autor del libro «Los próximos 30 años» (Alienta, 2010, www.losproximos30.com), que estuvo cinco semanas entre los 10 más vendidos de la Casa del Libro.

Día 18/07/2010 - 14.36h
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Álvaro González-Alorda prepara a profesionales para el futuro
—Al ritmo que van las cosas, ¿en treinta años, todos calvos?
—Unos más que otros… aunque hay motivos para la esperanza ¿Su pregunta es literal o metafórica?
—Metafórica.
—Entonces el problema no es el ritmo, sino el rumbo...
—Usted, que se dedica a preparar a profesionales para el futuro, sólo llegó a becario en Sevilla ¿Sevilla tiene poco futuro?
—Un becario con la actitud adecuada puede tener una vida profesional más rica que un director general. Además, escalar puestos en el organigrama no hace que la vida sea prometedora. Mire a su alrededor… Es posible vivir en Sevilla y trabajar para una empresa en Buenos Aires. Las barreras no son tecnológicas, sino culturales.
—Su libro es un canto a la competitividad ¿ése es ya el único valor?
—No es ningún canto a la competitividad. En todo caso, a la plenitud, a diseñarse una vida profesional que logre integrar lo que te gusta hacer y lo que sabes hacer con un modelo de negocio que lo sustente.
—Cada vez hay más exigencias para un profesional, mientras que Zapatero nos ha convencido de que «cualquiera puede ser presidente del Gobierno» ¿habrá una huida de profesionales hacia la política?
—Ser un político honrado resulta poco atractivo desde el punto de vista salarial. Un ministro cobra unos 60.000 euros mientras que un directivo de un gran banco nacional cobra en torno al millón de euros al año. O tienes una inquebrantable vocación de servicio a la sociedad o corres el peligro de convertirte en una sanguijuela de la riqueza que a otros tanto les cuesta crear.
—¿Y qué sugiere entonces?
—Profesionalizar la política y lanzar a los tiburones a los holgazanes que viven del sistema, en cualquier nivel de la Administración pública.
—¿Cree que la capacitación media de los políticos es inferior a la media en el mundo profesional?
—Mi opinión precipitada quizá le facilitaría un titular con gancho, pero como esta capacitación es medible, lo mejor sería opinar sobre una investigación que compare a la clase política española con directivos de similar responsabilidad y con sus homólogos en otros países. Si alguien se animase a hacer una tesis al respecto proporcionaría muchos titulares.
—Un dicho popular señala que, para trabajar, se ponen traje y corbata los que no tienen más remedio ¿cómo lo interpreta?
—Como una generalización que describe un convencionalismo que, afortunadamente, cada vez tiene más excepciones.
—¿No significará que, en el mundo de la empresa, el hábito sigue haciendo al monje?
—Me parece mucho más enriquecedora la diversidad que la uniformidad, pero la ropa es una manifestación cultural tan profunda que, aunque no hace al monje, le recuerda quién es. No obstante, cada vez hay más alternativas al traje para ir elegante, aunque estas alternativas en manos de personas sin estilo son una bomba de mecha corta.
—Cuando las apariencias son lo más importante ¿hay que fiarse?
—Cuando las apariencias son lo más importante, la sociedad está enferma.
—¿En todo esto de las escuelas de negocios ha encontrado a muchos vende mantas?
—Los vende mantas tienen una profesión muy necesaria, a veces hace mucho frío.
Jefes poco capacitados
—¿Qué sucede cuando uno trabaja con un jefe menos capacitado que él?
—Si los jefes siempre estuviesen más capacitados en todo que sus equipos, sería una clara señal de que se rodean de segundones para asegurarse de que no les arrebaten el puesto. Un buen jefe se rodea de talento y deja que se despliegue.
—¿Y cuando el jefe es directamente incapacitado?
—Si su jefe lee esta entrevista y le despide, sin duda, estaría incapacitado. Ser buen jefe implica saber dejar espacio a talentos raros como el suyo.
—Entre las anécdotas de su libro destaca una del verano de 1954, cuando su padre realizó un aterrizaje con un avión alemán en plena avenida de La Palmera ¿Cómo fue aquello?
—Estaba probando el Gotha, un avión cuyo motor tenía la peculiaridad de que podía pararse fortuitamente durante unos segundos durante el vuelo. Pero a mi padre no se le paró, fue él quien lo detuvo cuando vio la avenida de la Palmera vacía, a primera hora de la tarde, y decidió poner algo de emoción a un rutinario vuelo de práctica.
—En su libro también cuenta cómo conoció a Carlos de Inglaterra, a Sting y a Claudia Schiffer en una misma noche ¿qué hacía usted allí?
—Intentar no hacer demasiado el ridículo entre las 180 personalidades que acudieron a un concierto privado de Sting en el Castillo de Windsor, situado a las afueras de Londres. Yo fui invitado por unos clientes y me camuflé en un smoking de alquiler.
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